Hijo de la tempestad ~ historia de Vrynnor
Caía la tarde en los tormentosos valles de Pherion, las artillerías y escuadrones enanos se preparaban, raudas y con agitación para lo que sería, posiblemente, la invasión más grande que sufriera la capital enana. El rey Pherion a lo alto del pilar más grande del castillo, dirigía a los principales comandantes para una estructuración poderosa de las filas enanas. Guerreros, cazadores, paladines y sacerdotes conformaban las amplias filas del ejercito enano, acompañado además de un escuadrón especial de artillería pesada, propio del genio ingenieril de los enanos. En él, su comandante principal, artesano y herrero de batalla, Tremith, comandaba a los pesados robots y golems para un posicionamiento estratégico al rededor de la ciudad.
En el entretanto mujeres y niños se dirigían a lo bajo de la ciudad a resguardarse de todo posible ataque que pudiera sufrir el imperio. Bien hondo en la oscuridad, radicaba la gente en una bóveda esperando ansiosa y temerosa por los hombres en la superficie quienes posiblemente darían sus vidas por el reino.
Por otro lado, por el Mar Del Caos, llegaban los ejércitos de Negurax, rey orco tirano. La armada era un episodio nunca antes visto por el mundo, interminables filas en un orden casi perfecto marchaban al son de los tambores de guerra. No era de extrañarse aquella compostura en el orden del ejercito cuando surgió de una de las galeras de guerra la figura de la reina Alastrai, madre matrona de una de las más poderosas casas drow de la antípoda oscura.
Negurax, habiendo pedido el favor de Alastrai D'Landray y con ella la intervención de la reina araña Lolth en su batalla, creía tener esta guerra casi en sus manos. Bastaba ver la figura de Negurax que había cambiado para ver ahora al orco convertido en un verdadero gigante sediento de sangre y en cuyos puños destellaban flamas de luz carmesí.
Las interminables filas de la armada invasora contaban con orcos, trolls, goblins, umberhulks y gigantes. Reforzados además por las características arañas gigantes de los drow, y un sin fin de no muertos, estos dos últimos aliados propinados por las sacerdotisas drow quienes dirigían, estratégicamente, desde las últimas filas.
Impulsada por la idea de la erradicación casi segura de una de las más grandes ciudades enanas, la madre matrona no pudo dejar pasar esta oportunidad y por ende hizo uso del ya numeroso ejército del rey Negurax y lo potenció además con habilidades y poderes que solamente podían atribuirse a las artes más oscuras que este mundo hubiera visto jamás.
El cielo se tornaba cada vez más oscuro, pero los cazadores enanos sabían que faltaban unas horas más para la caída de la noche, algo extraño ocurría y todo el mundo podía percibirlo. Los cielos comenzaron a dar señales de tormenta, esta batalla sería envuelta por una tempestad y esto daba ventajas los guerreros de la nieve, acostumbrados a los violentos climas de la zona.
Acercándose ya el momento en que los tambores de guerra orcos se escuchaban a la cercanía de la fortaleza enana, los ejércitos del rey Pherion entraron en postura de batalla, los focos de luz y cañones de todo acorazado enano se pusieron en funcionamiento. Antorchas y escopetas de los cazadores comenzaron a buscar objetivos en la tupida oscuridad que comenzaba a rodear las tierras enanas.
A pesar de la fuerza de su ejercito el rey Pherion esperaba intranquilo, como si ansiara la llegada de algo que le faltara. En secreto, y por medio de oráculos humanos había sido avisado de la batalla que ahora enfrentaría, por este motivo el rey, con anticipación, había enviado un mensajero a solicitar ayuda a las lejanas y altas tierras de Igranith, el imperio flotante del rey Rhegalt, hermano mayor de Pherion. Aún así no había momento para cavilaciones, en cada unas de las planicies circundantes a la gran ciudad se vio aparecer a un sin fin de figuras con destellos rojizos en su mirar. Cual si fuera una avalancha oscura, la poderosa armada del rey Negurax se dejó caer en carrera al encuentro con las murallas enanas dispuestas a un asedio inminente.
