septiembre 30, 2007

Ilusión Divina




De algún modo extraño sueño, veo, en lo profundo, dentro de mí, imágenes de un presente lejano.

De algún modo extraño, supe siempre, que eras una ilusión, un bello sueño, una maravillosa canción.

Un bello recuerdo, que para mí, sólo de esa manera podría existir.

Trataba inútilmente de forzarme a creer que podía ser más, que podía alcanzarte divina ilusión, pero lamentablemente, mi existencia pareciera estar maldita, como una agonía, interminable pesadilla, como un dulce maleficio, aquello que me hace ser, es completamente distinto a lo que me hace existir.

Un monstruo alimentado por las cenizas del odio y el rencor que habita en mi alma hace arder todo cuanto se coloca frente a su paso. Cada día que pasa, es una yaga más en el alma, un fragmento de mi ser que se esfuma, para no enloquecer.

Con cada día que pasa, con cada segundo que veo pasar frente a mis dolidos ojos, me doy cuenta de que ya no puedo más, de que cada vez cuesta más encontrar cómo seguir, de que la esperanza carece y con ella, mi mundo, lentamente, desaparece.

Me es increíble que diga esto, que abandone mi orgullo para reconocer que estoy abatido, que no tengo ganas de seguir andando, que ya no aguanto más. Que mi vida y mi mundo se convierten en fragmentos, que solamente en el olvido quedarán.

Siento que he fracasado, me siento perdido, y la inmundicia que percibo en mi ser ya no me deja respirar, pero ya no importa, ¿qué más da?, si ya nada tiene sentido, y sin ti, sentido, ni la más excelsa de las ideas puede existir.

Hacía mucho tiempo que no sufría de esta forma, mi espíritu, entumecido por el frío de tu voz. Mis ojos, marchitos por la crueldad de tu mirada. Quizá la amargura no se presentó nunca con la magnitud de ahora, porque cada vez llego más lejos y me doy cuenta de que es para caer desde más alto.

La voluntad de un ser humano puede ser invencible, pero si falta aquello que la hace existir y le otorga sentido, entonces no hay nada más que olvido.

Tengo que reconocer que llego a mis límites, la razón no puede con todo. Si te abate el corazón, solamente queda rendirse ante él y si he de ser prisionero de la amargura, entonces que así sea, pues que los cielos me castiguen por lo que he de decir, pero jamás daré un paso atrás, nunca dejaré de soñar. Si he de ser torturado por el camino que he elegido, entonces, será ése mi destino, irremediable condena.

Como dije en una de las citas que tanto me gusta crear. Me cuesta mucho decir esto, las palabras carecen cuando se trata de expresar aquello que es incomprensible.

No me retracto de nada, eso me llena de alguna forma, me hace saber que cada lágrima que he derramado por lo que veo en mi horizonte está acompañada del máximo de los esfuerzos por llegar allí. Me hace saber, que no todo está completamente perdido, de que hice lo posible y lo imposible por lograrlo, y que nunca pierdes cuando apuestas aquello que te hace especial, si das todo por eso en lo crees, lo demás ya no depende de ti.

Tu silencio hiere más que el mejor de los venenos, me mata lentamente, apaga mi alma sin que sepa nada. Una maravilla, lástima que su objetivo sea tal.

Por último, dije todo lo que tenía que decir, ya no queda más, solamente silencio, solamente pido, como te dije en mis últimas palabras...

Anda, termina de matarme...

Quítame la esperanza, que ya resulta insípida de pronunciar...

Así podré saber si soy digno de vivir en un mundo como éste...

En un mundo donde los errores son imperdonables...

Anda ángel mío, quítame la esperanza...

que de uno u otro modo, recuperaré...

Te quiero...

agosto 26, 2007

Bruja de los vientos (Parte 1)

Cargaba a la bebita en mis brazos mientras corría a toda prisa por el tupido bosque. Mientras dejaba atrás las siluetas en ferviente combate podía percibir, mientras me alejaba más y más, el olor de la madera ardiendo por el incendio que abrazaba a toda la foresta en la cercanía al reino. No podía dejar de lamentar lo ocurrido,
el asedio de esos monstruos había tenido un éxito rotundo, la mayoría de las locaciones del reino estaban completamente devastadas. Mientras pasaba por las aldeas vecinas tenía que abrirme paso batiéndome frente a goblins, trasgos, orcos y criaturas similares. Me preocuaba de alguna forma la pequeña niña, cuyos ojos me miraban como si fueran hipnotizándome cada vez que me encontraba con su mirada.
De pronto me dí cuenta de que había emprendido una carrera prácticamente inhumana. Era veloz cruzando estos bosques, pero no tan veloz como para lo que había recorrido en tan solo unos minutos. Me percaté que mi agitación solamente se debía a la emoción por la batalla. No estaba cansado, ni siquiera había derramado una gota de sudor a pesar de lo precipitada que fue mi huida. Extrañado me detuve, me oculté en los matorrales cerca del camino para tomar un descanso innecesario. Comencé a examinar la situación y me encontré solamente con el panorama agitado de un incendio que parecía estarnos persiguiendo, gritos de agonía y desesperación se escuchaban en la lejanía. De pronto mi corazón dio un fuerte palpitar, no había sentido esa presencia en años. Alertado adopté instantáneamente posición de combate, pero nada se aproximaba, aquella emanación de energía negativa se movía erráticamente hasta que dio en un punto que no pude ignorar, sentía el frío en mi pecho, junto a mi brazo, donde cargaba a Daeryn, con un sudor frío miré la cara de la bebita, y aquellos apacibles e inocentes ojos parecían no estar atentos a nada, mas su color había cambiado, sus ojos estaban de color rojo intenso, como si ardieran. Su mirada estaba acompañada de un fulgor carmesí que parecía brotar del interior de su pequeño cuerpo. De pronto me di cuenta de que no solamente ella estaba envuelta en el fulgor, sino que mi ser completo estaba expeliendo esa energía, sin embargo la fuente era el ser que portaba conmigo. Extrañado por un par de minutos, decidí echar a andar nuevamente, no podía perder más tiempo en estos dominios, pronto el bosque completo sería arrasado y los engendros comenzarían a establecerse. Mientras seguía corriendo, pasado un rato, sentí más peso en mi brazo, y una manita acariciando mi mejilla. Esta vez impactado por completo me detuve y volví a mirar a Daeryn, que para mi
completo asombro, lucía como una pequeña de 5 años de edad! En un acto torpe casi la dejo caer al suelo, pero rápidamente recuperé la compostura y logré detener su caída. La tomé con mis dos brazos y la puse lentamente sobre el piso. La pequeñita me miraba con una sonrisa angelical, mientras en su preciosa frente veía como se asomaban las puntas de lo que reconocí como cuernos. Daeryn cambió completamente su expresión, comenzaba a sentir el dolor que eso producía, instintivamente corrió hacia mi con los ojos en lágrimas, entre sollozos y quejas atiné a abrazarla, mientras sentía sus quejidos por el dolor que producía su evidente transformación. Mientras trataba de consolarla, la sentí gritar aún más fuerte, y veía como una cola se asomaba seguida de un par de alas en su espalda, los chillidos de la pobre criatura parecieron estremecer el bosque completo. Yo sólo pude abrazarla más fuerte, cuando de pronto sentí el giro de un proyectil que se dirigía hacia nosotros. Tardíamente alcancé a reaccionar cuando vi que el proyectil se estrellaba contra mi antebrazo, pero más asombrado quedé al ver que el extraño chi en el que estaba envuelto lo deshacía por completo y mi herida se cerraba al instante. Al ver semejante fenómeno el trasgo que la había arrojado, huyó despavorido en busca de lo que intuí que era una avanzada del enemigo, en nuestra dirección.

"Maldita sea!" pensé.

Era un scout y por si fuera poco el engendro corría vociferando dos palabras en el retorcido lenguaje goblinoide, a todo lo que daban sus pulmones:

"¡Un mago! ¡un mago!..."

Sin pensar en nada y habiendo olvidado todo lo que había pasado cogí a la pequeña niña y comencé nuevamente a correr cuan rápido me fue posible. En mi mente se dibujó una sola idea, recordé a la caprichosa anciana que habitaba en una gruta no muy lejos de aquí. Tenía que encontrarla, bruja de los vientos solían llamarle, ella sabría que hacer con mi extraña acompañante. Aún cuando sabía lo poco hospitalaria que era la anciana ermitaña tendría que arriesgarme a ir en su búsqueda, no tenía otra opción en las condiciones en las que viajaban y si algo era cierto, el tiempo marchaba en mi contra. No dejaba de pensar esto mientras veía como Daeryn, en mis brazos, comenzaba manejar su colita cada vez con más y más destreza, como si una daga se tratara.

Pasados los minutos llegué donde suponía que vivía la anciana bruja, pero no encontré más que una desierta morada como si hubiera yacido abandonada hace mucho. Agobiado por la preocupación solté un suspiro acompañado por una tierna carcajada de Daeryn, que ahora parecía una muchacha de 10 años. Ya no podía engañarme más, la criatura era un híbrido, sangre demoniaca corría por sus venas y yo tendría que darle muerte, tarde o temprano.

