He regresado con la segunda entrada para este blog, que de hecho, es prácticamente la primera a fin de cuentas.
La primera vez que inventé esta breve historia fue para dar vida a un personaje de un juego de rol masivo en línea. Lineage II se llama el juego, no sé si alguno de ustedes lo habrá jugado, o habrá escuchado de él, en fin, eso no importa, porque la historia prescinde totalmente de conocer el juego, eso es lo bueno.
De lo que cabe destacar acerca de este fragmento, figura una sola cosa, que a mí, en lo personal, me causó entre satisfacción y gracia.
Una vez presentada al público, éste se mantuvo bastante incrédulo sobre la procedencia del escrito, tanto así, que muchos me acusaron de plagio, eso de alguna manera me hizo sentir bien por una parte y mal por otra, eso quería decir que la historia parecía ser buena, sin embargo me disgustó el hecho de que se creyera que mi trabajo había sido hecho por otra persona.
Bueno, lo que preocupa ahora es la presentación oficial de la obra aquí en este blog.
Y la historia dice así...
Capítulo 1
Heredera de una sentencia
Una lúgubre mañana dio inicio al nuevo día en Menzoberranzan, ciudad capital del reino drow. La inquietud sobre los planes de Alastrai D'Landray, para con la casa Inv'Rimus parecía haber alterado el orden en la familia real, aún más cuando susodicha había pasado a formar parte de las 5 casas más poderosas del reino oscuro. Maestros de armas preparaban los ejércitos, que llegada la noche, marcharían en contra de la sentenciada casa Inv'Rimus. Los magos araña alistaban los conjuros necesarios para la poderosa red de almas que tanto tiempo llevó desarrollar a la madre matrona y que por fin se pondría por primera vez en práctica. El plan era un tanto arriesgado, y a pesar de la voluntad de los miembros de la casa se sabía que si la incursión fallaba, D'Landray perdería el favor de Lolth y entre la sociedad de los elfos oscuros era bien sabido que quien perdía el favor de la reina araña sólo podía aguardar por una sentencia rauda y cruel por parte de alguna otra casta que ansiara el poder.
Adaryn, la menor de las hijas de la madre matrona y segunda sacerdotisa al mando, temía por los ambiciosos planes de su madre, si bien era cierto, D'Landray no superaba en número el poderío militar de la casa Inv'Rimus, Alastrai se fiaba sólo del favor de Lolth para cumplir su cometido, pero su hija era algo más realista para con la situación que enfrentaba la casa. El gran dilema de la familia real era que la madre matrona esperaba la llegada de su cuarto retoño, y por augurio del oráculo Orobus, el pronóstico era una tercera princesa.
Se rumoreaba dentro de las filas de la casa que con la venida de esta tercera hija de la madre matrona las disputas, de parte de sus tres hijas, por el trono terminarían por hundir el esplendor de D'Landray hasta terminar con la destrucción de la casta. Por otro lado, los planes de la primera heredera de Alastrai, Phiria D'Landray diferían totalmente de los de su hermana menor, la tiránica joven princesa regía los preparativos para el asalto con mano de hierro. El apresuramiento en sus medidas denotaba incluso más apremio que su propia madre, pues las aspiraciones de Phiria se articulaban precisamente con el pronto ataque que tomaría parte esa noche. La muerte a su madre, por obra de asesinos de la casa Inv'Rimus, en el momento justo cuando diera a luz parecía un plan sensato, buena coartada, y a la vez infalible, por cuanto era sabido que todo miembro de la casa D'Landray estaría librando batalla en el frente rival. La princesa veía su ascenso cada vez más cercano a medida que las horas pasaban, de manera sádica saboreaba la victoria en su mente, como si ya fuera la nueva madre matrona.
“Dos pájaros de un tiro...”, repetía en su mente.