La batalla había comenzado, escopetas y catapultas se pusieron en funcionamiento, un millar de destellos blanquecinos cubría el cielo mientras el sin número de proyectiles cruzaba el campo de batalla, cañones enanos comenzaron su martilleo y empezaban a disparar con apremio, dejando cráteres en el terreno nevado.
En conjunto, y como un acto reflejo, conjuros y rezos se comenzaron a recitar envolviendo a todo el ejército enano.
Un aura celestial cubría a los guerreros de la fortaleza, esto, acompañado de un último rezo del rey Pherion que hizo descender de los cielos un pilar de luz en la torre principal del castillo. Acabadas sus oraciones, el rey ingresó en su armadura mecánica y partió al combate.
Para ese instante se veía en los alrededores que aldeas adyacentes comenzaban a arder devoradas por los proyectiles de fuego rojo y azulino de catapultas enemigas. Por suerte, ninguna de ellas se encontraba habitada.
Las infinitas hordas enemigas caían una tras otra, pero al verse los enemigos despojados de la vida, se levantaban cadáveres a luchar en su reemplazo. El asedio continuaba como si nada pasara, un creciente ejército de invasores intentaba derribar las gruesos murallas de la fortaleza.
En el entretanto de la carnicería, el cielo se tornó purpúreo y esferas de ácido comenzaron a llover del cielo, las filas enanas aún así no cedían posición, los potentes escudos y protecciones provistas por los clérigos del reino hacían efecto y protegían a sus aliados. A pesar de la poderosa defensa enana, en unos instantes, como si fuera una bola negra de oscuridad, la embestida del rey Negurax, convertido en un verdadero energúmeno, derribaba parte de la muralla frontal de la capital, en ese mismo instante las tropas enemigas y las defensoras entraron en contacto directo, comenzaba la verdadera carnicería y ambos reyes por su parte se dirigían al encuentro mutuo, aplastando cuanto enemigo se encontrara frente a ellos.
Por los cielos, proyectiles de ambos bandos surcaban los aires deteriorando cada vez más el campo de batalla, poco a poco las filas enanas se iban viendo debilitadas, los defensores enanos comenzaban a retroceder dada la presión de las fuerzas invasoras, arañas y esqueletos rodeaban el castillo por doquier, no había lugar alguno sin infestar. A pesar del sin fin de trampas y explosivos en los campos circundantes las fuerzas enemigas no se veían disminuidas.
En eso, Thalenos, alto comandante del gremio de cazadores, aparecía en la lejanía en una de las montañas, a toda velocidad sobre su oso, circundando el terreno de batalla y tras él, una verdadera estampida de criaturas polares lo acompañaba, causando así una poderosa avalancha que arrasaba con lo que hubiera en su trayecto. El poderoso derrumbe de las nieves arrasó prácticamente con toda criatura viva en las filas enemigas que no había conseguido entrar a la capital. El versado cazador, quien sabía utilizar las ventajas de su tierra, había ejecutado una maniobra bastante astuta. Seguido de eso, bajó de su montura, pronunció unas palabras en lenguaje animal con voz firme, dio un agudo silbido y la estampida de animales comenzó a embestir a las olas de esqueletos que emergían de la nieve.
La tempestad cada vez se hacía más intensa y la nieve no cesaba de caer.
Tremith pensaba en su hijo, próximo al nacimiento. Ansiaba con fervor estar allí para su venida al mundo, pero viéndose internado en semejante batalla, sus esperanzas decaían cada vez más, sin embargo, un espíritu, una llama, no se apagaba. Si tenía que dar su vida a cambio de que su hijo viera la luz de un mañana, entonces así sería.
Instantáneamente soltó un grito tan poderoso que llegó tronar en el valle, el grito de batalla alentó a las cansadas tropas defensoras a seguir luchando hasta ya más no poder. El rey, orgulloso de los fieros guerreros que lo acompañaban en esta brutal contienda, sintió a la vez un alivio mezclado con un fervor de guerra, se dio cuenta en ese instante de que si él moría su tierra no quedaría sola, que sería protegida por los mejores guerreros. En eso, se precipitó en una carga furiosa contra la figura del coloso Negurax, quien no paraba de terminar con vidas enanas a su alrededor. Al mismo momento, Negurax vio venir al rey Pherion en su golem mecánico a toda velocidad, lo miró a los ojos y sonrió con sadismo. En un acto reflejo arremetió contra su atacante. Un impacto que mandó a volar a quien se encontrara a su alrededor causó el choque de los titanes. Comenzaron esta vez a luchar frente a frente, tan fiero parecía el encuentro que integrantes de ambos bandos no se atrevían a intervenir en la batalla que ahora, era personal.