Con el seño fruncido y mi mente llena de preocupaciones, dejé a Daeryn sobre el suelo. Durante unos minutos me mantuve de pie frente a la muchacha, que me miraba fijamente, como si predijiera lo que ocurría. Con la mirada preocupada bajó su cabeza mirando solamente el suelo. Ahí se quedó, inmovil, esperando lo que ella y yo muy bien sabíamos que ocurriría. Lentamente di un paso hacía atrás y desenfundé una de mis hachas. Con mayor lentitud aún, alzé mi arma para terminar con todo. Durante un breve instante el mundo pareció detendio y un completo silencio se apoderó de la escena. Sentía todo mi cuerpo frío y el remordimiento comenzaba a carcomerme sin siquiera haber ejecutado acción alguna. Mi respiración se agitó y mi brazo comenzab a temblar. Daeryn alzó su mirada. Ni siquiera las lágrimas en sus hermosos ojos detenían la perforante mirada que tenía. En ese instante cerré mis ojos, y sin pensarlo más dirigí el filo del hacha hacía Daeryn con toda la fuerza que tenía. En ese mismo instante sentí una briza cálida a mi alrededor y sin haberme dado cuenta, detuve mi ataque justo antes de tocar a la muchacha. No encontraba respuesta en mi mente para semejante acción, me preguntaba y me preguntaba, incesantemente, pero no encontraba razón coherente. Lo único que sabía, era que no pude hacerlo. Inmediatamente después del acto, Daeryn se precipitó a abrazarme. Sentí otro golpe en el corazón y tuve que contener mis lágrimas ante tal acción. La esperanza vino a mi mente cuando pensé en la remota posibilidad de que su corazón no estuviera del todo contaminado por su vil linaje. Sacudí un poco mi cabeza para volver en mi, como si todo hubiera sido un sueño. Me disponía a envainar mi arma, cuando sentí trás de nosotros algo que se movía. Rápidamente reaccioné y alcancé a empujar a Daeryn al suelo, cuando recibí un fuerte golpe a mi costado. Mientras volaba por el aire, reconocí la fuente de mi agresión, un guardíán, no podía ser otra cosa que una de las criaturas al servicio de la bruja. Entre alegría y preocupación fui a parar azotado contra un árbol cercano. Tarde unos segundos en recuperar la compostura cuando vi frente a mi a la criatura. Yacía ante mí una enorme maza de aire que rotaba en torno a si mismo, era un elemental de aire. Sin tener tiempo para pensar en nada, vi a la criatura juntar sus puños para asestar el próximo golpe. Con toda la velocidad que me permitía mi aturdido cuerpo, descendí al suelo logrando esquivar a la mole de aire. Tras de mi escuchaba como el árbol que hace un rato resistió mi aterrisaje ahora era desplomado por el potente golpe del elemental. Recuperando el balance saque mi otra hacha y corrí a recuperar la que había perdido. El gigante de aire, para mi asombro, con una agilidad sobrenatural, recuperó el balance y emprendió vuelo en mi persecución. Mientras escapaba de la mole enfurecida, sentía como mis pasos se tornaban más rápidos, igual que durante mi escapatoria de la invasión. Era esa extraña aura carmesí denuevo, pero esta vez no podía haber llegado en mejor situación, puesto que al recuperar mi otra hacha y darme la vuelta recibí la embestida del elemental que venía tras de mí. Sentía como si el mismo viento me arrastrara por el bosque arrasando con cuanto estuviera en su camino. Rápidamente fui a parar otra vez contra un arbol. Enfurecido abaniqué mi dos armas contra el pecho de la mole de aire. Sin importarme si hacían efecto o no, imprimí un potente golpe sobre la criatura. Para mi asombro los quejidos que dió me indicarón que el ataque había surtido efecto. Era el aura que rodeaba mis armas, lo que dañaba al elemental, no podía creer la presencia de Daeryn me estuviera salvando de una muerte segura contra la criatura que tenía enfrente.
La muchacha por su lado estaba junto a un arbol, con sus brazos sobre su cabeza, como si cuidara de que algo pudiera caerle encima. De su cuerpo emanaba la energía que rodeaba todo la escena. De alguna forma, inconcientemente, nos protegía, a ella y a mi.
Volviendo a mi batalla con el monstruo de viento, me percaté que sus ojos me miraban con furia. En un rápido movimiento se precipitó nuevamente contra mí, girándo como un gran trompo. En vez de tratar de esquivarlo, me armé de valor para ir a su encuentro, contando con una destreza sobrehumana de mi lado, me arrojé contra él, pasando a milímetros el uno del otro. Con mis armas traté de darle a la masa de aire que pasaba junto ami a gran velocidad. En le siguiente instante caí al suelo perdiendo vuelo. Me puse de pie lo más rápido que pude, para ver como la criatura caía al suelo, dañada por mi ataque. El elemental estaba lo suficientemente herido como para perder la capacidad de permanecer en este plano, pero no desistió de la taballa sino hasta que apareció otroa entidad.
La silueta de una mujer se dibujó en el aire y susurró algo al elemental que lo hizo marcharse en paz. Luego se acercó a mí y dijo con una voz muy suave:

"Buscabas a la señora, ¿no es así?"

(continuará...)

agosto 18, 2007

Rumbos separados




Capítulo 3
Rumbos separados




Había pasado mucho tiempo desde que Zyndarius había sido apresado por la orden. Todavía recuerdo las primeras impresiones de aquel día en que despertó recuperado de sus heridas, para infortunadamente, tener que luchar de nuevo, contra el nuevo mundo en el que ahora estaba. Era bien sabido, que los drows eran vistos como amenaza en cualquier parte de la superficie, y que tendría más problemas con la justicia, que con cualquier mal que pudiera haber en este mundo.

Aquel día hacía una mañana preciosa, jamás hubiera imaginado que un asedio al castillo tomaría parte ese día. Las tierras del rey Iolauth eran conocidas por las grandes batallas que en ellas se habían librado, pero hacía años que no había ocurrido un evento de semejante magnitud como aquel que en ese entonces ocurrió.

A pesar de haber sido avisado el rey sobre lo que venía en camino, fue demasiado tarde, las hordas arrasaron con lo que era la ciudad. El castillo fue hecho ruinas, el bosque de la perisfería quedó completamente destruido y por supuesto, la batalla ese día, alcanzó mi cabaña.

Minutos antes de la llegada de la batalla, ambos habíamos presentido lo que se avecinaba. Cada uno se armó casi de manera instantanea, y salió de la casa. Instintivamente formamos un perímetro de guardía al rededor de la cabaña, la bebita, estaba dentro, y ninguno de los dos permitiría el paso del enemigo hacia el interior.

Con gran estruendo y un fuego que se esparica rápida mente por el bosque, el ardor de la batalla llegó hasta nosotros. Pocos segundos pasaron para que tanto los hombres del rey, como los orcos y goblins enemigos se percataran de neustra presencia. No alcancé a pestañar cuando la masa de enardecidos combatientes se avalanzaba contra mi y Zyndarius. El sufrió el ataque de ambos bandos, por mi parte solamente tuve que lidiar con el verdadero enemigo.

Sin vacilar ni siquiera un segundo, ni manifestar preocupación por su actual estado, comenzó a repeler a cuanto se acercaba a nuestro perímetro, a pesar de la precisión de sus ataques y su casi perfecto balance, noté que su ritmo era extraño, su brazo faltante lo afectaba, más de lo que yo creía.

Jamás pensé que puediera igualarme en resistencia, estuvimos luchando durante más de 4 horas, con cada minuto que pasaba, las cosas se iban tornando más y más en nuestra contra. Las hordas invasoras estaban por todos lados del ya devastado bosque, el fuego se veía por doquier, y más y más caballeros de notaban la presencia de Zyndarius, de no ser porque destajaba a enemigos por igual, lo hubieran visto como un ícono de las fuerzas contrarias, muchos de los hombres, se percataron del detalle, y se limitaban a combatir solamente a los demás enemigos que parecían no tener término. Sin embargo, caballeros jovenes e impetuosos, poseídos por el fragor del combate se precipitaban contra Zyndarius encegecidos de toda razón. Zyndarius sabía que ellos no eran precisamente enemigos verdaderos, con una expresión de tristeza, los desarmaba tratando de no darles muerte, pero su precisión disminuía con cada minuto que transcurría. El agotamiento, las heridas, el aire asfixiante, y el dolor que su brazo todavía le provocaba, juagaban fuertemente en su contra, pasadas las 5 horas de combate, el incendio nos alcanzó, los árboles comenzaron a arder inmediatamente, pasados unos minutos, uno comenzó a desplomarse, ambos intuimos la dirección de la caída, la pequeña corría peligro. Como si hubieramos sido camaradas de toda una vida, uno cubrió al otro mientras daba espaldas a la batalla y entraba a la casa, en busca de la niña. El arbol se desplomó, y al instante en que impactó con la cabaña, sentí como una de las ventanas se quebraba. Zyndarius, herido por los fragmentos de vidrio y con la bebita en brazos, esquivaba a los enemigos conforme venía a mi encuentro nuevamente, con todo lo que mi velocidad daba, corrí hacia él para cubrirles.

Al cabo de unos segundos nos reunimos, nos alejamos de la ya destruida cabaña. Los orcos y goblins parecían estar enfurecidos con Zyndarius, por lo visto uno de los capitanes, un troll gigante, había fijado su atención en nosotros. Caminando pausadamente hacia donde estabamos, machacando cuanto se le acercaba, sin importar que fuera amigo o enemigo, nuestras miardas se encontraron, con preocupación, Zyndarius arcituló unas palabras en élfico y dijo:

"Llévatela, llévate a Daeryn, ahora."

Instantaneamente le contesté agitado:

"¿Estás loco?, en tu condición actual no serás rival para él. Tendremos que luchar lo dos."

Negando con su cabeza y con una mirada decidida repitió:

"Aquí no hay posibilidad para ella, tienes que irte mientras les distraigo, estás en mejores condiciones que yo y conoces estos bosques, se que la cuidarás bien, en el momento en que no me liquidaste esa noche, supe que eras alguien de fiar. ¡Vete!, ¡vete ya!, y corre hasta que ya no escuches nada."

Blandía mis hachas dando muerte a los goblins que se encontraban con nosotros, cuando con un pestañido serio y preocuapdo le respondí:

"Está bien extraño, velaré por la vida de Daeryn, la cuidaré como si fuera mi hija. Por cierto, soy Kreagor."

Aquel entonces extraño me devolvió una sonrisa, como si fuese un viejo amigo, me pasó a la bebita y al instante desenvainó su otra katana. Guardé mis hachas y tomé a Daeryn en mis brazos, mientras él se encargaba de los enemigos que chocaban
contra el filo de su espada.

Mientras iniciabamos carrera en rumbos opuestos voltié mi cabeza para ver como la imagen del extraño drow seguía batiendose contra interminables goblins y orcos.

Segundos antes de separanos, escuché su voz tras de mis espaldas, supe que no sería la última vez que le vería, y dijo:

"Por cierto extraño, mi nombre es Zyndarius..."

Después de escuchar su nombre, emprendí carrera sin parar hasta que había dejado todo atrás. No supe más de él, hasta el día de hoy, que sigo en su búsqueda.




julio 21, 2007

Lluvia de lágrimas azabache




Capítulo 2
Lluvia de lágrimas azabache




Escribía en mi bitácora, sentado en el escritorio mientras miraba hacia la luna encendida de blanco y veía tus ojos reflejados en la lluvia, el brillo de tu sonrisa en el chasquido de las deliciosas notas que tocaba esa pequeña caja de música. Sin haber perdido mi instinto me percaté que unos pasos torpes se aproximaban a mi cabaña, un jadeo exhausto acompañaba los pisotones que poco a poco se escuchaban con mayor claridad. En una noche tan apacible el sonido de las pisadas perturbaba mis oídos deleitándose con tu recuerdo articulado por la melodía, parecía ser que tus costumbres élficas estaban tan en mi como la primera vez que te vi ángel mío, radiante como la más bella de las joyas. Todavía recuerdo tu danzar armonioso a lo largo de las praderas junto a nuestro feliz hogar. Bastaba una gota de alegría en mi mente para evocar el macabro recuerdo que viví esa noche que todavía maldigo, todavía tengo la silueta de tu asesino en mi mente, malditos elfos oscuros, si tan sólo no me hubieras hecho jurar que no los perseguiría…

De no ser por el amor que todavía te tengo, ya estaría blandiendo mis hachas frente a unos de esos infelices.