“Con la casa Inv'Rimus arrasada y tu madre muerta, serás la nueva regente de la casa D'Landray”. – Susurró la voz gélida de una criatura al oído de la joven.
“Sólo procura que tus títeres no fallen en su tarea, y la niña será tuya”. – dictó la princesa con voz fría y tajante.
“¿A caso no es tentador, engendro, el alma de una futura sacerdotisa de Lolth, virgen e intacta?”. – inquirió Phiria, insidiosamente, a su interlocutor.
“Así será joven drow, lo prometido será tu deuda, una vez muerta la madre, reclamaré el alma de la niña”. – Recitó la bestia con voz calma y ,en un espontáneo cambio, su pausado timbre tomó forma abismal y continuó:
“Pero recuerda, muchacha, si tu plan falla y no tengo mi recompensa, tu existencia es mía, y vendré por lo que me pertenezca”. – Rugió el demonio.
“¡Ya lo sé maldita bestia, no tienes que recordármelo, tendrás tu pago y yo mi victoria, ahora retírate, tengo que terminar mis quehaceres para esta noche!”. – Respondió Phiria, con insolencia, cerrando el pacto entre ella y el príncipe abismal.
Haciendo caso omiso de la irreverencia, Drerrohk se alejó y fundió con la oscuridad que plagaba el claro y la princesa emprendió camino a la alborotada casa D'Landray.
Ya entrado el medio día, en las salas de Alastrai se tomaban las últimas medidas para llevar a cabo la incursión con pleno éxito. En ese momento se aproximaba la figura de Phiria a la cámara central que captó de inmediato la atención de la madre matrona.
“¿Dónde estabas?". – Inquirió una airada Alastrai.
“Estaba preparándome para la batalla madre matrona”. – Respondió Phiria, nerviosa, ante la mirada penetrante de su madre.
“Está bien, puedes irte muchacha, pero antes da aviso a la escolta real que se presente en mis aposentos de inmediato y también busca al infeliz de Zyndarius, su presencia será importante en el evento que se aproxima”. – Instruyó Alastrai con voz tajante a su ya nerviosa hija.
“¡Maldita sea!, esta perra ordenará a la escolta real que se quedé a protegerla. ¡Maldita sea!, esto no va con mis planes, ahora ¿qué haré?”, se decía la encolerizada princesa mientras ideaba la manera de zafarse del mandato de su madre sin tampoco fallarle.
Segundos antes de llegar a los portones de la escuela de artes militares, la joven dio con una posible solución a sus pesares. Zyndarius era la clave, al muy maldito macho le apetecería cualquier oportunidad para desobedecer los mandatos de su madre. A pesar de que el príncipe era el mayor de los tres hermanos, la sociedad matriarcal de los elfos oscuros lo dejaba con un rango menor al de cualquier miembro femenino de la casa. El desenvuelto e indisciplinado príncipe tenía su fuerte en el arte de matar, sus inigualables habilidades en el uso de espadas gemelas lo hacían una amenaza automática a la hora de enfrentamientos de la índole del que sucedería dentro de unas horas más. Su conducta de naturaleza bondadosa le había acarreado severos problemas por cuanto la bondad era una palabra carente de significado en el mundo de los drow. Por esta razón, ocultando su verdadero alineamiento, se convirtió poco a poco en un peso y deshonra para su madre Alastrai, quien por cierto, no dudaría en sacrificarlo de no ser por lo valioso que era como maestro de armas de la casa D'Landray.
Instantes después de ingresar a las estancias de la escuela, Phiria dirigió un grito estridente, acompañado de un conjuro para potenciar su voz, llamando a su hermano quien acudió alarmado por el estruendo que causaba su hermana.
“¡Maldita bruja!, ¿qué querrá ahora?”, pensaba Zyndarius mientras caminaba hacia la enfadada sacerdotisa.
