Capítulo 2
Lluvia de lágrimas azabache
Escribía en mi bitácora, sentado en el escritorio mientras miraba hacia la luna encendida de blanco y veía tus ojos reflejados en la lluvia, el brillo de tu sonrisa en el chasquido de las deliciosas notas que tocaba esa pequeña caja de música. Sin haber perdido mi instinto me percaté que unos pasos torpes se aproximaban a mi cabaña, un jadeo exhausto acompañaba los pisotones que poco a poco se escuchaban con mayor claridad. En una noche tan apacible el sonido de las pisadas perturbaba mis oídos deleitándose con tu recuerdo articulado por la melodía, parecía ser que tus costumbres élficas estaban tan en mi como la primera vez que te vi ángel mío, radiante como la más bella de las joyas. Todavía recuerdo tu danzar armonioso a lo largo de las praderas junto a nuestro feliz hogar. Bastaba una gota de alegría en mi mente para evocar el macabro recuerdo que viví esa noche que todavía maldigo, todavía tengo la silueta de tu asesino en mi mente, malditos elfos oscuros, si tan sólo no me hubieras hecho jurar que no los perseguiría…
De no ser por el amor que todavía te tengo, ya estaría blandiendo mis hachas frente a unos de esos infelices.
Fue cuando lo vi venir que mis recuerdos brotaron en mi mente como un rápido destello. Al mismo segundo que reconocí esas vestimentas y pude ver sus ojos, la ira brotó en mi ser de una manera incontrolable. La bestia que yacía en mi interior quería salir y despedazar al maldito por lo que te habían hecho, por lo que nos habían hecho. Lágrimas de furia brotaban de mis ojos, el extraño se percató de mi mirada, pero su trayecto no cambiaba. Entendí mejor la situación cuando gané de nuevo el control, te había hecho una promesa y mi juramento sería inquebrantable, tu visión la llevaría acabo como así fue la última de tus voluntades, mi querida esposa.
El extraño se aproximaba tambaleando, y a su pasar, los pastizales se entintaban con sangre, estaba mal herido, y cargaba un pequeño bulto sólo con uno de sus brazos.
Apretaba mis dientes tratando de contener la ira vengativa. Con todo lo que me habías enseñado pude alejarla de mí. Por unos instantes recuperé la guardia, recordaba la manera de actuar de esos bastardos en las redadas drow a la superficie, y si él estaba aquí, significaba que estaba en problemas, muchos otros debían estar ya al acecho. Raudamente tomé posición defensiva y me preparé para lo peor. Mi amor, me dejabas en una situación difícil. Hubiera sido más fácil haberle decapitado en un instante y partir en busca de los demás que seguramente permanecían ocultos en las sombras de la noche, mas te había dado mi palabra y si tenía que morir por mantenerla, si tenía que morir por ti, entonces así sería.
Para mi sorpresa me habló en élfico, lengua prohibida entre las razas de la antípoda oscura.
Me dijo, con una voz tambaleante y desesperada:
“Te lo ruego, ayúdame cazador, déjala vivir…”.
Con una tos agitada y escupiendo su propia sangre el drow pareció desplomarse, pero se mantuvo en pie hasta que guardé mis armas.
Ya no pudo mantener más la postura y cayó sobre sus rodillas, por un momento disfrute con su sufrimiento, pero como un susurro en mis oídos fuiste mi centro, la compostura volvió a mí y al momento de asentirle el moribundo drow cayó al suelo bajo mis pies.
En un maniobra apresurada y haciendo uso de sus últimas fuerzas el drow logró zafar a la criatura y atiné a cogerla con mis brazos. Era una bebita, si no supiera de la raza a la que pertenecía hubiera pensado que era un ángel de tes oscura, su belleza era sin igual y sus ojos inocentes me miraban asustada por la presencia tosca que me destacaba. Recordando tu imagen en ella le sonreí como si estuviera viéndote una vez más, instantáneamente la imagen desapareció y descubrí que la criatura me devolvía una tierna sonrisa. Sus manitas trataban de asestar a las gotas de lluvia que poco a poco iban empapando las ensangrentadas mantas. Rápidamente corrí hacia la cabaña a cobijar a mi nuevo visitante. Pensaba en mi agitada mente, lo que me habías dicho de la llegada, ahora comprendía lo que me dijiste en tus últimas palabras.