Producto de la batalla en curso, centenares de cadáveres cubrían la entintada nieve, tanto enanos como invasores.
Una cruel estrategia resultó ser el obrar de las sacerdotisas en esa oportunidad, que alzaron no sólo los cadáveres de sus soldados, sino que también a los guerreros enanos caídos. Ahora el número de enemigos se incrementaba y de paso la moral enana era fuertemente aplastada. Uno de los jóvenes enanos guerreros al ver esto sufrió un choque emocional y se quedó estupefacto, así como todos los que presenciaban la escena. Tener que pelear contra sus propios primos era una dura prueba, demasiado para algunos que simplemente abandonaban la batalla y eran víctimas del corte preciso de los filos enemigos. Los ánimos decaían entre las filas enanas y el castillo ya era internado en gran parte por las hordas enemigas.
Haciendo uso de un último respiro el rey gritó a los cielos:
“¡No son sus compañeros. Son un insulto a nuestros hermanos caídos y deben ser liberados. No teman, cualquiera de nosotros haría lo mismo por el otro. Cierren sus ojos y sientan en su corazón, que no es a su hermano a quien destruyen, sino que es a él mismo a quien liberan!”
Escuchando esto las tropas volvieron en si, y tomaron algo de fuerza perdida, pero al ver a la figura del rey Pherion caer ante las garras de Negurax, el impacto fue aún mayor. El pesado gigante de metal caía vencido por el coloso que ya no era de este plano, la figura de uno de los señores del abismo había tomado parte en esta batalla, el rey Negurax había pagado un precio enorme por el trato que había hecho. Su puesto había sido tomado por un Engendro Del Abismo, criatura con fortaleza fuera de este mundo y poderes que no eran parte de la realidad natural.
La bestia se disponía a despedazar el cadáver del rey caído cuando de los cielos, un martillo con la velocidad y poder del rayo golpeaba al engendro haciéndole perder el balance y caer al suelo. En ese instante el disminuido ejercito enano miraba a lo cielo agitado, y vieron como una horda de enanos montados en grifos y su rey Rhegalt se integraban al combate. Como si fuera un milagro la ayuda había aparecido, las fuerzas enanas que radicaban en tierra tomaron armas una vez más y continuaron luchando, impulsados por las imágenes de sus comandantes quienes no se detenían a pesar de la fatiga y las heridas.
Todos, alentados por una misma idea continuaban luchando. En honor al rey caído ganarían la batalla a como diera lugar.
Para el momento en que los refuerzos habían llegado las hordas de muertos vivientes eran interminables, como si fuera una verdadera plaga esquelética, de orcos, trolls, arañas, enanos, animales, y todo cuanto perdiera la vida atacaba la ya maltrecha fortaleza.
Rhegalt junto con Thalenos y Tremith entraron en combate contra la criatura que había derrotado a Pherion. El poderío del engendro era abrumador, mas los valientes guerreros no dieron siquiera un paso atrás. El encuentro estalló con un grito de parte de ambos bandos, de igual modo, el batir de las armas y los poderosos impactos que desplomaban a los enanos no permitían a nadie intervenir en la titánica batalla, los enanos poseídos de una ira comparable a la furia de los bárbaros de las montañas, ansiaban la venganza de su rey, era claro que las hordas enemigas tendrían que arrasar con todo resto de vida para poder destruir por completo la capital, porque aquellos guerreros estaban dispuestos a morir con tal de preservar el deseo de su caído monarca.
En eso, dracos aparecían en los cielos montados por orcos quienes venían en la retaguardia. Al instante entraban en combate con las fuerzas enanas en el aire, la batalla ganaba más porte con cada minuto que pasaba, el evento sería recordado por siempre y por cualquiera que sobreviviera a la colosal confrontación.