“¡Ah!, hasta que por fin te dignaste a aparecer sucio perro, cómo puedes hacerme esperar de esa manera, inmunda rata, si no estuviera tan apresurada te daría un par de latigazos para que aprendieras a moverte rápido”. – Le injurió Phiria exasperada.
“Déjate de estupideces y di ya lo que quieres, no tengo tiempo para tus berrinches”. – Articuló Zyndarius con su despreocupación característica.
Las palabras de su hermano enardecieron los furiosos ojos de Phiria quien a punto de sacar su látigo recordó a qué había venido. Sarcásticamente calmada, dijo a Zyndarius:
“Escucha repugnante macho, estás de suerte que las cosas marchen apresuradas, de lo contrario tu fortuna habría sido distinta, enviarás a la escolta real a que se presente frente a nuestra madre, y para ti tiene una misión importante”. – Recitó la malvada princesa, mintiendo a Zyndarius, aprovechándose de esa falta de obediencia tan característica suya.
“De acuerdo, la escolta estará allá en una hora, tengo que darles unas instrucciones antes dejarlos marchar. En cuanto a mí, ¿qué misión tienes que darme?”. – Dijo Zyndarius, fríamente.
“Nuestra madre pide que vallas en busca de un componente material que tendrá Orobus en el ala noroeste del bosque de Lunienth”. – Dijo, tranquilamente, la joven sacerdotisa.
Zyndarius sintió, que algo andaba mal con todo eso, no tenía sentido, los componentes para el hechizo de su madre estaban completos hace días, y Orobus seguramente debía encontrarse junto a la madre matrona, sobre todo acercándose la hora del parto. Aún así el joven príncipe, astuto, asintió a todo lo que su hermana le dijo y acordó cumplir la tarea al pie de la letra.
“Después que hayas terminado con tu cometido debes presentarte en el frente de batalla y llevar el componente para poder realizar el hechizo con éxito”. – Finalizó su hermana.
“Así lo haré mi señora”. – Contestó Zyndarius, sumisamente, consciente de lo que estaba sucediendo.
Su hermana planeaba una ascensión al trono despachando a su madre de una manera que aún no lograba figurarse.
“Aún así, que mi maldita madre muriese no sería gran cambio en mi vida, sin embargo no puedo dejar morir a la niña, ella no tiene la culpa y de seguro juega un papel importante en los planes de esa arpía de Phiria”, se decía Zyndarius para si, mientras se perdía en las brumas de la entrada del bosque.
Caída la noche oscura en Menzoberranzan y faltando ya dos horas para el asalto a la casa Inv'Rimus, las tropas guardaban sublime orden en los patios de la casa D'Landray. Espadachines, asesinos, magos, sacerdotisas, y una serie de peones orcos y goblins se situaban en filas y escuadrones perfectamente estructurados esperando las instrucciones de las sacerdotisas para la marcha.
Phiria, para ese entonces, retornaba con una expresión triunfante a las salas de su madre quien daba las instrucciones de guardia a la escolta real. La madre matrona ya comenzaba a retorcerse por las contracciones, la llegada de la princesa se acercaba, y en los ojos de Phiria se reflejaban la ambición y la lujuria enfermiza de poder.
Adaryn en eso, asistía a su madre para llevarla a la cámara de parto, mientras observaba detenidamente la expresión en el rostro de su hermana mayor. Adaryn, al igual que Zyndarius, advirtió inmediatamente que algo no andaba bien, sin embargo en el caso de la joven sacerdotisa ella debía presidir el asalto junto a su hermana, por lo que en unos minutos más estaría fuera del alcance de su madre, en los portones de la casa Inv'Rimus.
Ya llegada la hora de la partida, las dos altas sacerdotisas abandonaban a su madre para liderar los ejércitos de D'Landray hacia su futura victoria. La ya aquejada matriarca no podía sostenerse sobre sus pies y fue internada inmediatamente, por sus asistentes, en la cámara de parto.