Por un momento recordé al drow que yacía medio muerto allá afuera. Sin abandonar la sospecha me precipité hacia donde estaba y aún vivía, por unos instantes pensé en dejarle morir, pero no podía. Extrañado por mis corazonadas, no podía sentir el mal en él, agité mi cabeza pensando que esto era parte del cansancio o el desconcierto provocado, por la pequeña bebita. Me recuperé tras un fracción de segundo y me decidí a llevarlo dentro de la cabaña. Mientras lo cargaba, me convencía a mí mismo que tus palabras tenían razón ángel mío, y que ésta era la máxima prueba de mi lealtad hacia ti, tener que superarme frente a esto no podía ser otra cosa más que lo que habías mencionado.
Tras unos segundos llegamos a la cabaña. Tendí al elfo oscuro en mi cama, y eché leña al fuego, sus heridas eran severas, si no hacía algo, su vida se extinguiría en unos minutos más, parecía haber peleado contra el mismo diablo para haber llegado acá. Usé un poco de las curaciones que preparabas para mí en caso de que me accidentara. El drow masculló por el ardor unos segundos, pero poco a poco fue tranquilizándose y cayó dormido, parecía haberse salvado. Una vez recobrada mi tranquilidad me percaté que el drow estaba manco, su brazo derecho había sido amputado, seguramente en una brutal pelea. Había cauterizado la herida pero aún así sangraba un poco, di por supuesto que era por la agitación de tener que marchar en las condiciones en que hace unos minutos se encontraba.
Habían pasado horas pero no podía conciliar el sueño, mis dos huéspedes dormían tranquilos, cada cierto instante el drow emitía uno que otro quejido de dolor, pero el cansancio vencía y tras pocos segundos volvía a caer inconsciente.
Mirando las gotas de lluvia caer, me preguntaba qué había pasado, con curiosidad imaginaba cómo podía haber ocurrido, pero no lograba encontrar explicación coherente para el suceso. Sin importar lo que había sido, lo que lo forzó a subir a la superficie, arriesgando su vida y la de la niña, tenía que haber sido una razón muy poderosa, lo suficiente, para haber visto esperanza donde seguramente no la habría. Aún así, para nosotros los seres de la superficie la antípoda oscura representaba un infierno en la oscuridad, donde solamente criaturas de la misma índole moraban por sus parajes y según mi visión había más esperanza aquí que allá abajo.
Divagando en mis pensamientos no pude darme cuenta que había cerrado los ojos, paulatinamente iba perdiendo la conciencia, cuando el sonido de mi diario volvió a despertarme. Fue como si hubiera escuchado que una página se daba vuelta. Para mi sorpresa y mientras leía las palabras escritas en el centro de la nueva hoja veía como tu letra aparecía en el papel. Con mi corazón agitado y mis ojos empapados en lágrimas leí:
“Te amo…”.
De no ser por el amor que todavía te tengo, ya estaría blandiendo mis hachas frente a unos de esos infelices.
Fue cuando lo vi venir que mis recuerdos brotaron en mi mente como un rápido destello. Al mismo segundo que reconocí esas vestimentas y pude ver sus ojos, la ira brotó en mi ser de una manera incontrolable. La bestia que yacía en mi interior quería salir y despedazar al maldito por lo que te habían hecho, por lo que nos habían hecho. Lágrimas de furia brotaban de mis ojos, el extraño se percató de mi mirada, pero su trayecto no cambiaba. Entendí mejor la situación cuando gané de nuevo el control, te había hecho una promesa y mi juramento sería inquebrantable, tu visión la llevaría acabo como así fue la última de tus voluntades, mi querida esposa.
El extraño se aproximaba tambaleando, y a su pasar, los pastizales se entintaban con sangre, estaba mal herido, y cargaba un pequeño bulto sólo con uno de sus brazos.
Apretaba mis dientes tratando de contener la ira vengativa. Con todo lo que me habías enseñado pude alejarla de mí. Por unos instantes recuperé la guardia, recordaba la manera de actuar de esos bastardos en las redadas drow a la superficie, y si él estaba aquí, significaba que estaba en problemas, muchos otros debían estar ya al acecho. Raudamente tomé posición defensiva y me preparé para lo peor. Mi amor, me dejabas en una situación difícil. Hubiera sido más fácil haberle decapitado en un instante y partir en busca de los demás que seguramente permanecían ocultos en las sombras de la noche, mas te había dado mi palabra y si tenía que morir por mantenerla, si tenía que morir por ti, entonces así sería.
