abril 02, 2013

El lobo y la luna

Una vez que, durante un viaje, miraba la luna tras la ventana:

A los cielos dirijo mi mirada y no puedo parar de observarte. Eres lo más hermoso que existe en ese oscuro manto, que sin ti carece de belleza verdadera.

Perplejo permanezco ante tu presencia, sintiéndome yo el invitado en tu dominio, cuando es dentro de mi corazón donde nos encontramos y con sus latidos agitados cada noche es que me avisa de tu llegada.

Me pregunto. ¿Te enfadarás como todas las demás cuando te miro así?

Eres la única que hace que mis ojos brillen de este modo. ¿Será porque tu brillas de igual manera que no te enfadas por mi impertinencia?

Perdóname.

No, condéname, hipnotízame para así no poder despertar de ti, mi hermoso sueño.

marzo 31, 2013

La mirada del olvido ~ Diámora (Parte 5)

Alaridos de agonía golpeaban mis oídos conforme iba recuperando poco a poco el conocimiento. Con dificultad discerní dónde me encontraba, estaba tumbado de espaldas mirando al cielo pétreo de la habitación donde mi visión había comenzado. La intensidad de los quejidos de espanto se hacía cada vez más notoria, de pronto recuperé la lucidez por completo y me di cuenta de que esta vez aquellos gritos no pertenecían a un ninguna visión. ¡Venían del reino, venían de los hogares de los aldeanos, de todas partes por donde el sonido pudiera escapar! Tan rápido como me fue posible me puse de pié y corrí fuera de la estancia. Perplejo quedé a medida que mis ojos recorrían el primer nivel de la catedral, hecho ruinas. Hebras de oscuridad se movían entre las astillas de los bancos como si se tratara de serpientes hechas de sombra. La llamas abrazaban todo lo que mis ojos podían ver y la lluvia del día, tormentoso como ningún otro, era lo único que evitaba que me consumieran a mí también. Sentí un sudor frío en la frente, mis manos tiritaban descontroladas y el escalofrío que recorría mi espalda no me permitía moverme. El estruendo de los relámpagos en el cielo sirvió de bofetada para despabilar. Jamás había presenciado tanta destrucción en mi vida, jamás creí que pudiera existir lo que poco a poco iba asimilando como realidad. Tenía que salir de ahí antes que las llamas me alcanzaran, pero fue tarde, mi túnica ya comenzaba a arder. Reaccioné lo suficientemente rápido como para lograr arrancarla del resto de mis ropajes y corrí hacia el descubierto. Mi dolor solo incrementó cuando vi con horror cómo mi hogar yacía en ruinas, convertido en el campo de una batalla que aparentemente estaba perdiéndose. El reino completo era un baño de sangre, los cadáveres yacían por doquier y así sus seres queridos quienes lloraban y maldecían desconsolados. Acólitos se movilizaban entre las víctimas para socorrerlas pero sus esfuerzos no eran suficientes. Sea lo que fuere que estaba causando esto, no era humano. ¡No podía serlo!

De repente uno de los soldados llamó mi atención.

–¡Padre Liam! ¡Está vivo! –dijo emocionado– por favor padre, debe ayudarnos, es un demonio, un engendró del abismo, todo cuanto mira deja de existir –continuaba desesperado.
–¿Cómo llegó aquí? ¿Dónde está? – pregunté apresurado.

–No lo sé padre, no sé de dónde vino ni cómo llegó aquí –respondió angustiado– al caer la noche la oscuridad cubrió el reino como nunca antes y comenzó la tormenta que aún ruge en los cielos. Sonaron las campanas de batalla de la torre central y los que nos movilizábamos hacía allá pudimos ver cómo la criatura ya estaba en la plaza central, destruyendo todo a su paso –continuó.

–¿La armería, sigue en pie? –le pregunté.
–No señor. –me respondió con la mirada apuntando hacia la torre central.

Hice lo mismo y dirigí mi mirada hacía el horizonte, donde pude distinguir el foco de la batalla. Siluetas de flechas en llamas, cargas de catapultas surcaban los aires. Los cuernos de batalla resoplaban con fuerza. El sonido del metal competía con el estruendo de la tormenta y de los alaridos incesantes. Destellos de una luz verdosa resaltaban en el encuentro y con ellos, los gritos se hacían más y más abundantes.