Fue cuando lo vi venir que mis recuerdos brotaron en mi mente como un rápido destello. Al mismo segundo que reconocí esas vestimentas y pude ver sus ojos, la ira brotó en mi ser de una manera incontrolable. La bestia que yacía en mi interior quería salir y despedazar al maldito por lo que te habían hecho, por lo que nos habían hecho. Lágrimas de furia brotaban de mis ojos, el extraño se percató de mi mirada, pero su trayecto no cambiaba. Entendí mejor la situación cuando gané de nuevo el control, te había hecho una promesa y mi juramento sería inquebrantable, tu visión la llevaría acabo como así fue la última de tus voluntades, mi querida esposa.

El extraño se aproximaba tambaleando, y a su pasar, los pastizales se entintaban con sangre, estaba mal herido, y cargaba un pequeño bulto sólo con uno de sus brazos.

Apretaba mis dientes tratando de contener la ira vengativa. Con todo lo que me habías enseñado pude alejarla de mí. Por unos instantes recuperé la guardia, recordaba la manera de actuar de esos bastardos en las redadas drow a la superficie, y si él estaba aquí, significaba que estaba en problemas, muchos otros debían estar ya al acecho. Raudamente tomé posición defensiva y me preparé para lo peor. Mi amor, me dejabas en una situación difícil. Hubiera sido más fácil haberle decapitado en un instante y partir en busca de los demás que seguramente permanecían ocultos en las sombras de la noche, mas te había dado mi palabra y si tenía que morir por mantenerla, si tenía que morir por ti, entonces así sería.

Para mi sorpresa me habló en élfico, lengua prohibida entre las razas de la antípoda oscura.

Me dijo, con una voz tambaleante y desesperada:

“Te lo ruego, ayúdame cazador, déjala vivir…”.

Con una tos agitada y escupiendo su propia sangre el drow pareció desplomarse, pero se mantuvo en pie hasta que guardé mis armas.

Ya no pudo mantener más la postura y cayó sobre sus rodillas, por un momento disfrute con su sufrimiento, pero como un susurro en mis oídos fuiste mi centro, la compostura volvió a mí y al momento de asentirle el moribundo drow cayó al suelo bajo mis pies.

En un maniobra apresurada y haciendo uso de sus últimas fuerzas el drow logró zafar a la criatura y atiné a cogerla con mis brazos. Era una bebita, si no supiera de la raza a la que pertenecía hubiera pensado que era un ángel de tes oscura, su belleza era sin igual y sus ojos inocentes me miraban asustada por la presencia tosca que me destacaba. Recordando tu imagen en ella le sonreí como si estuviera viéndote una vez más, instantáneamente la imagen desapareció y descubrí que la criatura me devolvía una tierna sonrisa. Sus manitas trataban de asestar a las gotas de lluvia que poco a poco iban empapando las ensangrentadas mantas. Rápidamente corrí hacia la cabaña a cobijar a mi nuevo visitante. Pensaba en mi agitada mente, lo que me habías dicho de la llegada, ahora comprendía lo que me dijiste en tus últimas palabras.

Por un momento recordé al drow que yacía medio muerto allá afuera. Sin abandonar la sospecha me precipité hacia donde estaba y aún vivía, por unos instantes pensé en dejarle morir, pero no podía. Extrañado por mis corazonadas, no podía sentir el mal en él, agité mi cabeza pensando que esto era parte del cansancio o el desconcierto provocado, por la pequeña bebita. Me recuperé tras un fracción de segundo y me decidí a llevarlo dentro de la cabaña. Mientras lo cargaba, me convencía a mí mismo que tus palabras tenían razón ángel mío, y que ésta era la máxima prueba de mi lealtad hacia ti, tener que superarme frente a esto no podía ser otra cosa más que lo que habías mencionado.

Tras unos segundos llegamos a la cabaña. Tendí al elfo oscuro en mi cama, y eché leña al fuego, sus heridas eran severas, si no hacía algo, su vida se extinguiría en unos minutos más, parecía haber peleado contra el mismo diablo para haber llegado acá. Usé un poco de las curaciones que preparabas para mí en caso de que me accidentara. El drow masculló por el ardor unos segundos, pero poco a poco fue tranquilizándose y cayó dormido, parecía haberse salvado. Una vez recobrada mi tranquilidad me percaté que el drow estaba manco, su brazo derecho había sido amputado, seguramente en una brutal pelea. Había cauterizado la herida pero aún así sangraba un poco, di por supuesto que era por la agitación de tener que marchar en las condiciones en que hace unos minutos se encontraba.

Habían pasado horas pero no podía conciliar el sueño, mis dos huéspedes dormían tranquilos, cada cierto instante el drow emitía uno que otro quejido de dolor, pero el cansancio vencía y tras pocos segundos volvía a caer inconsciente.

Mirando las gotas de lluvia caer, me preguntaba qué había pasado, con curiosidad imaginaba cómo podía haber ocurrido, pero no lograba encontrar explicación coherente para el suceso. Sin importar lo que había sido, lo que lo forzó a subir a la superficie, arriesgando su vida y la de la niña, tenía que haber sido una razón muy poderosa, lo suficiente, para haber visto esperanza donde seguramente no la habría. Aún así, para nosotros los seres de la superficie la antípoda oscura representaba un infierno en la oscuridad, donde solamente criaturas de la misma índole moraban por sus parajes y según mi visión había más esperanza aquí que allá abajo.

Divagando en mis pensamientos no pude darme cuenta que había cerrado los ojos, paulatinamente iba perdiendo la conciencia, cuando el sonido de mi diario volvió a despertarme. Fue como si hubiera escuchado que una página se daba vuelta. Para mi sorpresa y mientras leía las palabras escritas en el centro de la nueva hoja veía como tu letra aparecía en el papel. Con mi corazón agitado y mis ojos empapados en lágrimas leí:

“Te amo…”.

julio 20, 2007

Hijo de la tempestad ~ historia de Vrynnor




Hijo de la tempestad ~ historia de Vrynnor



Caía la tarde en los tormentosos valles de Pherion, las artillerías y escuadrones enanos se preparaban, raudas y con agitación para lo que sería, posiblemente, la invasión más grande que sufriera la capital enana. El rey Pherion a lo alto del pilar más grande del castillo, dirigía a los principales comandantes para una estructuración poderosa de las filas enanas. Guerreros, cazadores, paladines y sacerdotes conformaban las amplias filas del ejercito enano, acompañado además de un escuadrón especial de artillería pesada, propio del genio ingenieril de los enanos. En él, su comandante principal, artesano y herrero de batalla, Tremith, comandaba a los pesados robots y golems para un posicionamiento estratégico al rededor de la ciudad.

En el entretanto mujeres y niños se dirigían a lo bajo de la ciudad a resguardarse de todo posible ataque que pudiera sufrir el imperio. Bien hondo en la oscuridad, radicaba la gente en una bóveda esperando ansiosa y temerosa por los hombres en la superficie quienes posiblemente darían sus vidas por el reino.

Por otro lado, por el Mar Del Caos, llegaban los ejércitos de Negurax, rey orco tirano. La armada era un episodio nunca antes visto por el mundo, interminables filas en un orden casi perfecto marchaban al son de los tambores de guerra. No era de extrañarse aquella compostura en el orden del ejercito cuando surgió de una de las galeras de guerra la figura de la reina Alastrai, madre matrona de una de las más poderosas casas drow de la antípoda oscura.

Negurax, habiendo pedido el favor de Alastrai D'Landray y con ella la intervención de la reina araña Lolth en su batalla, creía tener esta guerra casi en sus manos. Bastaba ver la figura de Negurax que había cambiado para ver ahora al orco convertido en un verdadero gigante sediento de sangre y en cuyos puños destellaban flamas de luz carmesí.

Las interminables filas de la armada invasora contaban con orcos, trolls, goblins, umberhulks y gigantes. Reforzados además por las características arañas gigantes de los drow, y un sin fin de no muertos, estos dos últimos aliados propinados por las sacerdotisas drow quienes dirigían, estratégicamente, desde las últimas filas.

Impulsada por la idea de la erradicación casi segura de una de las más grandes ciudades enanas, la madre matrona no pudo dejar pasar esta oportunidad y por ende hizo uso del ya numeroso ejército del rey Negurax y lo potenció además con habilidades y poderes que solamente podían atribuirse a las artes más oscuras que este mundo hubiera visto jamás.

El cielo se tornaba cada vez más oscuro, pero los cazadores enanos sabían que faltaban unas horas más para la caída de la noche, algo extraño ocurría y todo el mundo podía percibirlo. Los cielos comenzaron a dar señales de tormenta, esta batalla sería envuelta por una tempestad y esto daba ventajas los guerreros de la nieve, acostumbrados a los violentos climas de la zona.

Acercándose ya el momento en que los tambores de guerra orcos se escuchaban a la cercanía de la fortaleza enana, los ejércitos del rey Pherion entraron en postura de batalla, los focos de luz y cañones de todo acorazado enano se pusieron en funcionamiento. Antorchas y escopetas de los cazadores comenzaron a buscar objetivos en la tupida oscuridad que comenzaba a rodear las tierras enanas.
A pesar de la fuerza de su ejercito el rey Pherion esperaba intranquilo, como si ansiara la llegada de algo que le faltara. En secreto, y por medio de oráculos humanos había sido avisado de la batalla que ahora enfrentaría, por este motivo el rey, con anticipación, había enviado un mensajero a solicitar ayuda a las lejanas y altas tierras de Igranith, el imperio flotante del rey Rhegalt, hermano mayor de Pherion. Aún así no había momento para cavilaciones, en cada unas de las planicies circundantes a la gran ciudad se vio aparecer a un sin fin de figuras con destellos rojizos en su mirar. Cual si fuera una avalancha oscura, la poderosa armada del rey Negurax se dejó caer en carrera al encuentro con las murallas enanas dispuestas a un asedio inminente.
La batalla había comenzado, escopetas y catapultas se pusieron en funcionamiento, un millar de destellos blanquecinos cubría el cielo mientras el sin número de proyectiles cruzaba el campo de batalla, cañones enanos comenzaron su martilleo y empezaban a disparar con apremio, dejando cráteres en el terreno nevado.
En conjunto, y como un acto reflejo, conjuros y rezos se comenzaron a recitar envolviendo a todo el ejército enano.
Un aura celestial cubría a los guerreros de la fortaleza, esto, acompañado de un último rezo del rey Pherion que hizo descender de los cielos un pilar de luz en la torre principal del castillo. Acabadas sus oraciones, el rey ingresó en su armadura mecánica y partió al combate.