Ambas princesas, compartiendo una mirada fría dieron señal de marcha a sus capitanes y sacerdotisas, quienes inmediatamente ejecutaban un hechizo de extinción de ruido en su área. Así, los ejércitos de la poderosa casa marcharon raudos y silenciosos, cual si fuera la misma brisa gélida del lugar, la que se movía de un lado a otro.
Ya transcurrido un tiempo después de dejar a su hermana, Zyndarius puso manos a la obra. Inmediatamente, y en un gesto arrebatado emprendió carrera hacia la casa D'Landray, desobedeciendo el mandato de Phiria. El joven príncipe debía evitar la muerte de su madre a todo costa, pues eso concluiría, con seguridad, en la muerte de su inocente hermana, aún no nacida.
Mientras surcaba los parajes del bosque hacia su objetivo, cuestionaba sus acciones:
“Pero, ¿qué estoy haciendo?, no tengo seguridad de que la niña adopte una naturaleza bondadosa, esto es una apuesta arriesgada, puedo estar a punto de salvar la vida de una futura madre matrona..., en cualquier caso..., debo correr el riesgo...”, decía, el apresurado espadachín, en su mente.
Para ese entonces la ceremonia de concepción se estaba llevando a cabo, y la madre matrona, torturada por el dolor, daría a luz en cualquier instante. Cuando en ese mismo momento el aire en la cámara se tornaba denso, y una gruesa neblina comenzaba, paulatinamente, a llenar el cuarto de brumas.
Alarmadas las parteras y sus asistentes gritaron a la escolta real para que acudiera a la escena. Aún cuando la madre matrona deliraba por el dolor, supo inmediatamente que sucedía a su alrededor, un plan bastante inteligente de parte de su hija.
En un abrir y cerrar de ojos uno de los 40 guardias elite cayó al piso como si fuera el mismo aire quien había asestado una estocada en su pecho. Con rápidas reacciones los restantes desenfundaron armas y se formaron para el combate, eso ya no tenía otro nombre, la emboscada estaba tendida y lo único que queda ahora era procurar la defensa de la madre matrona y su hija.
Por otro lado, al mismo tiempo, el ataque a la casa Inv'Rimus ya se había desatado, las hordas de D'Landray ya entraban por las puertas de la sentenciada casa destajando a sangre fría todo ser viviente que encontraban a su paso. Los guardias y protecciones de la casa atacada no fueron los suficientes para el evento que estaba tomando parte. Como era de esperarse, la sorpresa dispuso una clara sentencia esa noche. Los pasillos de la enorme estructura ardían con un fuego color esmeralda, la sangre yacía en todos lados de las estancias, poco a poco los defensores iban cayendo, uno tras otro, y sin misericordia, mujeres y niños eran sacrificados de la manera más horrenda que pasará por la mente de sus ejecutores. Una verdadera tradición drow se estaba llevando a cabo, la destrucción de una de las 10 casas más poderosas de Mensoberranzan, sentenciada por perder el favor de la reina araña estaba próxima a finalizar. En lo alto de la estructura, consumida por la llamas, se desplegaba el potente conjuro de Alastrai, la magia de círculo, llevada a cabo por las sacerdotisas de la casa D'Landray estaba funcionando de maravilla. Cada muerte, cada gemido de dolor, la red lo atrapaba, miles de almas estaban siendo sacadas de su ciclo natural e iban a parar a un artefacto de especiales cualidades que irradiaba maldad por cada pieza que lo conformaba.
Mientras tanto, en la casa de D'Landray la fortuna no sonreía para la convaleciente madre matrona. La guardia real había logrado contener por varios minutos a los asesinos. Criaturas abismales emanaban de un pequeño vórtice situado en el medio de la cámara.