Los grandes incendios advirtieron a la lejanía que el imperio enano estaba siendo fuertemente atacado, pasaban horas y horas de intensa batalla, cada vez el ejercito enano se veía más reducido, pero la preocupación por la situación no invadía a los concentrados clérigos quienes esperaban instrucciones del alto pontífice. Al ver que ya era la hora, reunió a sus discípulos de más alto rango en un círculo junto a él, corrían a la torre principal, intentaban subir hasta llegar al techo de la estructura. Advirtiendo esto, el rey Rhegalt dispuso a sus guerreros a la protección de los clérigos de las incesantes hordas enemigas. Rhegalt sabía que los sacerdotes planeaban algo, Pherion no tenía cobardes en sus filas y el escape no era opción para sus guerreros.
Al percatarse del evento, las sacerdotisas de Lolth comenzaron a ejecutar hechizos desde la lejanía hacia la torre, ellas, al igual que Rhegalt habían advertido que los clérigos no planeaban precisamente la huida. Muchos de los discípulos caían ante el poderoso e inevitable impacto de algún maleficio drow. Aún así cualquiera que fuera el rayo maligno, algún guerrero dispuesto se interponía como escudo para que los maleficios no alcanzaran a lo que podría ser su única esperanza en esta batalla que a pesar de los constantes esfuerzos de la defensa, ya estaba casi ganada por las hordas enemigas.
Alastrai, extrañada, y encolerizada gritaba a los títeres esqueléticos que le trajeran la cabeza del anciano clérigo, por alguna extraña razón el cuerpo del rey no podía ser tomado de su eterno reposo, en ese instante la madre matrona se dio cuenta de que el pilar que había en la torre no era tan solo un simple conjuro.
Bien sabía que los héroes nórdicos hacían uso de un extraño ritual en ocasiones como la que se daba en ese campo de batalla y parecía que sería la primera vez que lo presenciaría.
Ya habiendo llegado a lo alto de la torre el grupo de clérigos siguiendo instrucciones precisas del alto sacerdote se posicionó según era ordenado. En un conjurar colectivo, casi como un canto de batalla, el alto sacerdote, recitaba:
"De aquella fuerza que te hace marchar, yo te convoco protector, procura que la promesa una vez hecha se cumpla ahora, escucha mi llamado poderoso señor de la tempestad, bríndanos tu fuerza, acepta ahora la ofrenda que te doy, acepta ahora el sacrificio de uno de tus ciervos"
Una vez pronunciada la última de las palabras del poderoso rezo, el pilar de luz se detuvo por unos segundos. Al instante después, el rayo descendió hacia el mismo suelo helado, con una potencia que estremeció al lugar, al extremo que cada ser que allí yacía se percató del hecho. Esta vez el pilar apuntaba al cadáver del difunto rey, como si fuera una mano que descendía de los cielos oscuros, abriéndose paso en luz divina, tomó el cuerpo del caído rey, y en un abrazo de esa palma gigantesca, el campo de batalla se iluminó por completo. Del centro de la luz surgía el avatar gigantesco de Pherion, como si fuera él mismo en una llameante figura colosal de color azulino. El poderoso señor del imperio contempló sus manos extrañado, inmediatamente se dio cuenta de que la promesa se llevaba a cabo, de que la última acción por su tierra estaba dispuesta. En un acto reflejo alzó la mirada hacia el engendro abismal y sonrió a los fieros guerreros que yacían agotados frente a la bestia. El engendro devolvió la sonrisa al ver a su oponente celestial, el rey ahora convertido en un coloso, de luz y fuego divino, soltó un poderoso grito por los aires, el sonido del mismo trueno impulsaba las palabras, y un espíritu incontenible llenó los corazones de los enanos que allí estaban. Ni la fatiga ni el frío, ni siquiera el miedo detuvieron el poder que desató aquel rugido de batalla. Pherion se precipitó contra el demonio y en un batir de sus armas lo venció al cabo de unos minutos de lucha, haciendo uso de los más poderosos golpes, cada uno de ellos al impactar contra la coraza del engendro, tronaba acompañado del rugido de los cielos y los mismísimos relámpagos castigaban a la criatura que era azotada por energía sagrada.
