Bueno, nuevamente regreso con otra entrada para este blog, la tercera para ser preciso. Planeaba colocar este cuento a mediados del mes que ya ha pasado, pero por motivos varios no he podido hacerlo así. Lamentablemente los deberes y ocupaciones de la vida académica son algo que me priva de mucho tiempo, tiempo que, a veces, podría ocupar dando rienda suelta a mi imaginación y crear estas historias que tanto me gustan. Por lo mencionado anteriormente es que el avance de este proyecto se hará dificultoso, muy lento, pero no por eso dejaré que esta torre caiga, encontraré el tiempo para hacerlo, sé que lo haré.
Sin mayores preámbulos presento otra de mis historias cortas que narra el nacimiento de un vengador. El motivo de esta historia fue la creación de un personaje ficticio para un juego de rol en linea, pero que después se convirtió en otro de mis atesorados personajes de fantasía épica.
La historia dice así...
Sin mayores preámbulos presento otra de mis historias cortas que narra el nacimiento de un vengador. El motivo de esta historia fue la creación de un personaje ficticio para un juego de rol en linea, pero que después se convirtió en otro de mis atesorados personajes de fantasía épica.
La historia dice así...
Tarathis
Mi historia comienza en una tranquila aldea en los alrededores de la ciudad de Dria’ Nemeth. En esos días aquellos, cuando la armonía con la creación aún no era alterada por la codicia de los hombres. La villa en la que yo vivía gozaba de una paz que cada día nos reconfortaba con energía pura de la naturaleza. Mi padre era un reconocido maestro de armas al servicio de la corte del rey Yidenth, señor elfo soberano de esas tierras. En esos momentos papá estaba de visita en mi hogar, había llegado para quedarse contando la noticia de que su retiro había sido aceptado por el consejo militar del rey y por ende en casa había motivo de celebración. Mi madre, sacerdotisa de la luna, se encontraba en el templo cuando mi hermana menor apareció exaltada gritando su nombre, ella había ido al templo a contar la noticia de que mi padre estaba en casa y había llegado para quedarse. Mi madre al enterarse de la noticia sonrió con felicidad, y una vez despachadas sus labores clericales, se dirigió a casa al encuentro con su familia.
Todo marchaba de maravilla hasta aquel día, maldito sea, lo recuerdo como si hubiera sido ayer, a pesar de los años que han transcurrido, el fulgor de odio por aquel hombre no se marcha de mi interior.
Ese mismo día, llegado ya el atardecer, se escucharon en la lejanía las trompetas de guerra del castillo. En el acto mi corazón comenzó a latir de una manera que ahora siento como natural, pero aquel día la sensación de miedo era casi incontrolable. Pronto los cielos se tornaron en llamas, se veía venir un asedio al castillo, casi por arte de magia las tropas enemigas habían aparecido en el horizonte. Bolas flamígeras de un fuego azulino surcaban los cielos cayendo por todos lados. Las aldeas circundantes comenzaban a arder y la gente se alborotaba, empezaba a sentir pánico cuando se acercó la mano de mi padre que tomaba mi hombro. Con una expresión seria y preocupada me dijo que corriera a mi casa, que allí trabara las puertas y ventanas con lo más pesado que encontrara, y que por sobre todo no dejara a mi hermana y a mamá solas.
En esos momentos no entendía la gravedad del asunto, pero más tarde conocería aquel ataque como una de las tantas incursiones de los elfos oscuros a la superficie. Supe, por la expresión de papá, que esto no era algo con lo que mi aldea hubiera lidiado antes. Con el pasar de los años y la experiencia que he ganado, he aprendido que las incursiones drow, como se les llama, no dejan sobrevivientes, no sé si debería considerarme afortunado o maldito por haber sido la excepción. A veces pienso que lo mejor sería haber muerto en ese mismo instante.
Habiendo llegado ya a casa encontré a mi hermana asustada y mamá tratando de tranquilizarla. Inmediatamente hice lo que papá me había ordenado, cerré puertas y ventanas y las tranqué de la mejor manera que mis inexpertas manos permitieron. A pesar de lo que había dicho mi padre, no podía evitar los impulsos por ir a verle, temía por él como él posiblemente temía por nosotros allí en casa.
De pronto, se escucharon los rugidos de bestias que se acercaban, las monturas enemigas y aliadas combatiendo. La batalla había alcanzado a nuestra aldea, y los gritos de desesperación de la gente abundaban, no pude evitar asomar un ojo por la ventana, al ver semejante matanza sentí como el cuerpo dejaba de responderme por unos segundos, que en ese momento parecieron una eternidad, me quedé frío con la mente en blanco, de pronto escuche la voz de papá, él estaba afuera, luchaba contra un elfo oscuro, la contienda no se veía bien para los defensores, ya muchos habían caído, pero en el lugar donde estábamos todavía había fuerzas de ambos bandos.