Zyndarius, una vez presente en las puertas de la casa, sintió el peligro, en un acto reflejo de supervivencia desenvainó como si la hoja fuera uno de sus brazos y, de una rauda estocada a sus espaldas cayó una criatura al suelo, muerta. Inmediatamente supo que la energía allí presente era de una criatura de las bajas esferas. Había tenido la oportunidad de luchar y salir vivo de encuentros del tipo, pero recordaba las caras de sus compañeros caídos como si fuera ése el mismo instante. Apresurado, ingresó con extrema cautela a las estancias, en una mezcla de arrebato y prudencia se dirigió a la cámara del parto. Allí se encontraba la criatura, quien ya había despachado a varios de sus compañeros, por un momento sus extremidades se congelaron y sintió como la misma muerte abrazaba su cuerpo, sin dejarle tomar acción alguna. Bastaron sólo segundos para que al momento de volver en si, la criatura ya hubiese dado muerte a dos compañeros más. La situación estaba fuera de control, él sólo contra una criatura de esa envergadura, no podría, de seguro que moriría en el intento, mas su naturaleza lo obligaba a avanzar. Como si sus pies se movieran por instinto entró en marcha hacia la grotesca figura de Drerrohk, un príncipe del abismo. No quedaba tiempo para pensar, sólo podía apostar todo lo que tenía, porque en lo que se había metido, ya no había escapatoria.
De los escombros de la ya derrotada casa Inv'Rimus emanaba sólo humo y cenizas color esmeralda, que poco a poco el viento se encargaba de elevar al olvido. Había sido una victoria absoluta, impecable, y digna del favor de Lolth. Los victoriosos D'Landray emprendían retorno hacia su morada con un profundo sentimiento de triunfo y una lujuria de sangre poco apaciguada por la reciente matanza. Cuando, en la lejanía, a los cielos se elevó el alarido estridente de un invitado, cuya presencia, muchos ignoraban.
El rugido de la bestia se escuchó desde la lejanía, y para sorpresa de las agotadas tropas, en la casa D'Landray se situaba el origen de semejante quejido. Apresurados emprendieron carrera hacia el siniestro, pero la distancia era considerable.
Una estocada precisa de Zyndarius había dado en el costado de la criatura, Drerrohk emitió un alarido de dolor que apagó por completo el silencio nocturno en Mensoberranzan.
Varios de sus compañeros caídos hechos despojos yacían junto a cientos de cadáveres de engendros menores. En una fugaz mirada de reojo el joven príncipe revisó el estado de su madre la cual hace unos segundos había parido a la princesa, en ese instante una garra atravesó la garganta de la partera que sostenía a la criatura. En un acto que podría haberle costado la vida, el espadachín se apresuró a atrapar al bebé, cuando a su espalda un zarpazo certero rasgó sus armaduras causándole daño severo.
Por unos milímetros logró salvar a su hermana de caer al piso. Al mismo tiempo recordó la presencia del demonio que estaba tras él, un sablazo oportuno dio muerte al engendro y, al mismo tiempo, las palabras de un moribundo capitán se dirigieron a Zyndarius:
“Fue una emboscada, la criatura apareció inmediatamente después de que marcharan, es muy poderoso, hicimos lo que pudimos comandante...”. – Recitó el convaleciente soldado antes de caer al piso inconsciente por las heridas en su cuerpo.
El ya descubierto príncipe abismal exclamó con voz grave y estridente:
“¡Yo, Drerrohk, soberano y príncipe de la séptima capa del abismo vengo por mi derecho, suelta a la niña que su alma es mi pertenencia!”.
“Maldito engendro, ¿cómo osas entrar en territorio drow, y clamar la posesión de una de las princesas de la casa D'Landray?”. – le gritó Zyndarius, desafiante y bruscamente a la criatura.
Mientras tomaba a uno más de los guardias elite por el cuello, soportando las heridas de las espadas cortando su gruesa piel, el Drerrohk espetó a Zyndarius:
“Tu estúpida princesa esta condenada, por obra de la nueva madre matrona de la casa D'Landray, quien ofreció el alma de la niña a cambio del trono. ¡Ahora la mocosa es mía!”.