Los pocos que quedábamos nos alzamos en carrera hacia las sacerdotisas destruyendo cuanto no muerto había a nuestro paso. Al ver lo que sucedía la madre matrona junto a sus sacerdotisas manifestaron una risotada y entonando de un cantar maléfico se habría tras ellas lo que parecía ser un portal dimensional, proveyéndoles un escape seguro.
Por alguna gracia del destino, tu padre, Tremith, jamás abandonó la entrada a las bóvedas de seguridad que alojaban a nuestra gente. Yo atiné demasiado tarde para ver lo que ocurría atrás de nosotros, nuestra batalla estaba casi ganada cuando la última arma de las ya ausentes drow se asomaba por un gigantesco portal oscuro que se erguía justo en medio de la desierta ciudad. En un intento desesperado por regresar al castillo, no alcanzamos a auxiliar a tu padre, quien al ver lo que trataba de emerger del abismo supo inmediatamente que si no hacía algo, la destrucción de la ciudad se completaría.
En ello miró al cielo, luego a nuestro rey, cuyo avatar descendía a la velocidad del viento por la montaña tratando de alcanzar la ciudad. Los cielos iluminaron la figura del golem de tu padre, yo en ese momento no supe qué sucedía, qué es lo que había hecho, en eso atiné a mirar a nuestro rey, quien sonreía como si ya supiera el desenlace.
Lo escuche decir:
“A esto se referían los antiguos con el sacrificio... buena suerte hermano...”
Decía Pherion como si hablara directamente con Tremith, cuya silueta se veía en la lejanía.
Terminando de escuchar esas palabras volví a mirar a Tremith, que a la lejanía me decía algo, alcance a leer sus labios, decía:
“Cuida de él Thalenos, cuida de mi hijo... cuida de Vrynnor.”
Con una expresión de alegría, envuelto en la misma luz que iluminaba al avatar de nuestro rey, el cual a su vez se desvanecía para aparecer acompañando a Tremith, cargó contra el portal abismal.
Supe entonces que ése era el verdadero sacrifico del cual hablaba el avatar del rey antes de desvanecerse. La figura del golem que maniobraba Tremith, envuelto en un fulgor azulino, impactaba entonces contra la boca del portal, con una fuerza que encogía el poderío de todos los martillos enanos siendo golpeados al mismo tiempo. En un estallido de luz, todos quedamos enceguecidos y lo único que se escuchó fue el rugido de los cielos tormentosos. El estallido fue tremendo, jamás presencié algo igual.
Luego, al despertar, entendí que la batalla había sido ganada, la brisa helada de la mañana que se aproximaba nos saludaba a todos los vencedores, que aún habiendo salido victoriosos de la más grande guerra que tu tierra haya presenciado, lamentábamos la pérdida de los grandes guerreros que habían dado sus vidas para que pudiéramos ver una mañana más.
Al ascender a lo alto de la torre, vi que yacían allí tres estatuas de piedra, una del sacerdote, otra era del rey Pherion, y la última, era de tu padre, Tremith. Entonces recordé, antes de caer al suelo, inconsciente, la noche de la batalla, lo que significaban aquellos tres destellos fugaces que vi surcar el cielo antes de que mis ojos quedaran enceguecidos.
Ahora, desde ese día, se dice que las estatuas que allí yacen, fueron esculpidas por los mismos dioses en honor a los más bravos guerreros de la raza del granito.
Bueno joven Vrynnor, tu madre me pidió que guardara para ti esta historia sólo para cuando tuvieras edad suficiente como para surcar los parajes del mundo por ti mismo. Ahora, ya resuelto como un joven cazador sabes también la historia de tus orígenes y el por qué del respeto que se tiene al nombre de tu padre. Desde hoy te reconozco como Vrynnor, cazador de la tundra.
Ve muchacho, ve donde los ojos de tu padre se sientan orgullosos de ti.
Versión original escrita por Zyndarius, 26 de Julio 2006.
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