No pasaron muchos minutos para que las fuerzas atacantes destajaran cuanto había en el lugar, comenzaban a saquear las cazas, uno por una, el miedo entró en mi cuerpo nuevamente, escuché el golpeteo en la puerta, cada vez se hacía más fuerte, ya no pude contenerme más y solté un grito desesperado, llamaba a papá con todas mis fuerzas. Había logrado llamar la atención de papá quien a su vez terminaba de despachar a su adversario, lo vi emprender carrera hacia nuestra casa y atiné a mirar dentro de la habitación en la que estábamos, el sujeto, oscuro y encapuchado, había entrado. Mamá lanzó unos conjuros contra él, pero al impactar contra su oscura figura, parecía que una barrera muy poderosa le protegía. Al siguiente instante el sujeto miró a mamá,... no olvidaré nunca esa mirada, esos ojos, una alegría y lujuria asesinas los gobernaban..., perdí el control de mi mismo y como por acto reflejo me abalancé sobre él, yo, un mocoso, no podría hacer nada contra el invasor, pero en mi mente recordaba la voz de mi padre diciendo que cuidara de mamá. Él ni siquiera dirigió la mirada hacía mi, no alcancé a ver como se movía, casi instantáneamente, hacia mamá, clavándole uno de sus puñales en el vientre, mi hermana estaba aterrada, gritaba descontrolada, yo contuve el miedo y traté de atraparle, en eso llegó papá, lanzó un estocada hacia él, sin perder el control por ver a mamá tirada en el piso, papá enfrentó al sujeto, yo solo atiné a socorrer a mamá que agonizaba, no sabía que hacer, el miedo, la desesperación y la tristeza jamás invadieron mi cuerpo de la manera en que esa noche lo hicieron. Mientras los dos guerreros se debatían en armas frente a mí, escuché la voz de mamá que decía algo sobre mi hermana, como si leyera su mente entendí que tenía que socorrerla a ella, no entendía cómo, pero asumía, con cada segundo que pasaba, que mamá ya no estaba más conmigo, con un millón de lágrimas en los ojos corrí hacia mi hermana para tratar de llevármela lejos cuando escuché el sonido de una estocada certera a mis espaldas, lo había olvidado por completo, el asesino aún estaba allí con nosotros. Esperanzado volteé mi cabeza, pero un golpe aún más duro impactó contra mi ser cuando vi la figura de papá caer inerte al suelo, casi no podía sostenerme en pie, las piernas comenzaron a fallarme, no sé que clase de fuerza me ayudó a tomar a mi joven hermana en brazos y salir corriendo. Corrí y corrí, ya no había nadie en los campos ardientes, todos los invasores se habían marchado, sólo quedaba aquel hombre y yo que corría por nuestras vidas, de pronto sentí como una daga penetraba uno de mis brazos y con éste, el corazón de mi pequeña hermana, casi no podía ver por las lágrimas, solté un grito de agonía mezclado con sollozos infantiles, estaba en el suelo, no podía moverme del dolor, traté de arrastrarme pero era inútil, veía como a unos metros la silueta de mi ejecutor se aproximaba. Mi cuerpo comenzó a entumecerse, ya no había escapatoria, por unos instantes sentí un alivio, iba con mi familia, ya todo había acabado. Una vez frente a mí, la oscura figura se arrodilló, me miró con una expresión que quedaría tatuada en mi mente hasta el día de hoy que continúo siguiéndole. Aquel hombre tomo un pergamino, escribió algo en él, se puso de pie, me sonrió cruelmente, y arrojó el documento hacia mí, a quien poco a poco se le extinguía la vida. Un sentimiento incontrolable de rabia superó al miedo, superó a la resignación, lo superó todo para tratar de evitar que escapara, pero era inservible, la visión se me oscurecía, mi corazón latía lentamente, y mi mano tan solo rasguñaba la tierra impregnada de sangre. La figura desaparecía en ese instante, envuelta por el manto nocturno, ya no pude más y comencé a desfallecer, quedé tumbado mirando al cielo estrellado, que ironía la de aquella vez, papá había regresado para quedarse, y lo perdí todo, cerré los ojos y ya no escuche nada más, había caído inconsciente.
…Días después…
Cuando desperté, yacía en una cama cómoda, una reacción instintiva me llevó a pensar que todo era un sueño, pero con la vista borrosa, creí ver a la silueta apoyada en el marco de la puerta de la casa donde estaba, usando las pocas fuerzas que tenía traté de atacarle, pero caí al piso antes de dar con él. El sujeto se arrodilló y sonriendo de manera cálida, me dijo:
“Descansa hijo, cuando te recuperes hablaremos, has pasado mucho ya”.
