La muchacha, magullada por la golpiza, yacía tendida en el suelo con sus ojos llorosos y una expresión de desesperación que poco a poco iba siendo reemplazada por la resignación de lo que estaba por ocurrir. Sus gemidos eran asfixiados por la mano que su agresor le tenía en el rostro. Forcejeó inútilmente, solo para ganarse un puñetazo más en el estomago que terminó haciéndola perder el conocimiento mientras su atacante desgarraba sus ropas.
De pronto una hoja metálica perforó la espalda del agresor y se asomó por su pecho. La expresión lasciva en su rostro cambió a una de asombro mezclado con agonía mientras el acero lo alzaba lentamente, alejándolo de la muchacha semi inconsciente que con dificultad iba recuperando un poco de conocimiento. El hombre solo reaccionó deteniendo el extremo de la hoja con su mano desnuda en un intento fútil de detener su inminente ejecución. Acompañada de los quejidos del moribundo hombre, la hoja metálica cambió a una orientación vertical y con un rápido abanicar cortó su cuerpo por la mitad. La muchacha, tendida en el suelo, tosía aún atontada buscando aire fresco. Sus ojos llorosos divisaron algo de apariencia mucho peor que su anterior agresor. Como si las sombras hubieran cobrado vida, la oscura figura de un hombre yacía frente a ella. La contemplaba con una expresión gélida y unos ojos inyectados en sangre. Dio lentamente un paso hacia ella, y otro más, hasta quedar de pié a uno de sus costados y su espada apuntando al rostro de la joven. La muchacha había recuperado el aliento pero permanecía en el suelo sin saber si sentir alegría o temor. La figura tomó la hoja metálica y la empuñó al revés extendiendo su brazo para quedar apuntando al cuello de la chica. Resignada, la joven iba lentamente cerrando sus ojos mientras recorría el rostro del que parecía ser su ejecutor. Antes de cerrarlos por completo divisó una expresión extraña en aquel semblante ahora de ojos cerrados y como si leyera sus labios entendió una sola sentencia:
"Perdóname"
Al mismo tiempo su puño soltó la espada que caía dirigida a la garganta de la muchacha. El silencio solo permitió a la figura escuchar todavía los latidos del corazón de la joven. Con una expresión de extrañeza abrió sus ojos para mirarla. Ambas manos de la chica sostenían la espada fuertemente, como si el dolor de los cortes no significara nada. La muchacha, mirándolo fijamente, articuló un susurró:
"Quiero vivir"
La figura le contestó preguntando:
¿Qué te da la fuerza para seguir aún cuando tu dios te ha abandonado?
La joven le regaló una sonrisa y respondió:
"Mi dios no me ha abandonado, un ángel como tú es prueba de ello"
Zyndarius se estremeció.