Para ese instante se veía en los alrededores que aldeas adyacentes comenzaban a arder devoradas por los proyectiles de fuego rojo y azulino de catapultas enemigas. Por suerte, ninguna de ellas se encontraba habitada.

Las infinitas hordas enemigas caían una tras otra, pero al verse los enemigos despojados de la vida, se levantaban cadáveres a luchar en su reemplazo. El asedio continuaba como si nada pasara, un creciente ejército de invasores intentaba derribar las gruesos murallas de la fortaleza.
En el entretanto de la carnicería, el cielo se tornó purpúreo y esferas de ácido comenzaron a llover del cielo, las filas enanas aún así no cedían posición, los potentes escudos y protecciones provistas por los clérigos del reino hacían efecto y protegían a sus aliados. A pesar de la poderosa defensa enana, en unos instantes, como si fuera una bola negra de oscuridad, la embestida del rey Negurax, convertido en un verdadero energúmeno, derribaba parte de la muralla frontal de la capital, en ese mismo instante las tropas enemigas y las defensoras entraron en contacto directo, comenzaba la verdadera carnicería y ambos reyes por su parte se dirigían al encuentro mutuo, aplastando cuanto enemigo se encontrara frente a ellos.

Por los cielos, proyectiles de ambos bandos surcaban los aires deteriorando cada vez más el campo de batalla, poco a poco las filas enanas se iban viendo debilitadas, los defensores enanos comenzaban a retroceder dada la presión de las fuerzas invasoras, arañas y esqueletos rodeaban el castillo por doquier, no había lugar alguno sin infestar. A pesar del sin fin de trampas y explosivos en los campos circundantes las fuerzas enemigas no se veían disminuidas.

En eso, Thalenos, alto comandante del gremio de cazadores, aparecía en la lejanía en una de las montañas, a toda velocidad sobre su oso, circundando el terreno de batalla y tras él, una verdadera estampida de criaturas polares lo acompañaba, causando así una poderosa avalancha que arrasaba con lo que hubiera en su trayecto. El poderoso derrumbe de las nieves arrasó prácticamente con toda criatura viva en las filas enemigas que no había conseguido entrar a la capital. El versado cazador, quien sabía utilizar las ventajas de su tierra, había ejecutado una maniobra bastante astuta. Seguido de eso, bajó de su montura, pronunció unas palabras en lenguaje animal con voz firme, dio un agudo silbido y la estampida de animales comenzó a embestir a las olas de esqueletos que emergían de la nieve.

La tempestad cada vez se hacía más intensa y la nieve no cesaba de caer.
Tremith pensaba en su hijo, próximo al nacimiento. Ansiaba con fervor estar allí para su venida al mundo, pero viéndose internado en semejante batalla, sus esperanzas decaían cada vez más, sin embargo, un espíritu, una llama, no se apagaba. Si tenía que dar su vida a cambio de que su hijo viera la luz de un mañana, entonces así sería.
Instantáneamente soltó un grito tan poderoso que llegó tronar en el valle, el grito de batalla alentó a las cansadas tropas defensoras a seguir luchando hasta ya más no poder. El rey, orgulloso de los fieros guerreros que lo acompañaban en esta brutal contienda, sintió a la vez un alivio mezclado con un fervor de guerra, se dio cuenta en ese instante de que si él moría su tierra no quedaría sola, que sería protegida por los mejores guerreros. En eso, se precipitó en una carga furiosa contra la figura del coloso Negurax, quien no paraba de terminar con vidas enanas a su alrededor. Al mismo momento, Negurax vio venir al rey Pherion en su golem mecánico a toda velocidad, lo miró a los ojos y sonrió con sadismo. En un acto reflejo arremetió contra su atacante. Un impacto que mandó a volar a quien se encontrara a su alrededor causó el choque de los titanes. Comenzaron esta vez a luchar frente a frente, tan fiero parecía el encuentro que integrantes de ambos bandos no se atrevían a intervenir en la batalla que ahora, era personal.

Producto de la batalla en curso, centenares de cadáveres cubrían la entintada nieve, tanto enanos como invasores.

Una cruel estrategia resultó ser el obrar de las sacerdotisas en esa oportunidad, que alzaron no sólo los cadáveres de sus soldados, sino que también a los guerreros enanos caídos. Ahora el número de enemigos se incrementaba y de paso la moral enana era fuertemente aplastada. Uno de los jóvenes enanos guerreros al ver esto sufrió un choque emocional y se quedó estupefacto, así como todos los que presenciaban la escena. Tener que pelear contra sus propios primos era una dura prueba, demasiado para algunos que simplemente abandonaban la batalla y eran víctimas del corte preciso de los filos enemigos. Los ánimos decaían entre las filas enanas y el castillo ya era internado en gran parte por las hordas enemigas.

Haciendo uso de un último respiro el rey gritó a los cielos:

“¡No son sus compañeros. Son un insulto a nuestros hermanos caídos y deben ser liberados. No teman, cualquiera de nosotros haría lo mismo por el otro. Cierren sus ojos y sientan en su corazón, que no es a su hermano a quien destruyen, sino que es a él mismo a quien liberan!”

Escuchando esto las tropas volvieron en si, y tomaron algo de fuerza perdida, pero al ver a la figura del rey Pherion caer ante las garras de Negurax, el impacto fue aún mayor. El pesado gigante de metal caía vencido por el coloso que ya no era de este plano, la figura de uno de los señores del abismo había tomado parte en esta batalla, el rey Negurax había pagado un precio enorme por el trato que había hecho. Su puesto había sido tomado por un Engendro Del Abismo, criatura con fortaleza fuera de este mundo y poderes que no eran parte de la realidad natural.

La bestia se disponía a despedazar el cadáver del rey caído cuando de los cielos, un martillo con la velocidad y poder del rayo golpeaba al engendro haciéndole perder el balance y caer al suelo. En ese instante el disminuido ejercito enano miraba a lo cielo agitado, y vieron como una horda de enanos montados en grifos y su rey Rhegalt se integraban al combate. Como si fuera un milagro la ayuda había aparecido, las fuerzas enanas que radicaban en tierra tomaron armas una vez más y continuaron luchando, impulsados por las imágenes de sus comandantes quienes no se detenían a pesar de la fatiga y las heridas.

Todos, alentados por una misma idea continuaban luchando. En honor al rey caído ganarían la batalla a como diera lugar.

Para el momento en que los refuerzos habían llegado las hordas de muertos vivientes eran interminables, como si fuera una verdadera plaga esquelética, de orcos, trolls, arañas, enanos, animales, y todo cuanto perdiera la vida atacaba la ya maltrecha fortaleza.

Rhegalt junto con Thalenos y Tremith entraron en combate contra la criatura que había derrotado a Pherion. El poderío del engendro era abrumador, mas los valientes guerreros no dieron siquiera un paso atrás. El encuentro estalló con un grito de parte de ambos bandos, de igual modo, el batir de las armas y los poderosos impactos que desplomaban a los enanos no permitían a nadie intervenir en la titánica batalla, los enanos poseídos de una ira comparable a la furia de los bárbaros de las montañas, ansiaban la venganza de su rey, era claro que las hordas enemigas tendrían que arrasar con todo resto de vida para poder destruir por completo la capital, porque aquellos guerreros estaban dispuestos a morir con tal de preservar el deseo de su caído monarca.

En eso, dracos aparecían en los cielos montados por orcos quienes venían en la retaguardia. Al instante entraban en combate con las fuerzas enanas en el aire, la batalla ganaba más porte con cada minuto que pasaba, el evento sería recordado por siempre y por cualquiera que sobreviviera a la colosal confrontación.

Los grandes incendios advirtieron a la lejanía que el imperio enano estaba siendo fuertemente atacado, pasaban horas y horas de intensa batalla, cada vez el ejercito enano se veía más reducido, pero la preocupación por la situación no invadía a los concentrados clérigos quienes esperaban instrucciones del alto pontífice. Al ver que ya era la hora, reunió a sus discípulos de más alto rango en un círculo junto a él, corrían a la torre principal, intentaban subir hasta llegar al techo de la estructura. Advirtiendo esto, el rey Rhegalt dispuso a sus guerreros a la protección de los clérigos de las incesantes hordas enemigas. Rhegalt sabía que los sacerdotes planeaban algo, Pherion no tenía cobardes en sus filas y el escape no era opción para sus guerreros.

Al percatarse del evento, las sacerdotisas de Lolth comenzaron a ejecutar hechizos desde la lejanía hacia la torre, ellas, al igual que Rhegalt habían advertido que los clérigos no planeaban precisamente la huida. Muchos de los discípulos caían ante el poderoso e inevitable impacto de algún maleficio drow. Aún así cualquiera que fuera el rayo maligno, algún guerrero dispuesto se interponía como escudo para que los maleficios no alcanzaran a lo que podría ser su única esperanza en esta batalla que a pesar de los constantes esfuerzos de la defensa, ya estaba casi ganada por las hordas enemigas.

Alastrai, extrañada, y encolerizada gritaba a los títeres esqueléticos que le trajeran la cabeza del anciano clérigo, por alguna extraña razón el cuerpo del rey no podía ser tomado de su eterno reposo, en ese instante la madre matrona se dio cuenta de que el pilar que había en la torre no era tan solo un simple conjuro.

Bien sabía que los héroes nórdicos hacían uso de un extraño ritual en ocasiones como la que se daba en ese campo de batalla y parecía que sería la primera vez que lo presenciaría.