Despedazando al ya asfixiado guardia, se precipitó en dirección a Zyndarius con una velocidad impresionante. En un pensamiento desesperado Zyndarius miró a su alrededor buscando quien recibiera a su hermana, no podía tomar armas contra el monstruo en ese estado. Como un brillo de sol que nunca había visto, miró, por un segundo, a la adorable criatura que se encontraba en sus brazos, unos cabellos y ojos totalmente negros como el azabache dieron con la mirada del príncipe, en esa fracción de segundo comprendió todo. La niña era hija de Drerrohk y su padre venía por ella. Aprovechando los últimos segundos que le quedaban antes del impacto con el demonio depositó a la criatura en el piso bajo la cámara, justo cuando dos engendros se abalanzaron contra el cuerpo de su madre, a la cual despedazaron frente a sus ojos. Como la brisa que circulaba por las estancias, a una velocidad impresionante, desplegó sus espadas gemelas y asestó dos golpes letales contra ambas criaturas. En un acto instintivo atinó a arrogarse al piso rodando, y una figura roja de tamaño gigante pasó junto a su costado impactando brutalmente con la muralla de la estancia. Cuando recuperó la postura inmediatamente fijó su atención en la niña, la pequeña estaba bien, y el demonio se disponía a embestirlo una vez más. Esta vez el príncipe adoptó una postura de batalla y su mirada se centró en Drerrohk quien se erguía frente a él. El príncipe abismal, asintiendo, cortó una de sus palmas, y de la sangre que emanaba, quemando el pisó por el que corría, emergía de la tierra una hoja que irradiaba el mal.
Al ver aquello, Zyndarius recordó sus días de entrenamiento. Los demonios de alto rango, eran famosos por sus espadas Vorpal, hojas que tan sólo con el abanicar de sus maestros cortaban a sus víctimas como si fueran el mismo aire por el que viajaban.
Sin representar temor, Zyndarius siguió aguardando el ataque de su oponente quién en un pestañear de ojos estaba frente al joven drow. Lanzó un ataque en diagonal, el cual el espadachín desvió, trabajosamente, al suelo. La fuerza de la criatura era impresionante, sus brazos, temblorosos por el primer encuentro iniciaron una serie de ataques hacia el engendro, muchos de ellos simplemente absorbidos por la imponente constitución del demonio, otros bifurcados con el simple batir de su gigantesca espada. En esos momentos se sumaron al ataque otros 12 guardias que quedaban de la masacre, los demonios menores habían sido controlados, en ese instante un latigazo flamígero asestó contra Zyndarius quemándolo y mandándolo a volar aturdido. Los 12 guardias restantes arremetieron contra Drerrohk, uno que otro golpe causó algún daño a la gigantesca figura del demonio quien reía de sus insignificantes intentos por detenerlo. En esos instantes una tremenda ráfaga de viento y ácido dieron contra la enorme criatura, Orobus, alto mago de la casa de D'Landray se encontraba presente en la escena. El potente impacto mandó a volar a la criatura, quien además de recibir el rayo, se encontraba con la embestida de un gólem de adamantina. El monstruo recibió bastante daño. Enfurecido se puso de pie arrojando al gólem de un zarpazo contra la muralla de manera brutal, cogió su látigo y en un acto instantáneo de tiempo apareció tras la espalda de uno de los guardias, al cual descuartizó con un barrido de cortes. Con los ojos en llamas fijó su atención contra el mago pero al mismo tiempo, como un torbellino girando por el costado del demonio un centenar de mandobles dañaron su resistente piel cortándola severamente. Por unos momentos la esperanza volvió con Zyndarius, cuando a modo de contra ataque una esfera negra salió de la palma de Drerrohk en dirección al mago, afortunadamente la estructura