Me cogió en brazos y me llevó nuevamente a dormir, parecía como si papá estuviese allí conmigo, pero yo sabía que lo que había sucedido era tan real como el dolor de la herida que castigaba a mi brazo izquierdo. Con los ojos en lágrimas caí dormido nuevamente.
Desde ese momento juré que vengaría a mi familia, no importaría cuanto demorara o donde tuviera que ir, lo encontraría.
Una vez despierto, supe que aquel hombre que me había encontrado se llamaba, Faldrenor, y a partir de aquel día el espadachín me tomó como su pupilo. Aprendí con él las artes de la esgrima y poco a poco fui fortaleciéndome más y más. Pero el dolor y la pena eran demasiados, una vez llegado el día, había aprendido lo suficiente como para aventurarme por el mundo a solas, ahora rondo sus parajes en busca del llamado Tarathis, el asesino que cometió el error de perdonar mi vida. Adopté irónicamente su nombre, como una carga que llevaría hasta el día en que mis dagas extinguieran la vida de su cuerpo.
Todo marchaba de maravilla hasta aquel día, maldito sea, lo recuerdo como si hubiera sido ayer, a pesar de los años que han transcurrido, el fulgor de odio por aquel hombre no se marcha de mi interior.
Ese mismo día, llegado ya el atardecer, se escucharon en la lejanía las trompetas de guerra del castillo. En el acto mi corazón comenzó a latir de una manera que ahora siento como natural, pero aquel día la sensación de miedo era casi incontrolable. Pronto los cielos se tornaron en llamas, se veía venir un asedio al castillo, casi por arte de magia las tropas enemigas habían aparecido en el horizonte. Bolas flamígeras de un fuego azulino surcaban los cielos cayendo por todos lados. Las aldeas circundantes comenzaban a arder y la gente se alborotaba, empezaba a sentir pánico cuando se acercó la mano de mi padre que tomaba mi hombro. Con una expresión seria y preocupada me dijo que corriera a mi casa, que allí trabara las puertas y ventanas con lo más pesado que encontrara, y que por sobre todo no dejara a mi hermana y a mamá solas.
En esos momentos no entendía la gravedad del asunto, pero más tarde conocería aquel ataque como una de las tantas incursiones de los elfos oscuros a la superficie. Supe, por la expresión de papá, que esto no era algo con lo que mi aldea hubiera lidiado antes. Con el pasar de los años y la experiencia que he ganado, he aprendido que las incursiones drow, como se les llama, no dejan sobrevivientes, no sé si debería considerarme afortunado o maldito por haber sido la excepción. A veces pienso que lo mejor sería haber muerto en ese mismo instante.
Habiendo llegado ya a casa encontré a mi hermana asustada y mamá tratando de tranquilizarla. Inmediatamente hice lo que papá me había ordenado, cerré puertas y ventanas y las tranqué de la mejor manera que mis inexpertas manos permitieron. A pesar de lo que había dicho mi padre, no podía evitar los impulsos por ir a verle, temía por él como él posiblemente temía por nosotros allí en casa.
De pronto, se escucharon los rugidos de bestias que se acercaban, las monturas enemigas y aliadas combatiendo. La batalla había alcanzado a nuestra aldea, y los gritos de desesperación de la gente abundaban, no pude evitar asomar un ojo por la ventana, al ver semejante matanza sentí como el cuerpo dejaba de responderme por unos segundos, que en ese momento parecieron una eternidad, me quedé frío con la mente en blanco, de pronto escuche la voz de papá, él estaba afuera, luchaba contra un elfo oscuro, la contienda no se veía bien para los defensores, ya muchos habían caído, pero en el lugar donde estábamos todavía había fuerzas de ambos bandos.