Ya habiendo llegado a lo alto de la torre el grupo de clérigos siguiendo instrucciones precisas del alto sacerdote se posicionó según era ordenado. En un conjurar colectivo, casi como un canto de batalla, el alto sacerdote, recitaba:

"De aquella fuerza que te hace marchar, yo te convoco protector, procura que la promesa una vez hecha se cumpla ahora, escucha mi llamado poderoso señor de la tempestad, bríndanos tu fuerza, acepta ahora la ofrenda que te doy, acepta ahora el sacrificio de uno de tus ciervos"

Una vez pronunciada la última de las palabras del poderoso rezo, el pilar de luz se detuvo por unos segundos. Al instante después, el rayo descendió hacia el mismo suelo helado, con una potencia que estremeció al lugar, al extremo que cada ser que allí yacía se percató del hecho. Esta vez el pilar apuntaba al cadáver del difunto rey, como si fuera una mano que descendía de los cielos oscuros, abriéndose paso en luz divina, tomó el cuerpo del caído rey, y en un abrazo de esa palma gigantesca, el campo de batalla se iluminó por completo. Del centro de la luz surgía el avatar gigantesco de Pherion, como si fuera él mismo en una llameante figura colosal de color azulino. El poderoso señor del imperio contempló sus manos extrañado, inmediatamente se dio cuenta de que la promesa se llevaba a cabo, de que la última acción por su tierra estaba dispuesta. En un acto reflejo alzó la mirada hacia el engendro abismal y sonrió a los fieros guerreros que yacían agotados frente a la bestia. El engendro devolvió la sonrisa al ver a su oponente celestial, el rey ahora convertido en un coloso, de luz y fuego divino, soltó un poderoso grito por los aires, el sonido del mismo trueno impulsaba las palabras, y un espíritu incontenible llenó los corazones de los enanos que allí estaban. Ni la fatiga ni el frío, ni siquiera el miedo detuvieron el poder que desató aquel rugido de batalla. Pherion se precipitó contra el demonio y en un batir de sus armas lo venció al cabo de unos minutos de lucha, haciendo uso de los más poderosos golpes, cada uno de ellos al impactar contra la coraza del engendro, tronaba acompañado del rugido de los cielos y los mismísimos relámpagos castigaban a la criatura que era azotada por energía sagrada.

Los pocos que quedábamos nos alzamos en carrera hacia las sacerdotisas destruyendo cuanto no muerto había a nuestro paso. Al ver lo que sucedía la madre matrona junto a sus sacerdotisas manifestaron una risotada y entonando de un cantar maléfico se habría tras ellas lo que parecía ser un portal dimensional, proveyéndoles un escape seguro.

Por alguna gracia del destino, tu padre, Tremith, jamás abandonó la entrada a las bóvedas de seguridad que alojaban a nuestra gente. Yo atiné demasiado tarde para ver lo que ocurría atrás de nosotros, nuestra batalla estaba casi ganada cuando la última arma de las ya ausentes drow se asomaba por un gigantesco portal oscuro que se erguía justo en medio de la desierta ciudad. En un intento desesperado por regresar al castillo, no alcanzamos a auxiliar a tu padre, quien al ver lo que trataba de emerger del abismo supo inmediatamente que si no hacía algo, la destrucción de la ciudad se completaría.
En ello miró al cielo, luego a nuestro rey, cuyo avatar descendía a la velocidad del viento por la montaña tratando de alcanzar la ciudad. Los cielos iluminaron la figura del golem de tu padre, yo en ese momento no supe qué sucedía, qué es lo que había hecho, en eso atiné a mirar a nuestro rey, quien sonreía como si ya supiera el desenlace.

Lo escuche decir:

“A esto se referían los antiguos con el sacrificio... buena suerte hermano...”

Decía Pherion como si hablara directamente con Tremith, cuya silueta se veía en la lejanía.
Terminando de escuchar esas palabras volví a mirar a Tremith, que a la lejanía me decía algo, alcance a leer sus labios, decía:

“Cuida de él Thalenos, cuida de mi hijo... cuida de Vrynnor.”

Con una expresión de alegría, envuelto en la misma luz que iluminaba al avatar de nuestro rey, el cual a su vez se desvanecía para aparecer acompañando a Tremith, cargó contra el portal abismal.
Supe entonces que ése era el verdadero sacrifico del cual hablaba el avatar del rey antes de desvanecerse. La figura del golem que maniobraba Tremith, envuelto en un fulgor azulino, impactaba entonces contra la boca del portal, con una fuerza que encogía el poderío de todos los martillos enanos siendo golpeados al mismo tiempo. En un estallido de luz, todos quedamos enceguecidos y lo único que se escuchó fue el rugido de los cielos tormentosos. El estallido fue tremendo, jamás presencié algo igual.

Luego, al despertar, entendí que la batalla había sido ganada, la brisa helada de la mañana que se aproximaba nos saludaba a todos los vencedores, que aún habiendo salido victoriosos de la más grande guerra que tu tierra haya presenciado, lamentábamos la pérdida de los grandes guerreros que habían dado sus vidas para que pudiéramos ver una mañana más.

Al ascender a lo alto de la torre, vi que yacían allí tres estatuas de piedra, una del sacerdote, otra era del rey Pherion, y la última, era de tu padre, Tremith. Entonces recordé, antes de caer al suelo, inconsciente, la noche de la batalla, lo que significaban aquellos tres destellos fugaces que vi surcar el cielo antes de que mis ojos quedaran enceguecidos.

Ahora, desde ese día, se dice que las estatuas que allí yacen, fueron esculpidas por los mismos dioses en honor a los más bravos guerreros de la raza del granito.

Bueno joven Vrynnor, tu madre me pidió que guardara para ti esta historia sólo para cuando tuvieras edad suficiente como para surcar los parajes del mundo por ti mismo. Ahora, ya resuelto como un joven cazador sabes también la historia de tus orígenes y el por qué del respeto que se tiene al nombre de tu padre. Desde hoy te reconozco como Vrynnor, cazador de la tundra.

Ve muchacho, ve donde los ojos de tu padre se sientan orgullosos de ti.



Versión original escrita por Zyndarius, 26 de Julio 2006.

abril 01, 2007

Tarathis

Bueno, nuevamente regreso con otra entrada para este blog, la tercera para ser preciso. Planeaba colocar este cuento a mediados del mes que ya ha pasado, pero por motivos varios no he podido hacerlo así. Lamentablemente los deberes y ocupaciones de la vida académica son algo que me priva de mucho tiempo, tiempo que, a veces, podría ocupar dando rienda suelta a mi imaginación y crear estas historias que tanto me gustan. Por lo mencionado anteriormente es que el avance de este proyecto se hará dificultoso, muy lento, pero no por eso dejaré que esta torre caiga, encontraré el tiempo para hacerlo, sé que lo haré.

Sin mayores preámbulos presento otra de mis historias cortas que narra el nacimiento de un vengador. El motivo de esta historia fue la creación de un personaje ficticio para un juego de rol en linea, pero que después se convirtió en otro de mis atesorados personajes de fantasía épica.

La historia dice así...



Tarathis


Mi historia comienza en una tranquila aldea en los alrededores de la ciudad de Dria’ Nemeth. En esos días aquellos, cuando la armonía con la creación aún no era alterada por la codicia de los hombres. La villa en la que yo vivía gozaba de una paz que cada día nos reconfortaba con energía pura de la naturaleza. Mi padre era un reconocido maestro de armas al servicio de la corte del rey Yidenth, señor elfo soberano de esas tierras. En esos momentos papá estaba de visita en mi hogar, había llegado para quedarse contando la noticia de que su retiro había sido aceptado por el consejo militar del rey y por ende en casa había motivo de celebración. Mi madre, sacerdotisa de la luna, se encontraba en el templo cuando mi hermana menor apareció exaltada gritando su nombre, ella había ido al templo a contar la noticia de que mi padre estaba en casa y había llegado para quedarse. Mi madre al enterarse de la noticia sonrió con felicidad, y una vez despachadas sus labores clericales, se dirigió a casa al encuentro con su familia.

Todo marchaba de maravilla hasta aquel día, maldito sea, lo recuerdo como si hubiera sido ayer, a pesar de los años que han transcurrido, el fulgor de odio por aquel hombre no se marcha de mi interior.

Ese mismo día, llegado ya el atardecer, se escucharon en la lejanía las trompetas de guerra del castillo. En el acto mi corazón comenzó a latir de una manera que ahora siento como natural, pero aquel día la sensación de miedo era casi incontrolable. Pronto los cielos se tornaron en llamas, se veía venir un asedio al castillo, casi por arte de magia las tropas enemigas habían aparecido en el horizonte. Bolas flamígeras de un fuego azulino surcaban los cielos cayendo por todos lados. Las aldeas circundantes comenzaban a arder y la gente se alborotaba, empezaba a sentir pánico cuando se acercó la mano de mi padre que tomaba mi hombro. Con una expresión seria y preocupada me dijo que corriera a mi casa, que allí trabara las puertas y ventanas con lo más pesado que encontrara, y que por sobre todo no dejara a mi hermana y a mamá solas.

En esos momentos no entendía la gravedad del asunto, pero más tarde conocería aquel ataque como una de las tantas incursiones de los elfos oscuros a la superficie. Supe, por la expresión de papá, que esto no era algo con lo que mi aldea hubiera lidiado antes. Con el pasar de los años y la experiencia que he ganado, he aprendido que las incursiones drow, como se les llama, no dejan sobrevivientes, no sé si debería considerarme afortunado o maldito por haber sido la excepción. A veces pienso que lo mejor sería haber muerto en ese mismo instante.

Habiendo llegado ya a casa encontré a mi hermana asustada y mamá tratando de tranquilizarla. Inmediatamente hice lo que papá me había ordenado, cerré puertas y ventanas y las tranqué de la mejor manera que mis inexpertas manos permitieron. A pesar de lo que había dicho mi padre, no podía evitar los impulsos por ir a verle, temía por él como él posiblemente temía por nosotros allí en casa.

