agosto 18, 2007

Rumbos separados




Capítulo 3
Rumbos separados




Había pasado mucho tiempo desde que Zyndarius había sido apresado por la orden. Todavía recuerdo las primeras impresiones de aquel día en que despertó recuperado de sus heridas, para infortunadamente, tener que luchar de nuevo, contra el nuevo mundo en el que ahora estaba. Era bien sabido, que los drows eran vistos como amenaza en cualquier parte de la superficie, y que tendría más problemas con la justicia, que con cualquier mal que pudiera haber en este mundo.

Aquel día hacía una mañana preciosa, jamás hubiera imaginado que un asedio al castillo tomaría parte ese día. Las tierras del rey Iolauth eran conocidas por las grandes batallas que en ellas se habían librado, pero hacía años que no había ocurrido un evento de semejante magnitud como aquel que en ese entonces ocurrió.

A pesar de haber sido avisado el rey sobre lo que venía en camino, fue demasiado tarde, las hordas arrasaron con lo que era la ciudad. El castillo fue hecho ruinas, el bosque de la perisfería quedó completamente destruido y por supuesto, la batalla ese día, alcanzó mi cabaña.

Minutos antes de la llegada de la batalla, ambos habíamos presentido lo que se avecinaba. Cada uno se armó casi de manera instantanea, y salió de la casa. Instintivamente formamos un perímetro de guardía al rededor de la cabaña, la bebita, estaba dentro, y ninguno de los dos permitiría el paso del enemigo hacia el interior.

Con gran estruendo y un fuego que se esparica rápida mente por el bosque, el ardor de la batalla llegó hasta nosotros. Pocos segundos pasaron para que tanto los hombres del rey, como los orcos y goblins enemigos se percataran de neustra presencia. No alcancé a pestañar cuando la masa de enardecidos combatientes se avalanzaba contra mi y Zyndarius. El sufrió el ataque de ambos bandos, por mi parte solamente tuve que lidiar con el verdadero enemigo.

Sin vacilar ni siquiera un segundo, ni manifestar preocupación por su actual estado, comenzó a repeler a cuanto se acercaba a nuestro perímetro, a pesar de la precisión de sus ataques y su casi perfecto balance, noté que su ritmo era extraño, su brazo faltante lo afectaba, más de lo que yo creía.

Jamás pensé que puediera igualarme en resistencia, estuvimos luchando durante más de 4 horas, con cada minuto que pasaba, las cosas se iban tornando más y más en nuestra contra. Las hordas invasoras estaban por todos lados del ya devastado bosque, el fuego se veía por doquier, y más y más caballeros de notaban la presencia de Zyndarius, de no ser porque destajaba a enemigos por igual, lo hubieran visto como un ícono de las fuerzas contrarias, muchos de los hombres, se percataron del detalle, y se limitaban a combatir solamente a los demás enemigos que parecían no tener término. Sin embargo, caballeros jovenes e impetuosos, poseídos por el fragor del combate se precipitaban contra Zyndarius encegecidos de toda razón. Zyndarius sabía que ellos no eran precisamente enemigos verdaderos, con una expresión de tristeza, los desarmaba tratando de no darles muerte, pero su precisión disminuía con cada minuto que transcurría. El agotamiento, las heridas, el aire asfixiante, y el dolor que su brazo todavía le provocaba, juagaban fuertemente en su contra, pasadas las 5 horas de combate, el incendio nos alcanzó, los árboles comenzaron a arder inmediatamente, pasados unos minutos, uno comenzó a desplomarse, ambos intuimos la dirección de la caída, la pequeña corría peligro. Como si hubieramos sido camaradas de toda una vida, uno cubrió al otro mientras daba espaldas a la batalla y entraba a la casa, en busca de la niña. El arbol se desplomó, y al instante en que impactó con la cabaña, sentí como una de las ventanas se quebraba. Zyndarius, herido por los fragmentos de vidrio y con la bebita en brazos, esquivaba a los enemigos conforme venía a mi encuentro nuevamente, con todo lo que mi velocidad daba, corrí hacia él para cubrirles.

Al cabo de unos segundos nos reunimos, nos alejamos de la ya destruida cabaña. Los orcos y goblins parecían estar enfurecidos con Zyndarius, por lo visto uno de los capitanes, un troll gigante, había fijado su atención en nosotros. Caminando pausadamente hacia donde estabamos, machacando cuanto se le acercaba, sin importar que fuera amigo o enemigo, nuestras miardas se encontraron, con preocupación, Zyndarius arcituló unas palabras en élfico y dijo:

"Llévatela, llévate a Daeryn, ahora."

Instantaneamente le contesté agitado:

"¿Estás loco?, en tu condición actual no serás rival para él. Tendremos que luchar lo dos."

Negando con su cabeza y con una mirada decidida repitió:

"Aquí no hay posibilidad para ella, tienes que irte mientras les distraigo, estás en mejores condiciones que yo y conoces estos bosques, se que la cuidarás bien, en el momento en que no me liquidaste esa noche, supe que eras alguien de fiar. ¡Vete!, ¡vete ya!, y corre hasta que ya no escuches nada."

Blandía mis hachas dando muerte a los goblins que se encontraban con nosotros, cuando con un pestañido serio y preocuapdo le respondí:

"Está bien extraño, velaré por la vida de Daeryn, la cuidaré como si fuera mi hija. Por cierto, soy Kreagor."

Aquel entonces extraño me devolvió una sonrisa, como si fuese un viejo amigo, me pasó a la bebita y al instante desenvainó su otra katana. Guardé mis hachas y tomé a Daeryn en mis brazos, mientras él se encargaba de los enemigos que chocaban
contra el filo de su espada.

Mientras iniciabamos carrera en rumbos opuestos voltié mi cabeza para ver como la imagen del extraño drow seguía batiendose contra interminables goblins y orcos.

Segundos antes de separanos, escuché su voz tras de mis espaldas, supe que no sería la última vez que le vería, y dijo:

"Por cierto extraño, mi nombre es Zyndarius..."

Después de escuchar su nombre, emprendí carrera sin parar hasta que había dejado todo atrás. No supe más de él, hasta el día de hoy, que sigo en su búsqueda.




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