del gólem impactó con la esfera de desintegración pulverizándole. Los guardias y su comandante continuaron atacando al demonio quien iba despachándolos con facilidad, uno por uno. Cuando ya quedaban solamente el príncipe drow y el alto mago la situación se tornaba desesperante, Orobus en un último intento de ataque conjuró un hechizo gemelo de enervación mayor, lanzándolo al demonio en busca de alguna esperanza para los dos fatigados combatientes que allí estaban. Zyndarius, acompañando el rayo dirigió sus esfuerzos a captar la atención del duque. Se precipitó a rodearlo, y atacó con una descarga de potentes golpes a la espalda del duque, quien en un ademán de voltear logró dar con su cuello cogiéndole dispuesto a finalizar su existencia decapitándolo. Segundos antes de dar el golpe final al asfixiado drow, Drerrohk se percató del rayo, batió su espada al suelo, desmembrando un brazo de Zyndarius y soltándola interpuso su palma en la trayectoria del rayo de energía negativa evitando que éste impactara con él. Mientras lo retenía, Zyndarius, aturdido por el dolor, cogió una cápsula de luz y con una señal en sus ojos avisó a Orobus que cubriera los suyos. Inmediatamente después, estrelló la cápsula en el brazo de Drerrohk con las últimas fuerzas que le quedaban. El demonio cegado por el impacto, perdió la retención del rayo que impactó directamente en su pecho, Zyndarius cayó al suelo y con un esfuerzo sobre natural para su tamaño cogió la espada del príncipe abismal, quemándose la mano. Ayudado por su peso, batió un ataque hacia la garganta del engendro, quien, en un último alarido estridente, dirigió un ataque hacia Orobus en el instante en que era decapitado por el ataque del joven príncipe drow.
No podía creerlo, lo habían logrado. Al instante después comenzó a sentir los efectos del desangramiento que estaba teniendo, como supervivencia acercó la hoja del demonio a su herida y la cauterizó, sus días como maestro de armas estaban finalizados, sin uno de sus brazos sus técnicas eran ineficaces y la nueva madre matrona dispondría de él en sacrificio. Dirigió la mirada hacia el sabio anciano ilithid. Orobus yacía en el piso agonizando por el impacto del alarido del demonio, Zyndarius se precipitó a su encuentro y con una mirada desorientada inquirió:
“¿Qué hago?, ¿qué haré ahora?, respóndeme viejo anciano”.
El moribundo ilithid, con sus últimas energías habló a la mente del joven:
“Desde un principio supe que eras la pieza que faltaba en mi visión, hiciste un buen trabajo muchacho, la tercera princesa ha sido salvada de una muerte segura, pero tu hermana vendrá a clamar su ascenso, debes llevártela de aquí, huye, ¡huye!, toma a la niña y vete a mi torre, usa la llave que esta junto al tintero, cierra los ojos, y corre hasta que sientas que tu piel arde como si te quemaras”.
En esos instantes Orobus se desvaneció y su cadáver se tornó cenizas.
“Así lo haré, sabio amigo, así lo haré”. – Susurró Zyndarius al ya difunto oráculo.
Haciendo uso de las pocas fuerzas que todavía tenía, se dirigió a encontrar a su hermana menor, quién lloraba descontrolada empapada en un charco de sangre. Por un momento el príncipe se alarmó pero sus latidos se calmaron al ver que la niña sólo estaba asustada, cogió sus dos espadas, tomó a la niña y corrió sin descanso hacia la torre del mago, allí tomó la llave que se encontraba junto al tintero, leyó una nota que decía: “Buen viaje...”, abrió la puerta y se percató que no era de naturaleza mundana, cruzó el portal, envolvió a la niña en sus capas, cerró los ojos, y echó a correr.
En un último pensamiento, soltó una lágrima y murmuró:
“Te llamarás Daeryn princesa, Daeryn D'Landray”.
Versión original escrita por Zyndarius, 03 de Abril 2006