De pronto, se escucharon los rugidos de bestias que se acercaban, las monturas enemigas y aliadas combatiendo. La batalla había alcanzado a nuestra aldea, y los gritos de desesperación de la gente abundaban, no pude evitar asomar un ojo por la ventana, al ver semejante matanza sentí como el cuerpo dejaba de responderme por unos segundos, que en ese momento parecieron una eternidad, me quedé frío con la mente en blanco, de pronto escuche la voz de papá, él estaba afuera, luchaba contra un elfo oscuro, la contienda no se veía bien para los defensores, ya muchos habían caído, pero en el lugar donde estábamos todavía había fuerzas de ambos bandos.
No pasaron muchos minutos para que las fuerzas atacantes destajaran cuanto había en el lugar, comenzaban a saquear las cazas, uno por una, el miedo entró en mi cuerpo nuevamente, escuché el golpeteo en la puerta, cada vez se hacía más fuerte, ya no pude contenerme más y solté un grito desesperado, llamaba a papá con todas mis fuerzas. Había logrado llamar la atención de papá quien a su vez terminaba de despachar a su adversario, lo vi emprender carrera hacia nuestra casa y atiné a mirar dentro de la habitación en la que estábamos, el sujeto, oscuro y encapuchado, había entrado. Mamá lanzó unos conjuros contra él, pero al impactar contra su oscura figura, parecía que una barrera muy poderosa le protegía. Al siguiente instante el sujeto miró a mamá,... no olvidaré nunca esa mirada, esos ojos, una alegría y lujuria asesinas los gobernaban..., perdí el control de mi mismo y como por acto reflejo me abalancé sobre él, yo, un mocoso, no podría hacer nada contra el invasor, pero en mi mente recordaba la voz de mi padre diciendo que cuidara de mamá. Él ni siquiera dirigió la mirada hacía mi, no alcancé a ver como se movía, casi instantáneamente, hacia mamá, clavándole uno de sus puñales en el vientre, mi hermana estaba aterrada, gritaba descontrolada, yo contuve el miedo y traté de atraparle, en eso llegó papá, lanzó un estocada hacia él, sin perder el control por ver a mamá tirada en el piso, papá enfrentó al sujeto, yo solo atiné a socorrer a mamá que agonizaba, no sabía que hacer, el miedo, la desesperación y la tristeza jamás invadieron mi cuerpo de la manera en que esa noche lo hicieron. Mientras los dos guerreros se debatían en armas frente a mí, escuché la voz de mamá que decía algo sobre mi hermana, como si leyera su mente entendí que tenía que socorrerla a ella, no entendía cómo, pero asumía, con cada segundo que pasaba, que mamá ya no estaba más conmigo, con un millón de lágrimas en los ojos corrí hacia mi hermana para tratar de llevármela lejos cuando escuché el sonido de una estocada certera a mis espaldas, lo había olvidado por completo, el asesino aún estaba allí con nosotros. Esperanzado volteé mi cabeza, pero un golpe aún más duro impactó contra mi ser cuando vi la figura de papá caer inerte al suelo, casi no podía sostenerme en pie, las piernas comenzaron a fallarme, no sé que clase de fuerza me ayudó a tomar a mi joven hermana en brazos y salir corriendo. Corrí y corrí, ya no había nadie en los campos ardientes, todos los invasores se habían marchado, sólo quedaba aquel hombre y yo que corría por nuestras vidas, de pronto sentí como una daga penetraba uno de mis brazos y con éste, el corazón de mi pequeña hermana, casi no podía ver por las lágrimas, solté un grito de agonía mezclado con sollozos infantiles, estaba en el suelo, no podía moverme del dolor, traté de arrastrarme pero era inútil, veía como a unos metros la silueta de mi ejecutor se aproximaba. Mi cuerpo comenzó a entumecerse, ya no había escapatoria, por unos instantes sentí un alivio, iba con mi familia, ya todo había acabado. Una vez frente a mí, la oscura figura se arrodilló, me miró con una expresión que quedaría tatuada en mi mente hasta el día de hoy que continúo siguiéndole. Aquel hombre tomo un pergamino, escribió algo en él, se puso de pie, me sonrió cruelmente, y arrojó el documento hacia mí, a quien poco a poco se le extinguía la vida. Un sentimiento incontrolable de rabia superó al miedo, superó a la resignación, lo superó todo para tratar de evitar que escapara, pero era inservible, la visión se me oscurecía, mi corazón latía lentamente, y mi mano tan solo rasguñaba la tierra impregnada de sangre. La figura desaparecía en ese instante, envuelta por el manto nocturno, ya no pude más y comencé a desfallecer, quedé tumbado mirando al cielo estrellado, que ironía la de aquella vez, papá había regresado para quedarse, y lo perdí todo, cerré los ojos y ya no escuche nada más, había caído inconsciente.


…Días después…


Cuando desperté, yacía en una cama cómoda, una reacción instintiva me llevó a pensar que todo era un sueño, pero con la vista borrosa, creí ver a la silueta apoyada en el marco de la puerta de la casa donde estaba, usando las pocas fuerzas que tenía traté de atacarle, pero caí al piso antes de dar con él. El sujeto se arrodilló y sonriendo de manera cálida, me dijo:

“Descansa hijo, cuando te recuperes hablaremos, has pasado mucho ya”.

Me cogió en brazos y me llevó nuevamente a dormir, parecía como si papá estuviese allí conmigo, pero yo sabía que lo que había sucedido era tan real como el dolor de la herida que castigaba a mi brazo izquierdo. Con los ojos en lágrimas caí dormido nuevamente.

Desde ese momento juré que vengaría a mi familia, no importaría cuanto demorara o donde tuviera que ir, lo encontraría.

Una vez despierto, supe que aquel hombre que me había encontrado se llamaba, Faldrenor, y a partir de aquel día el espadachín me tomó como su pupilo. Aprendí con él las artes de la esgrima y poco a poco fui fortaleciéndome más y más. Pero el dolor y la pena eran demasiados, una vez llegado el día, había aprendido lo suficiente como para aventurarme por el mundo a solas, ahora rondo sus parajes en busca del llamado Tarathis, el asesino que cometió el error de perdonar mi vida. Adopté irónicamente su nombre, como una carga que llevaría hasta el día en que mis dagas extinguieran la vida de su cuerpo.



Versión original escrita por Zyndarius, 08 de Agosto 2006.

marzo 03, 2007

La tercera princesa de la casa D'Landray

He regresado con la segunda entrada para este blog, que de hecho, es prácticamente la primera a fin de cuentas.

La primera vez que inventé esta breve historia fue para dar vida a un personaje de un juego de rol masivo en línea. Lineage II se llama el juego, no sé si alguno de ustedes lo habrá jugado, o habrá escuchado de él, en fin, eso no importa, porque la historia prescinde totalmente de conocer el juego, eso es lo bueno.

De lo que cabe destacar acerca de este fragmento, figura una sola cosa, que a mí, en lo personal, me causó entre satisfacción y gracia.

Una vez presentada al público, éste se mantuvo bastante incrédulo sobre la procedencia del escrito, tanto así, que muchos me acusaron de plagio, eso de alguna manera me hizo sentir bien por una parte y mal por otra, eso quería decir que la historia parecía ser buena, sin embargo me disgustó el hecho de que se creyera que mi trabajo había sido hecho por otra persona.

Bueno, lo que preocupa ahora es la presentación oficial de la obra aquí en este blog.

Y la historia dice así...



Capítulo 1
Heredera de una sentencia



Una lúgubre mañana dio inicio al nuevo día en Menzoberranzan, ciudad capital del reino drow. La inquietud sobre los planes de Alastrai D'Landray, para con la casa Inv'Rimus parecía haber alterado el orden en la familia real, aún más cuando susodicha había pasado a formar parte de las 5 casas más poderosas del reino oscuro. Maestros de armas preparaban los ejércitos, que llegada la noche, marcharían en contra de la sentenciada casa Inv'Rimus. Los magos araña alistaban los conjuros necesarios para la poderosa red de almas que tanto tiempo llevó desarrollar a la madre matrona y que por fin se pondría por primera vez en práctica. El plan era un tanto arriesgado, y a pesar de la voluntad de los miembros de la casa se sabía que si la incursión fallaba, D'Landray perdería el favor de Lolth y entre la sociedad de los elfos oscuros era bien sabido que quien perdía el favor de la reina araña sólo podía aguardar por una sentencia rauda y cruel por parte de alguna otra casta que ansiara el poder.

Adaryn, la menor de las hijas de la madre matrona y segunda sacerdotisa al mando, temía por los ambiciosos planes de su madre, si bien era cierto, D'Landray no superaba en número el poderío militar de la casa Inv'Rimus, Alastrai se fiaba sólo del favor de Lolth para cumplir su cometido, pero su hija era algo más realista para con la situación que enfrentaba la casa. El gran dilema de la familia real era que la madre matrona esperaba la llegada de su cuarto retoño, y por augurio del oráculo Orobus, el pronóstico era una tercera princesa.

Se rumoreaba dentro de las filas de la casa que con la venida de esta tercera hija de la madre matrona las disputas, de parte de sus tres hijas, por el trono terminarían por hundir el esplendor de D'Landray hasta terminar con la destrucción de la casta. Por otro lado, los planes de la primera heredera de Alastrai, Phiria D'Landray diferían totalmente de los de su hermana menor, la tiránica joven princesa regía los preparativos para el asalto con mano de hierro. El apresuramiento en sus medidas denotaba incluso más apremio que su propia madre, pues las aspiraciones de Phiria se articulaban precisamente con el pronto ataque que tomaría parte esa noche. La muerte a su madre, por obra de asesinos de la casa Inv'Rimus, en el momento justo cuando diera a luz parecía un plan sensato, buena coartada, y a la vez infalible, por cuanto era sabido que todo miembro de la casa D'Landray estaría librando batalla en el frente rival. La princesa veía su ascenso cada vez más cercano a medida que las horas pasaban, de manera sádica saboreaba la victoria en su mente, como si ya fuera la nueva madre matrona.

“Dos pájaros de un tiro...”, repetía en su mente.
“Con la casa Inv'Rimus arrasada y tu madre muerta, serás la nueva regente de la casa D'Landray”. – Susurró la voz gélida de una criatura al oído de la joven.
“Sólo procura que tus títeres no fallen en su tarea, y la niña será tuya”. – dictó la princesa con voz fría y tajante.
“¿A caso no es tentador, engendro, el alma de una futura sacerdotisa de Lolth, virgen e intacta?”. – inquirió Phiria, insidiosamente, a su interlocutor.
“Así será joven drow, lo prometido será tu deuda, una vez muerta la madre, reclamaré el alma de la niña”. – Recitó la bestia con voz calma y ,en un espontáneo cambio, su pausado timbre tomó forma abismal y continuó:
“Pero recuerda, muchacha, si tu plan falla y no tengo mi recompensa, tu existencia es mía, y vendré por lo que me pertenezca”. – Rugió el demonio.
“¡Ya lo sé maldita bestia, no tienes que recordármelo, tendrás tu pago y yo mi victoria, ahora retírate, tengo que terminar mis quehaceres para esta noche!”. – Respondió Phiria, con insolencia, cerrando el pacto entre ella y el príncipe abismal.

Haciendo caso omiso de la irreverencia, Drerrohk se alejó y fundió con la oscuridad que plagaba el claro y la princesa emprendió camino a la alborotada casa D'Landray.

Ya entrado el medio día, en las salas de Alastrai se tomaban las últimas medidas para llevar a cabo la incursión con pleno éxito. En ese momento se aproximaba la figura de Phiria a la cámara central que captó de inmediato la atención de la madre matrona.