Como un rayo de esperanza, recordé. ¡Las reliquias de la iglesia! De todas las estancias del reino, si existía una libre de las hebras oscuras sería esa.

–Ve a ayudar en lo que puedas. –dije al soldado mientras corría hacia la cámara de reliquias –yo los encontraré allí tan pronto como pueda– terminé de decirle cuando el hombre sin responder más nada emprendía carrera hacia el frente.

Corrí y corrí y la oscuridad parecía apoderarse de todo, miles de figuras extrañas se formaban de ese manto siniestro. Parecía como si un ejercito de monstruos morara ahí dentro, observando solamente y cuanto más miraba, más podía distinguir sonrisas macabras, disfrutando el cruel espectáculo que nuestra desdicha provocaba.

Al cabo de unos minutos llegué a la cámara. Estaba en pie, libre de esa oscuridad que todo rodeaba. Era una pequeña bóveda, nada ostentosa, pero el poder de sus encantamientos era formidable y evidentemente la mantuvieron protegida. Sentía como la oscuridad me había contaminado a mí también y así también la repulsión de las barreras sacras de la cámara. Tomé unos minutos para poder liberarme de aquella corrupción con unos rezos y así poder ingresar a la estancia. Dentro recordé por lo que venía, armas. Recorrí las vitrinas con la mirada en busca de algo que pudiera servirme para luchar, el miedo parecía calmarse en ese lugar, me sentía cálido y con fuerza, como por acto reflejo llegué junto a la vitrina de un martillo. Completamente dorada, el arma irradiaba un fulgor blanquecino que me llenaba de energía, fue como si el miedo se hubiese esfumado para dar paso al coraje. El escrito de la leyenda decía:

“He aquí a Faen'Gar, la centella dorada. Tesoro de los reyes enanos y puño destructor del velo de las tinieblas.”

Tan pronto lo tomé la sensación se intensificó y el fulgor se hizo uno conmigo. Pasos más allá encontré un escudo que rivalizaba con la belleza de Faen'Gar. Un escudo largo de metal azulino en cuyo centro yacía incrustada una esfera plateada. Su leyenda decía:

“He aquí El Espejo de Ainir, tesoro del pueblo del agua y reflejo del alma del justo.”

Lo tomé conmigo y me apresuré en salir de la estructura. Afuera, el estruendo no cesaba, pero la muerte había tomado parte en el lugar, los alaridos de la gente habían disminuido. Rápidamente me dirigí al foco de la batalla, mientras corría y me acercaba notaba como cadáveres humanoides yacían en el suelo, su aspecto era extraño, daba la impresión de que el tiempo los había castigado de una forma que no había visto antes. Luego me di cuenta de que no solo eran los cadáveres, todo a mi alrededor estaba hecho cenizas, recordaba los lugares donde antes había estructuras magníficas ahora sólo cenizas quedaban.

Al cabo de un rato llegué agitado al portón del castillo, la batalla tomaba parte ahora en la plaza central, la muchedumbre se debatía entre seguir atacando y huir, se escuchaban voces por todos lados. Fue entonces cuando vi a la criatura a unos cuantos metros de donde me situaba. Estaba de espaldas a mí, y los solados la rodeaban por completo, era intensamente bombardeada por proyectiles y flechas pero parecían no afectarla. Era la figura de una mujer, completamente negra como el ébano, su tamaño era considerable, al menos tres hombres de alto, su cuerpo estaba adornado de innumerables fisuras de las cuales emanaba un fulgor color esmeralda. Una cola se movía de un lado para otro cercenando a cuanto obstáculo encontrara en su pasar, parecía más bien una especie de hoja látigo. Se movía a una velocidad impresionante para su tamaño, sus cabellos eran verdaderas hebras de oscuridad, las mismas que había visto antes de llegar ahí.

