julio 07, 2010

La mirada del olvido ~ Diámora (Parte 3)

Hubiera preferido ir al infierno antes de saber, que aquello que le dije ese día, era una inconsciente mentira. Diámora estaba perdiendo la vista, por una razón que desconocía. Ese mismo día pasé la noche en las antiguas arcas del reino, buscado, indagando entre escritos y letras por una pista. Así pasé mis días desde que hablé con Diámora. No podía entender qué era lo que sucedía, hasta que por un descuido tropecé y caí al suelo helado. Perdí la conciencia por un instante debido al cansancio de los últimos días, mas mi vista logró distinguir un desperfecto en el piso, uno que no había visto antes. La piedra allí estaba trabajada y el espacio entre los bloques era ligeramente más ancho que en el resto del diseño. Oculto en constante penumbra resultaba de difícil detección puesto que ni luz diurna ni de antorchas alcanzaban el lugar donde entonces me encontraba. Comencé a examinar y descubrí que varios de los bloques estaba flojos, más mis fuerzas no eran suficientes para mover siquiera uno. Entonces recurrí a un conjuro de levitación que me sirvió para librar el obstáculo. No fue sin menos concentración que tuve que ingresar en el cuarto que ocultaban los bloques pétreos. La estancia estaba protegida por una magia muy fuerte, casi tanto que muchas veces pensé que perdería la conciencia debido a la presión que las ondas mágicas ejercían sobre mí. Conforme avanzaba el cuarto parecía iluminarse por los mismos medios mágicos, mostrando figuras en los muros de piedra, figuras que no pertenecían a ninguna de las religiones que pude haber estudiado. El tiempo parecía líquido en la estancia y mientras más avanzaba las esculturas en los muros iban mostrándome lo que parecía ser una ceremonia, mas no estaba seguro. Cuando llegué al final de la estancia me encontré con un altar y muchos pergaminos desparramados por el piso. Me llamó la atención la escultura principal que poseía el altar, estaba hecha no de piedra sino de oro. La figura era de un ángel, una hermosa mujer postrada sobre sus rodillas y con las manos unidas en señal de rezo, dos piedras eran sus ojos, dos esmeraldas. Con un poco de alegría recordé a mi querida pupila al ver la estatua, pero aquel sentimiento se esfumó cuando evoqué por qué me encontraba allí.
Retomé mi búsqueda entre los documentos esparcidos en el piso, muchos estaban escritos en lenguas que me eran desconocidas. Durante un rato creí que estaba perdido, no podía dar con algo que me brindara conocimiento, hasta que poco a poco comencé a notar similitudes en algunos escritos. No era un lenguaje, más bien era un código. Mientras más avanzaba la situación menos me agradaba. ¿De qué se trataba todo esto?, ¿Qué era lo que había que ocultar?, las preguntas invadían mi agotada mente. Había olvidado que me encontraba bajo constante ataque mágico, mis resistencias mermaron por unos segundos y fue suficiente para que las visiones se apoderaran de mi mente. El tiempo pareció detenerse y los muros cobraron vida ante mis ojos. Era una marcha, una precesión, una larga fila de personas marchaba hasta donde yo me encontraba, hasta la cima del altar. Quienes precedían la marcha parecían de linaje real y uno de ellos portaba un bulto en sus brazos. A pesar de invasión mental y el cansancio, no me costó relacionar la escena con el estado de la princesa. En un instante otra imagen llegó a mi mente, y estaba yo entré los dos monarcas que se acercaban a mí. De pronto sentí el viento tras de mí y el batido de unas alas, miré y allí estaba la figura de oro que parecía haber cobrado vida, sus ojos brillaban con luz verdosa, estaba herida, gravemente herida. No entendía que era lo que sucedía, hasta que miré hacia el horizonte. No había lugar a donde mirara donde no hubiese muerte y guerra. Parecía un enfrentamiento entre criaturas de planos exteriores, algo que jamás había presenciado. Nuevamente otra escena golpeó mi mente. Era el ángel que en sus manos tomaba al bebé, pronunciaba unas palabras cuyo sonido no llegaba a mis oídos mientras comenzaba a emanar luz de todo su cuerpo. En el acto el frío se apoderó de mi cuerpo e instintivamente dirigí la vista tras de mí. Distinguí la figura de una mujer, tan hermosa como el frío y el mal que su presencia irradiaba. Para mi sorpresa, lucía como Diámora, pero sus cabellos eran de un oscuro negro así como también sus ojos, vestía túnicas oscuras y traslúcidas, su piel, clara, estaba adornada por intrincados símbolos, tallados en la carne misma manando sangre como si de heridas eternas se tratara. Las uñas en sus pies y manos daban la impresión de ser delicadas hojas de azabache. Comprendí que era el avatar de una entidad poderosa, sentía como el miedo invadía mi ser a la vez que era tranquilizado por la presencia del ángel dorado.

(continuará...)