No pasaron muchos minutos para que las fuerzas atacantes destajaran cuanto había en el lugar, comenzaban a saquear las cazas, uno por una, el miedo entró en mi cuerpo nuevamente, escuché el golpeteo en la puerta, cada vez se hacía más fuerte, ya no pude contenerme más y solté un grito desesperado, llamaba a papá con todas mis fuerzas. Había logrado llamar la atención de papá quien a su vez terminaba de despachar a su adversario, lo vi emprender carrera hacia nuestra casa y atiné a mirar dentro de la habitación en la que estábamos, el sujeto, oscuro y encapuchado, había entrado. Mamá lanzó unos conjuros contra él, pero al impactar contra su oscura figura, parecía que una barrera muy poderosa le protegía. Al siguiente instante el sujeto miró a mamá,... no olvidaré nunca esa mirada, esos ojos, una alegría y lujuria asesinas los gobernaban..., perdí el control de mi mismo y como por acto reflejo me abalancé sobre él, yo, un mocoso, no podría hacer nada contra el invasor, pero en mi mente recordaba la voz de mi padre diciendo que cuidara de mamá. Él ni siquiera dirigió la mirada hacía mi, no alcancé a ver como se movía, casi instantáneamente, hacia mamá, clavándole uno de sus puñales en el vientre, mi hermana estaba aterrada, gritaba descontrolada, yo contuve el miedo y traté de atraparle, en eso llegó papá, lanzó un estocada hacia él, sin perder el control por ver a mamá tirada en el piso, papá enfrentó al sujeto, yo solo atiné a socorrer a mamá que agonizaba, no sabía que hacer, el miedo, la desesperación y la tristeza jamás invadieron mi cuerpo de la manera en que esa noche lo hicieron. Mientras los dos guerreros se debatían en armas frente a mí, escuché la voz de mamá que decía algo sobre mi hermana, como si leyera su mente entendí que tenía que socorrerla a ella, no entendía cómo, pero asumía, con cada segundo que pasaba, que mamá ya no estaba más conmigo, con un millón de lágrimas en los ojos corrí hacia mi hermana para tratar de llevármela lejos cuando escuché el sonido de una estocada certera a mis espaldas, lo había olvidado por completo, el asesino aún estaba allí con nosotros. Esperanzado volteé mi cabeza, pero un golpe aún más duro impactó contra mi ser cuando vi la figura de papá caer inerte al suelo, casi no podía sostenerme en pie, las piernas comenzaron a fallarme, no sé que clase de fuerza me ayudó a tomar a mi joven hermana en brazos y salir corriendo. Corrí y corrí, ya no había nadie en los campos ardientes, todos los invasores se habían marchado, sólo quedaba aquel hombre y yo que corría por nuestras vidas, de pronto sentí como una daga penetraba uno de mis brazos y con éste, el corazón de mi pequeña hermana, casi no podía ver por las lágrimas, solté un grito de agonía mezclado con sollozos infantiles, estaba en el suelo, no podía moverme del dolor, traté de arrastrarme pero era inútil, veía como a unos metros la silueta de mi ejecutor se aproximaba. Mi cuerpo comenzó a entumecerse, ya no había escapatoria, por unos instantes sentí un alivio, iba con mi familia, ya todo había acabado. Una vez frente a mí, la oscura figura se arrodilló, me miró con una expresión que quedaría tatuada en mi mente hasta el día de hoy que continúo siguiéndole. Aquel hombre tomo un pergamino, escribió algo en él, se puso de pie, me sonrió cruelmente, y arrojó el documento hacia mí, a quien poco a poco se le extinguía la vida. Un sentimiento incontrolable de rabia superó al miedo, superó a la resignación, lo superó todo para tratar de evitar que escapara, pero era inservible, la visión se me oscurecía, mi corazón latía lentamente, y mi mano tan solo rasguñaba la tierra impregnada de sangre. La figura desaparecía en ese instante, envuelta por el manto nocturno, ya no pude más y comencé a desfallecer, quedé tumbado mirando al cielo estrellado, que ironía la de aquella vez, papá había regresado para quedarse, y lo perdí todo, cerré los ojos y ya no escuche nada más, había caído inconsciente.
…Días después…
Cuando desperté, yacía en una cama cómoda, una reacción instintiva me llevó a pensar que todo era un sueño, pero con la vista borrosa, creí ver a la silueta apoyada en el marco de la puerta de la casa donde estaba, usando las pocas fuerzas que tenía traté de atacarle, pero caí al piso antes de dar con él. El sujeto se arrodilló y sonriendo de manera cálida, me dijo:
“Descansa hijo, cuando te recuperes hablaremos, has pasado mucho ya”.
Me cogió en brazos y me llevó nuevamente a dormir, parecía como si papá estuviese allí conmigo, pero yo sabía que lo que había sucedido era tan real como el dolor de la herida que castigaba a mi brazo izquierdo. Con los ojos en lágrimas caí dormido nuevamente.
Desde ese momento juré que vengaría a mi familia, no importaría cuanto demorara o donde tuviera que ir, lo encontraría.
Una vez despierto, supe que aquel hombre que me había encontrado se llamaba, Faldrenor, y a partir de aquel día el espadachín me tomó como su pupilo. Aprendí con él las artes de la esgrima y poco a poco fui fortaleciéndome más y más. Pero el dolor y la pena eran demasiados, una vez llegado el día, había aprendido lo suficiente como para aventurarme por el mundo a solas, ahora rondo sus parajes en busca del llamado Tarathis, el asesino que cometió el error de perdonar mi vida. Adopté irónicamente su nombre, como una carga que llevaría hasta el día en que mis dagas extinguieran la vida de su cuerpo.
Versión original escrita por Zyndarius, 08 de Agosto 2006.
