agosto 05, 2012

La mirada del olvido ~ Diámora (Parte 4)

Por un instante dirigí mi vista hacia la entidad maligna. Me pareció que ella me devolvía la mirada, como si yo fuese uno de los presentes en la escena. Distinguí una sonrisa diabólica en su hermoso rostro. De pronto comencé a escuchar un sonido agudo e ininterrumpido, que cada segundo se hacía más alto, hasta el punto en que mis oídos comenzaron a doler. No pude aguantar más y traté de taparlos pero era inútil, el sonido constante ahora parecía como si torturaran mis tímpanos con agujas. Caí al suelo de rodillas, intentando inútilmente obstruir el lacerante timbre con mis brazos, pero el dolor no mermaba. Sin poder aguantar la tortura por más tiempo, lo último que vi mientras me desplomaba y perdía el conocimiento, fue la figura del Ángel dorado, precipitándose contra la silueta maligna, a quien ahora escuchaba carcajear.

Lentamente abría mis ojos de nuevo. Recuperada la conciencia, distinguí un escenario que nunca más olvidaría. Desde lo alto de una cima que parecía no tener principio podía contemplar la infinidad hasta la que se extendía el mundo, y en él, repartidas las siluetas de 11 entidades gigantescas destruyendo, arrasando con todo lo que se anteponía en su paso. Eran verdaderos precursores de la destrucción de la vida, no había lugar donde mis atormentados ojos miraran que no mostrara muerte y desolación.

Quebrando mi estupefacción las risotadas de una mujer atrajeron mi mirada hacia lo que parecía el final de un enfrentamiento entre el Ángel dorado y la mujer siniestra que ahora lucía la forma de una sombra alada. Inconscientemente comencé a acercarme al lugar donde ambas se situaban y pude entender las palabras que intercambiaban.

–No puedo creerlo, no puedo creer que mi hermana esté haciendo esto. –decía la figura del Ángel dorado, agonizante.

–Ella al igual que tú creyó inútilmente que podría oponerse a su naturaleza. –exclamaba la sombra, mientras sostenía al Ángel del cuello con su zarpa izquierda, estrangulándola lentamente, saboreado su sufrimiento de forma sádica.

–¡Bastó una simple fisura en su esperanza para lograr que ella se diera cuenta de quién era en realidad! –continuaba la sombra, gritándole al Ángel.

–Y tú, hermana mía, fuiste la última esperanza de la creación y todas su condenadas criaturas. –espetaba la figura sombría a la convaleciente figura del Ángel que en un último esfuerzo logró articular una palabras.

–No sabes nada Áruma, no has ganado nada. Estás muy lejos de ser victoriosa. Y tarde o temprano vas a encontrar la causa de tu destrucción en tus propias creaciones. –atragantada con su propia sangre, la disminuida figura angelical continuaba dificultosamente– porque el poder que explotas en cada una de ellas, nunca ha sido tuyo...

Un último susurro articulaban los labios del Ángel cuando Áruma acababa con su vida, triturando su cuello antes atrapado en sus garras.

–Silencio basura y conviértete en la última de mis creaciones. –declaraba Áruma, mientras con su zarpa derecha empuñaba una lanza que parecía originarse de su propio cuerpo.

En el instante en que la lanza atravesaba el pecho del Ángel sentí como una onda de pura energía me desplomaba al piso. La expansión de energía fue sucedida por un estallido de luz que me hizo imposible seguir manteniendo los ojos abiertos. Solamente escuchaba la voz de Áruma gritando y maldiciendo a su hermana por lo que aparenmente, no era parte de su plan.

–¡Maldita seas Naeyr! ¡Maldita seas! – repetía Áruma, una y otra vez, mientras chillaba de dolor.

Sentí que el resplandor había disminuido y abrí mis ojos. Frente a mí veía como Áruma comenzaba a ser absorbida por un orbe brillante. Su lanza había desaparecido y su brazo derecho estaba siendo desgarrado de su cuerpo por un vórtice emanado por el orbe. Entre alaridos de dolor y maldiciones trataba de liberarse, pero no lo conseguía. Al mismo tiempo, distinguí entre el estruendo, los llantos de un bebé. Revisé con mi vista la plataforma en que nos encontrábamos, buscando por el origen de esos llantos, cuando vi que la inocente criatura iba flotando por los aires, chillando, siendo arrastrada por el orbe. Rápidamente me puse de pie y corrí a interceptar el rumbo del bebé. Logré alcanzarlo arrojándome al aire pero cuando estaba por atraparlo pasé a través de ella como si yo fuese un fantasma. Recobré la noción de la realidad con lo sucedido. Yo era un espectador en todo lo que estaba sucediendo, lo quisiera o no. Y por lo que podía intuir ahora, esto había ocurrido en una era distinta. Mis cavilaciones cesaron de repente y escuché lo que parecía el susurro de una dulce voz.

–Calma, estás inmerso en los recuerdos de Ilundraed, el mundo predecesor de Gaea. –decía la voz con tono calmo y suave– los pergaminos que encontraste son objetos en cuyo interior el tiempo y las dimensiones son almacenados.

Precipitado respondí con torpes preguntas –¿Quién eres tú?, ¿Qué es todo esto?

–Yo era Naeyr uno de los avatares del concepto supremo y guardiana del orbe de Ilundraed. –su voz parecía desvanecerse conforme las palabras llegaban a mí –No hay mucho almacenado en estos escritos –continuó la voz ya casi imperceptible– Lo que has presenciado fue lo que ocurrió con mi dominio cuando Áruma logró corromper a una de mis hermanas.

–¿Quién es ella?, ¿Quién es Áruma? –interrumpí inútilmente cuando la voz ya se había desvanecido.

Inmediatamente fui abatido por un destello luminoso que me transportó a lo que debía ser otro fragmento del tiempo de lo ocurrido en Ilundraed. Me hallaba situado en la misma cima y veía como Áruma continuaba debatiéndose contra el vórtice generado por el orbe, al mismo tiempo en que la bebé iba flotando por los aires, en dirección al núcleo. De pronto una palabra retumbó por doquier como si toda la creación hubiese sido utilizada para articularla.

–¡Suficiente! –exclamó enfurecida y tajante, una voz que parecía omnipresente.

Un estallido fulgurante entre el vórtice, la sombra y la bebé ya en el centro terminó con el enfrentamiento de poderes. El verdadero avatar de Áruma se situaba erguido en el campo de batalla, si bien lucía imponente y majestuosa, la mujer se notaba definitivamente debilitada. Ni el orbe ni la bebé estaban presentes ya.

–Tus esfuerzos serán en vano hermana mía. –dijo Áruma como si hablará al viento– tarde o temprano recuperaré lo que me has quitado, y con cada paso que de, tus fragmentos serán los míos –guardó silencio un momento y cerró sus ojos como si pensara en algo– Encontraré a la criatura y ella será el primero de mis sellos, donde sea que la hayas ocultado, la encontraré –continuó desafiante mirando a los cielos de un mundo que iba siendo absorbido por absoluta oscuridad– La raza que escogiste es débil y fácil de corromper, tú misma has arreglado tu derrota. –tan pronto terminó de hablar dirigió su mirada hacía mí y de forma instantánea la visión acabó, perdiendo yo la consciencia.