Para mi sorpresa me habló en élfico, lengua prohibida entre las razas de la antípoda oscura.
Me dijo, con una voz tambaleante y desesperada:
“Te lo ruego, ayúdame cazador, déjala vivir…”.
Con una tos agitada y escupiendo su propia sangre el drow pareció desplomarse, pero se mantuvo en pie hasta que guardé mis armas.
Ya no pudo mantener más la postura y cayó sobre sus rodillas, por un momento disfrute con su sufrimiento, pero como un susurro en mis oídos fuiste mi centro, la compostura volvió a mí y al momento de asentirle el moribundo drow cayó al suelo bajo mis pies.
En un maniobra apresurada y haciendo uso de sus últimas fuerzas el drow logró zafar a la criatura y atiné a cogerla con mis brazos. Era una bebita, si no supiera de la raza a la que pertenecía hubiera pensado que era un ángel de tes oscura, su belleza era sin igual y sus ojos inocentes me miraban asustada por la presencia tosca que me destacaba. Recordando tu imagen en ella le sonreí como si estuviera viéndote una vez más, instantáneamente la imagen desapareció y descubrí que la criatura me devolvía una tierna sonrisa. Sus manitas trataban de asestar a las gotas de lluvia que poco a poco iban empapando las ensangrentadas mantas. Rápidamente corrí hacia la cabaña a cobijar a mi nuevo visitante. Pensaba en mi agitada mente, lo que me habías dicho de la llegada, ahora comprendía lo que me dijiste en tus últimas palabras.
Por un momento recordé al drow que yacía medio muerto allá afuera. Sin abandonar la sospecha me precipité hacia donde estaba y aún vivía, por unos instantes pensé en dejarle morir, pero no podía. Extrañado por mis corazonadas, no podía sentir el mal en él, agité mi cabeza pensando que esto era parte del cansancio o el desconcierto provocado, por la pequeña bebita. Me recuperé tras un fracción de segundo y me decidí a llevarlo dentro de la cabaña. Mientras lo cargaba, me convencía a mí mismo que tus palabras tenían razón ángel mío, y que ésta era la máxima prueba de mi lealtad hacia ti, tener que superarme frente a esto no podía ser otra cosa más que lo que habías mencionado.
Tras unos segundos llegamos a la cabaña. Tendí al elfo oscuro en mi cama, y eché leña al fuego, sus heridas eran severas, si no hacía algo, su vida se extinguiría en unos minutos más, parecía haber peleado contra el mismo diablo para haber llegado acá. Usé un poco de las curaciones que preparabas para mí en caso de que me accidentara. El drow masculló por el ardor unos segundos, pero poco a poco fue tranquilizándose y cayó dormido, parecía haberse salvado. Una vez recobrada mi tranquilidad me percaté que el drow estaba manco, su brazo derecho había sido amputado, seguramente en una brutal pelea. Había cauterizado la herida pero aún así sangraba un poco, di por supuesto que era por la agitación de tener que marchar en las condiciones en que hace unos minutos se encontraba.
Habían pasado horas pero no podía conciliar el sueño, mis dos huéspedes dormían tranquilos, cada cierto instante el drow emitía uno que otro quejido de dolor, pero el cansancio vencía y tras pocos segundos volvía a caer inconsciente.
Mirando las gotas de lluvia caer, me preguntaba qué había pasado, con curiosidad imaginaba cómo podía haber ocurrido, pero no lograba encontrar explicación coherente para el suceso. Sin importar lo que había sido, lo que lo forzó a subir a la superficie, arriesgando su vida y la de la niña, tenía que haber sido una razón muy poderosa, lo suficiente, para haber visto esperanza donde seguramente no la habría. Aún así, para nosotros los seres de la superficie la antípoda oscura representaba un infierno en la oscuridad, donde solamente criaturas de la misma índole moraban por sus parajes y según mi visión había más esperanza aquí que allá abajo.
Divagando en mis pensamientos no pude darme cuenta que había cerrado los ojos, paulatinamente iba perdiendo la conciencia, cuando el sonido de mi diario volvió a despertarme. Fue como si hubiera escuchado que una página se daba vuelta. Para mi sorpresa y mientras leía las palabras escritas en el centro de la nueva hoja veía como tu letra aparecía en el papel. Con mi corazón agitado y mis ojos empapados en lágrimas leí:
“Te amo…”.