“¿Dónde estabas?". – Inquirió una airada Alastrai.
“Estaba preparándome para la batalla madre matrona”. – Respondió Phiria, nerviosa, ante la mirada penetrante de su madre.
“Está bien, puedes irte muchacha, pero antes da aviso a la escolta real que se presente en mis aposentos de inmediato y también busca al infeliz de Zyndarius, su presencia será importante en el evento que se aproxima”. – Instruyó Alastrai con voz tajante a su ya nerviosa hija.
“¡Maldita sea!, esta perra ordenará a la escolta real que se quedé a protegerla. ¡Maldita sea!, esto no va con mis planes, ahora ¿qué haré?”, se decía la encolerizada princesa mientras ideaba la manera de zafarse del mandato de su madre sin tampoco fallarle.

Segundos antes de llegar a los portones de la escuela de artes militares, la joven dio con una posible solución a sus pesares. Zyndarius era la clave, al muy maldito macho le apetecería cualquier oportunidad para desobedecer los mandatos de su madre. A pesar de que el príncipe era el mayor de los tres hermanos, la sociedad matriarcal de los elfos oscuros lo dejaba con un rango menor al de cualquier miembro femenino de la casa. El desenvuelto e indisciplinado príncipe tenía su fuerte en el arte de matar, sus inigualables habilidades en el uso de espadas gemelas lo hacían una amenaza automática a la hora de enfrentamientos de la índole del que sucedería dentro de unas horas más. Su conducta de naturaleza bondadosa le había acarreado severos problemas por cuanto la bondad era una palabra carente de significado en el mundo de los drow. Por esta razón, ocultando su verdadero alineamiento, se convirtió poco a poco en un peso y deshonra para su madre Alastrai, quien por cierto, no dudaría en sacrificarlo de no ser por lo valioso que era como maestro de armas de la casa D'Landray.

Instantes después de ingresar a las estancias de la escuela, Phiria dirigió un grito estridente, acompañado de un conjuro para potenciar su voz, llamando a su hermano quien acudió alarmado por el estruendo que causaba su hermana.

“¡Maldita bruja!, ¿qué querrá ahora?”, pensaba Zyndarius mientras caminaba hacia la enfadada sacerdotisa.
“¡Ah!, hasta que por fin te dignaste a aparecer sucio perro, cómo puedes hacerme esperar de esa manera, inmunda rata, si no estuviera tan apresurada te daría un par de latigazos para que aprendieras a moverte rápido”. – Le injurió Phiria exasperada.

“Déjate de estupideces y di ya lo que quieres, no tengo tiempo para tus berrinches”. – Articuló Zyndarius con su despreocupación característica.

Las palabras de su hermano enardecieron los furiosos ojos de Phiria quien a punto de sacar su látigo recordó a qué había venido. Sarcásticamente calmada, dijo a Zyndarius:

“Escucha repugnante macho, estás de suerte que las cosas marchen apresuradas, de lo contrario tu fortuna habría sido distinta, enviarás a la escolta real a que se presente frente a nuestra madre, y para ti tiene una misión importante”. – Recitó la malvada princesa, mintiendo a Zyndarius, aprovechándose de esa falta de obediencia tan característica suya.

“De acuerdo, la escolta estará allá en una hora, tengo que darles unas instrucciones antes dejarlos marchar. En cuanto a mí, ¿qué misión tienes que darme?”. – Dijo Zyndarius, fríamente.

“Nuestra madre pide que vallas en busca de un componente material que tendrá Orobus en el ala noroeste del bosque de Lunienth”. – Dijo, tranquilamente, la joven sacerdotisa.

Zyndarius sintió, que algo andaba mal con todo eso, no tenía sentido, los componentes para el hechizo de su madre estaban completos hace días, y Orobus seguramente debía encontrarse junto a la madre matrona, sobre todo acercándose la hora del parto. Aún así el joven príncipe, astuto, asintió a todo lo que su hermana le dijo y acordó cumplir la tarea al pie de la letra.

“Después que hayas terminado con tu cometido debes presentarte en el frente de batalla y llevar el componente para poder realizar el hechizo con éxito”. – Finalizó su hermana.

“Así lo haré mi señora”. – Contestó Zyndarius, sumisamente, consciente de lo que estaba sucediendo.

Su hermana planeaba una ascensión al trono despachando a su madre de una manera que aún no lograba figurarse.

“Aún así, que mi maldita madre muriese no sería gran cambio en mi vida, sin embargo no puedo dejar morir a la niña, ella no tiene la culpa y de seguro juega un papel importante en los planes de esa arpía de Phiria”, se decía Zyndarius para si, mientras se perdía en las brumas de la entrada del bosque.

Caída la noche oscura en Menzoberranzan y faltando ya dos horas para el asalto a la casa Inv'Rimus, las tropas guardaban sublime orden en los patios de la casa D'Landray. Espadachines, asesinos, magos, sacerdotisas, y una serie de peones orcos y goblins se situaban en filas y escuadrones perfectamente estructurados esperando las instrucciones de las sacerdotisas para la marcha.

Phiria, para ese entonces, retornaba con una expresión triunfante a las salas de su madre quien daba las instrucciones de guardia a la escolta real. La madre matrona ya comenzaba a retorcerse por las contracciones, la llegada de la princesa se acercaba, y en los ojos de Phiria se reflejaban la ambición y la lujuria enfermiza de poder.

Adaryn en eso, asistía a su madre para llevarla a la cámara de parto, mientras observaba detenidamente la expresión en el rostro de su hermana mayor. Adaryn, al igual que Zyndarius, advirtió inmediatamente que algo no andaba bien, sin embargo en el caso de la joven sacerdotisa ella debía presidir el asalto junto a su hermana, por lo que en unos minutos más estaría fuera del alcance de su madre, en los portones de la casa Inv'Rimus.

Ya llegada la hora de la partida, las dos altas sacerdotisas abandonaban a su madre para liderar los ejércitos de D'Landray hacia su futura victoria. La ya aquejada matriarca no podía sostenerse sobre sus pies y fue internada inmediatamente, por sus asistentes, en la cámara de parto.

Ambas princesas, compartiendo una mirada fría dieron señal de marcha a sus capitanes y sacerdotisas, quienes inmediatamente ejecutaban un hechizo de extinción de ruido en su área. Así, los ejércitos de la poderosa casa marcharon raudos y silenciosos, cual si fuera la misma brisa gélida del lugar, la que se movía de un lado a otro.

Ya transcurrido un tiempo después de dejar a su hermana, Zyndarius puso manos a la obra. Inmediatamente, y en un gesto arrebatado emprendió carrera hacia la casa D'Landray, desobedeciendo el mandato de Phiria. El joven príncipe debía evitar la muerte de su madre a todo costa, pues eso concluiría, con seguridad, en la muerte de su inocente hermana, aún no nacida.

Mientras surcaba los parajes del bosque hacia su objetivo, cuestionaba sus acciones:

“Pero, ¿qué estoy haciendo?, no tengo seguridad de que la niña adopte una naturaleza bondadosa, esto es una apuesta arriesgada, puedo estar a punto de salvar la vida de una futura madre matrona..., en cualquier caso..., debo correr el riesgo...”, decía, el apresurado espadachín, en su mente.

Para ese entonces la ceremonia de concepción se estaba llevando a cabo, y la madre matrona, torturada por el dolor, daría a luz en cualquier instante. Cuando en ese mismo momento el aire en la cámara se tornaba denso, y una gruesa neblina comenzaba, paulatinamente, a llenar el cuarto de brumas.

Alarmadas las parteras y sus asistentes gritaron a la escolta real para que acudiera a la escena. Aún cuando la madre matrona deliraba por el dolor, supo inmediatamente que sucedía a su alrededor, un plan bastante inteligente de parte de su hija.

En un abrir y cerrar de ojos uno de los 40 guardias elite cayó al piso como si fuera el mismo aire quien había asestado una estocada en su pecho. Con rápidas reacciones los restantes desenfundaron armas y se formaron para el combate, eso ya no tenía otro nombre, la emboscada estaba tendida y lo único que queda ahora era procurar la defensa de la madre matrona y su hija.

Por otro lado, al mismo tiempo, el ataque a la casa Inv'Rimus ya se había desatado, las hordas de D'Landray ya entraban por las puertas de la sentenciada casa destajando a sangre fría todo ser viviente que encontraban a su paso. Los guardias y protecciones de la casa atacada no fueron los suficientes para el evento que estaba tomando parte. Como era de esperarse, la sorpresa dispuso una clara sentencia esa noche. Los pasillos de la enorme estructura ardían con un fuego color esmeralda, la sangre yacía en todos lados de las estancias, poco a poco los defensores iban cayendo, uno tras otro, y sin misericordia, mujeres y niños eran sacrificados de la manera más horrenda que pasará por la mente de sus ejecutores. Una verdadera tradición drow se estaba llevando a cabo, la destrucción de una de las 10 casas más poderosas de Mensoberranzan, sentenciada por perder el favor de la reina araña estaba próxima a finalizar. En lo alto de la estructura, consumida por la llamas, se desplegaba el potente conjuro de Alastrai, la magia de círculo, llevada a cabo por las sacerdotisas de la casa D'Landray estaba funcionando de maravilla. Cada muerte, cada gemido de dolor, la red lo atrapaba, miles de almas estaban siendo sacadas de su ciclo natural e iban a parar a un artefacto de especiales cualidades que irradiaba maldad por cada pieza que lo conformaba.

Mientras tanto, en la casa de D'Landray la fortuna no sonreía para la convaleciente madre matrona. La guardia real había logrado contener por varios minutos a los asesinos. Criaturas abismales emanaban de un pequeño vórtice situado en el medio de la cámara.

Zyndarius, una vez presente en las puertas de la casa, sintió el peligro, en un acto reflejo de supervivencia desenvainó como si la hoja fuera uno de sus brazos y, de una rauda estocada a sus espaldas cayó una criatura al suelo, muerta. Inmediatamente supo que la energía allí presente era de una criatura de las bajas esferas. Había tenido la oportunidad de luchar y salir vivo de encuentros del tipo, pero recordaba las caras de sus compañeros caídos como si fuera ése el mismo instante. Apresurado, ingresó con extrema cautela a las estancias, en una mezcla de arrebato y prudencia se dirigió a la cámara del parto. Allí se encontraba la criatura, quien ya había despachado a varios de sus compañeros, por un momento sus extremidades se congelaron y sintió como la misma muerte abrazaba su cuerpo, sin dejarle tomar acción alguna. Bastaron sólo segundos para que al momento de volver en si, la criatura ya hubiese dado muerte a dos compañeros más. La situación estaba fuera de control, él sólo contra una criatura de esa envergadura, no podría, de seguro que moriría en el intento, mas su naturaleza lo obligaba a avanzar. Como si sus pies se movieran por instinto entró en marcha hacia la grotesca figura de Drerrohk, un príncipe del abismo. No quedaba tiempo para pensar, sólo podía apostar todo lo que tenía, porque en lo que se había metido, ya no había escapatoria.