De pronto una voz me gritó:

–Tomó la vida de los monarcas y la princesa. –era Elior, uno de los capitanes de la guardia.– perdimos al general, seis de los diez capitanes y a muchos hombres. La criatura no se detiene con nada, y su mirada es más poderosa que cualquier conjuro de hechicería que haya visto en mi vida, es como si acabara con la existencia de todo lo que mira. –me decía Elior preocupado cuando un destello de esa luz verde, acompañado de un chillido iracundo de la criatura provocaba nuevamente los quejidos de espanto y agonía que había escuchado desde un comienzo. La criatura aún me daba la espalda, pero distinguía perfectamente como de su rostro emanaba la luz y conforme su vista recorría las tropas estas eran convertidas en la cenizas que había visto antes. Horrorizado vi como se volteaba, por un instante alcancé a ver el resplandor sus ojos antes de cerrar los míos y como acto reflejo me protegí con lo único que podía, mi escudo y mi fe.

–¡Padre Liam!... –fue lo último que escuché decir a Elior.
–¡Elior! –grité– protéjanse, corran... –seguía gritando con todas mis fuerzas, pero era en vano.

Sentía un calor insoportable, como si poco a poco me estuviera quemando, pero estaba vivo, no podía comprender por qué pero todavía estaba vivo. Mantenía mis ojos cerrados y lo único que atiné a hacer fue rezarle a los dioses, que no me permitieran morir antes de acabar con este engendro. El estruendo era ensordecedor, escuchaba gritar a los soldados en desesperación y dolor. Cuando de pronto pude ver, con mis ojos cerrados, pude ver. ¡Era el escudo! Me estaba permitiendo ver atrevés de él y entonces la vi y mi mundo se vino abajo. Era su rostro, eran sus ojos. Eran sus hermosos ojos verdes los que acababan con todo cuanto ella miraba. Paralizado contemplaba su mirada y el resplandor que emanaba. Algo llamó mi atención, sacándome del estupor. En su oscuro rostro, a pesar del encandilamiento, creí notar que lloraba. No tuve más tiempo para examinarla pues ella notó que estaba siendo observada y cargó contra mí con una rapidez sin igual. Sólo tuve tiempo de tensar mis músculos para sostener mis armas y salir disparado hacia atrás. Me había embestido y no pude siquiera reaccionar al ataque. Fui a parar contra otras tropas sobrevivientes. Escuchaba cómo gritaban los hombres:

–¡Cúbranlo, resistió la mirada del engendro! –y los soldados cargaban contra Diámora.
–¡A la carga! –vociferaban los hombres con una moral renovada al ver que aún existía esperanza.

Me costó un momento reincorporarme, pero el tiempo no estaba de nuestro lado y vida tras vida se perdía con cada minuto que utilizábamos. El Espejo de Ainir estaba ardiendo, me costaba trabajo y dolor sostenerlo junto a mí. Pero energías venían de mi otra mano, la que sostenía a Faen'Gar. El martillo comenzó a vibrar como si estuviera furioso. De pronto tuve el impulso de arrojarlo, y con todas mis fuerzas tomé carrera y lancé el arma hacia Diámora. No tuve tiempo de pensar, era ella o mi pueblo, y mi deber era protegerlos a toda costa. Como un rayo dorado el martillo se dirigió hacía su objetivo. El engendró cargaba a toda velocidad contra las tropas y de pronto se produjo el impacto. Fue lo suficientemente poderoso como para hacerla retroceder. Enfurecida ahora y con sus ojos cerrados se disponía a eliminarlos como la vez anterior. Acto reflejo corrí a todo lo que podían mis piernas frente a los soldados, me lancé al piso de rodillas con mi escudo enfrente. El tiempo pareció hacerse más lento conforme veía como los ojos de Diámora comenzaban a emanar nuevamente el resplandor, cerré los míos y recé, recé recordando la magia sagrada más poderosa que conociera. Sentí entonces el poderoso rayo de destrucción que venía contra mí. Solo su fuerza comenzaba a elevarme del suelo. En un instante pensé en los soldados que yacían tras de mí, el escudo me permitió ver que estaban a salvo. No podía creerlo, lo había logrado. Gritos triunfantes resonaban tras de mí. Volví mi atención al frente y pude ver cómo una muralla azulina detenía el resplandor que los ojos de Diámora producían. Me sentí por primera vez aliviado desde que había despertado en todo ese caos. Sentía que podíamos triunfar, pero la ilusión fue efímera. Mientras Diámora cerraba sus ojos, como una pesadilla en vida, de las sombras vi como aparecía una silueta tras ella. Flotaba en el aire y posaba una de sus manos sobre el hombro derecho de Diámora. Era Áruma. De pronto todo cobró sentido. Diámora era ese bebé de la visión y Áruma la había encontrado. Las aflicciones, la pérdida de su vista, su dolor, todo era trabajo de esa maldita. No pude contener la rabia, la impotencia, mis ojos se llenaban de lágrimas y un insoportable sentimiento de fracaso me inundaba. La luz de la luna nos abandonaba y todo se tornaba tinieblas. El rugido de la tormenta era ahora silencio y una voz se escuchaba por todo lados:

–Patéticos –dijo– ¿creyeron que podían trascender su insignificante existencia? –continuaba diciendo la voz mientras dejaba escapar una risotada.– Su mundo está condenado al olvido y su especie sentenciada a las tinieblas. Su princesa es el primero de mis sellos y la condena que les espera. –conjunto se escuchaban las palabras, los soldados exclamaban aterrados.
–¡Esto es una pesadilla!, ¡No puede ser!, ¡La princesa! –decían unos– ¡Vamos a morir!, ¡Todo está perdido! –decían otros.

Las voces se multiplicaban y el pánico se generalizaba.

–¡No puedo ver, estoy ciego!, ¡Ayuda por favor! –continuaban las voces.

Aparentemente el escudo me permitía verlas frente a nosotros, el muro azulino seguía en pie. Me disponía a hablarle a los hombres cuando vi como Áruma me miraba fijamente, llevándose el dedo índice a los labios en un gesto de silencio que instantáneamente me quitó la voz. Traté desesperadamente de gritar pero no lograba emitir sonido alguno. De pronto escuché:

–Ahora mi querida Diámora –continuaba diciendo la voz– enséñales, que hagan lo que hagan están derrotados, muéstrales, que no importa cuanto luchen, sus acciones, su existencia están condenadas –la voz pausó por un instante– !Al olvido! –sus últimas palabras se convirtieron en un grito estridente que fue seguido al instante por un resplandor carmesí. Pude ver como sangre manaba ahora de los ojos de Diámora quien emitía un alarido de una mezcla entre agonía y furia. En unos segundos la barrera azulina que nos protegía fue hecha pedazos y sentí como el fulgor comenzaba a quemarme, incluso estando yo tras El Espejo de Ainir. Nuevamente escuché tras de mí, los gritos de desesperación de lo último que quedaba de nuestro ejercito. Casi no podía soportar las quemaduras, tenía que hacer algo para sobrevivir. Ni la lluvia incesante aplacaba el dolor. El viento soplaba violento nuevamente y los truenos rugían en el cielo.

“No puedo morir...”

Me lo repetía una y otra vez, lleno de ira. Recordé que había arrojado a Faen'Gar anteriormente, lo necesitaba, necesitaba la ayuda del martillo. Trataba de concentrarme para conjurar un rezo, pero el daño se incrementaba, comenzaba a sentir los efectos del resplandor de Diámora y mi cuerpo se hacía lentamente cenizas. El conocimiento me abandonaba y yo sólo pensaba:

“Tengo que salvarla, no puedo morir...”

El resplandor carmesí se había ido. Había logrado resistirlo pero mis heridas eran múltiples, sentía como de todo mi cuerpo manaba sangre y me costaba ya respirar. Abrí mis ojos y miré hacia donde estaba Diámora para ver solamente como se abalanzaba contra mi a toda velocidad.

Las fuerzas me abandonaban, mi corazón latía con dificultad, y mi vista se nublaba. Tenía que hacer algo, de lo contrario este sería mi fin pero sólo un pensamiento ocupaba mi mente:

“Te voy a salvar, tú eres mi redención...”

Haciendo uso de las últimas fuerzas que me quedaban emprendí carrera en dirección a la iracunda criatura. Mientras decía mis plegarias veía como la figura iba llegando a mí. En un último aliento di un salto, con mi escudo enfrente y cerré mis ojos. La visión retornó a través del escudo, podía ver como Diámora saltaba a mi encuentro con sus zarpas extendidas. Por un instante perdí el conocimiento.