De los escombros de la ya derrotada casa Inv'Rimus emanaba sólo humo y cenizas color esmeralda, que poco a poco el viento se encargaba de elevar al olvido. Había sido una victoria absoluta, impecable, y digna del favor de Lolth. Los victoriosos D'Landray emprendían retorno hacia su morada con un profundo sentimiento de triunfo y una lujuria de sangre poco apaciguada por la reciente matanza. Cuando, en la lejanía, a los cielos se elevó el alarido estridente de un invitado, cuya presencia, muchos ignoraban.

El rugido de la bestia se escuchó desde la lejanía, y para sorpresa de las agotadas tropas, en la casa D'Landray se situaba el origen de semejante quejido. Apresurados emprendieron carrera hacia el siniestro, pero la distancia era considerable.

Una estocada precisa de Zyndarius había dado en el costado de la criatura, Drerrohk emitió un alarido de dolor que apagó por completo el silencio nocturno en Mensoberranzan.

Varios de sus compañeros caídos hechos despojos yacían junto a cientos de cadáveres de engendros menores. En una fugaz mirada de reojo el joven príncipe revisó el estado de su madre la cual hace unos segundos había parido a la princesa, en ese instante una garra atravesó la garganta de la partera que sostenía a la criatura. En un acto que podría haberle costado la vida, el espadachín se apresuró a atrapar al bebé, cuando a su espalda un zarpazo certero rasgó sus armaduras causándole daño severo.

Por unos milímetros logró salvar a su hermana de caer al piso. Al mismo tiempo recordó la presencia del demonio que estaba tras él, un sablazo oportuno dio muerte al engendro y, al mismo tiempo, las palabras de un moribundo capitán se dirigieron a Zyndarius:

“Fue una emboscada, la criatura apareció inmediatamente después de que marcharan, es muy poderoso, hicimos lo que pudimos comandante...”. – Recitó el convaleciente soldado antes de caer al piso inconsciente por las heridas en su cuerpo.

El ya descubierto príncipe abismal exclamó con voz grave y estridente:

“¡Yo, Drerrohk, soberano y príncipe de la séptima capa del abismo vengo por mi derecho, suelta a la niña que su alma es mi pertenencia!”.

“Maldito engendro, ¿cómo osas entrar en territorio drow, y clamar la posesión de una de las princesas de la casa D'Landray?”. – le gritó Zyndarius, desafiante y bruscamente a la criatura.

Mientras tomaba a uno más de los guardias elite por el cuello, soportando las heridas de las espadas cortando su gruesa piel, el Drerrohk espetó a Zyndarius:

“Tu estúpida princesa esta condenada, por obra de la nueva madre matrona de la casa D'Landray, quien ofreció el alma de la niña a cambio del trono. ¡Ahora la mocosa es mía!”.

Despedazando al ya asfixiado guardia, se precipitó en dirección a Zyndarius con una velocidad impresionante. En un pensamiento desesperado Zyndarius miró a su alrededor buscando quien recibiera a su hermana, no podía tomar armas contra el monstruo en ese estado. Como un brillo de sol que nunca había visto, miró, por un segundo, a la adorable criatura que se encontraba en sus brazos, unos cabellos y ojos totalmente negros como el azabache dieron con la mirada del príncipe, en esa fracción de segundo comprendió todo. La niña era hija de Drerrohk y su padre venía por ella. Aprovechando los últimos segundos que le quedaban antes del impacto con el demonio depositó a la criatura en el piso bajo la cámara, justo cuando dos engendros se abalanzaron contra el cuerpo de su madre, a la cual despedazaron frente a sus ojos. Como la brisa que circulaba por las estancias, a una velocidad impresionante, desplegó sus espadas gemelas y asestó dos golpes letales contra ambas criaturas. En un acto instintivo atinó a arrogarse al piso rodando, y una figura roja de tamaño gigante pasó junto a su costado impactando brutalmente con la muralla de la estancia. Cuando recuperó la postura inmediatamente fijó su atención en la niña, la pequeña estaba bien, y el demonio se disponía a embestirlo una vez más. Esta vez el príncipe adoptó una postura de batalla y su mirada se centró en Drerrohk quien se erguía frente a él. El príncipe abismal, asintiendo, cortó una de sus palmas, y de la sangre que emanaba, quemando el pisó por el que corría, emergía de la tierra una hoja que irradiaba el mal.

Al ver aquello, Zyndarius recordó sus días de entrenamiento. Los demonios de alto rango, eran famosos por sus espadas Vorpal, hojas que tan sólo con el abanicar de sus maestros cortaban a sus víctimas como si fueran el mismo aire por el que viajaban.

Sin representar temor, Zyndarius siguió aguardando el ataque de su oponente quién en un pestañear de ojos estaba frente al joven drow. Lanzó un ataque en diagonal, el cual el espadachín desvió, trabajosamente, al suelo. La fuerza de la criatura era impresionante, sus brazos, temblorosos por el primer encuentro iniciaron una serie de ataques hacia el engendro, muchos de ellos simplemente absorbidos por la imponente constitución del demonio, otros bifurcados con el simple batir de su gigantesca espada. En esos momentos se sumaron al ataque otros 12 guardias que quedaban de la masacre, los demonios menores habían sido controlados, en ese instante un latigazo flamígero asestó contra Zyndarius quemándolo y mandándolo a volar aturdido. Los 12 guardias restantes arremetieron contra Drerrohk, uno que otro golpe causó algún daño a la gigantesca figura del demonio quien reía de sus insignificantes intentos por detenerlo. En esos instantes una tremenda ráfaga de viento y ácido dieron contra la enorme criatura, Orobus, alto mago de la casa de D'Landray se encontraba presente en la escena. El potente impacto mandó a volar a la criatura, quien además de recibir el rayo, se encontraba con la embestida de un gólem de adamantina. El monstruo recibió bastante daño. Enfurecido se puso de pie arrojando al gólem de un zarpazo contra la muralla de manera brutal, cogió su látigo y en un acto instantáneo de tiempo apareció tras la espalda de uno de los guardias, al cual descuartizó con un barrido de cortes. Con los ojos en llamas fijó su atención contra el mago pero al mismo tiempo, como un torbellino girando por el costado del demonio un centenar de mandobles dañaron su resistente piel cortándola severamente. Por unos momentos la esperanza volvió con Zyndarius, cuando a modo de contra ataque una esfera negra salió de la palma de Drerrohk en dirección al mago, afortunadamente la estructura del gólem impactó con la esfera de desintegración pulverizándole. Los guardias y su comandante continuaron atacando al demonio quien iba despachándolos con facilidad, uno por uno. Cuando ya quedaban solamente el príncipe drow y el alto mago la situación se tornaba desesperante, Orobus en un último intento de ataque conjuró un hechizo gemelo de enervación mayor, lanzándolo al demonio en busca de alguna esperanza para los dos fatigados combatientes que allí estaban. Zyndarius, acompañando el rayo dirigió sus esfuerzos a captar la atención del duque. Se precipitó a rodearlo, y atacó con una descarga de potentes golpes a la espalda del duque, quien en un ademán de voltear logró dar con su cuello cogiéndole dispuesto a finalizar su existencia decapitándolo. Segundos antes de dar el golpe final al asfixiado drow, Drerrohk se percató del rayo, batió su espada al suelo, desmembrando un brazo de Zyndarius y soltándola interpuso su palma en la trayectoria del rayo de energía negativa evitando que éste impactara con él. Mientras lo retenía, Zyndarius, aturdido por el dolor, cogió una cápsula de luz y con una señal en sus ojos avisó a Orobus que cubriera los suyos. Inmediatamente después, estrelló la cápsula en el brazo de Drerrohk con las últimas fuerzas que le quedaban. El demonio cegado por el impacto, perdió la retención del rayo que impactó directamente en su pecho, Zyndarius cayó al suelo y con un esfuerzo sobre natural para su tamaño cogió la espada del príncipe abismal, quemándose la mano. Ayudado por su peso, batió un ataque hacia la garganta del engendro, quien, en un último alarido estridente, dirigió un ataque hacia Orobus en el instante en que era decapitado por el ataque del joven príncipe drow.
No podía creerlo, lo habían logrado. Al instante después comenzó a sentir los efectos del desangramiento que estaba teniendo, como supervivencia acercó la hoja del demonio a su herida y la cauterizó, sus días como maestro de armas estaban finalizados, sin uno de sus brazos sus técnicas eran ineficaces y la nueva madre matrona dispondría de él en sacrificio. Dirigió la mirada hacia el sabio anciano ilithid. Orobus yacía en el piso agonizando por el impacto del alarido del demonio, Zyndarius se precipitó a su encuentro y con una mirada desorientada inquirió:

“¿Qué hago?, ¿qué haré ahora?, respóndeme viejo anciano”.

El moribundo ilithid, con sus últimas energías habló a la mente del joven:

“Desde un principio supe que eras la pieza que faltaba en mi visión, hiciste un buen trabajo muchacho, la tercera princesa ha sido salvada de una muerte segura, pero tu hermana vendrá a clamar su ascenso, debes llevártela de aquí, huye, ¡huye!, toma a la niña y vete a mi torre, usa la llave que esta junto al tintero, cierra los ojos, y corre hasta que sientas que tu piel arde como si te quemaras”.

En esos instantes Orobus se desvaneció y su cadáver se tornó cenizas.

“Así lo haré, sabio amigo, así lo haré”. – Susurró Zyndarius al ya difunto oráculo.

Haciendo uso de las pocas fuerzas que todavía tenía, se dirigió a encontrar a su hermana menor, quién lloraba descontrolada empapada en un charco de sangre. Por un momento el príncipe se alarmó pero sus latidos se calmaron al ver que la niña sólo estaba asustada, cogió sus dos espadas, tomó a la niña y corrió sin descanso hacia la torre del mago, allí tomó la llave que se encontraba junto al tintero, leyó una nota que decía: “Buen viaje...”, abrió la puerta y se percató que no era de naturaleza mundana, cruzó el portal, envolvió a la niña en sus capas, cerró los ojos, y echó a correr.

En un último pensamiento, soltó una lágrima y murmuró:

“Te llamarás Daeryn princesa, Daeryn D'Landray”.



Versión original escrita por Zyndarius, 03 de Abril 2006