Era como si un ángel estuviera a mi lado todo el tiempo. A sus 17 años de edad, no había criatura que hubiese visto que ostentara hermosura con semejante esplendor, sus cabellos, dorados y largos parecían un manto celestial que cubría su perfecta figura. A veces me costaba creer que no se tratará de una aparición divina, pero algo extraño sucedía con su mirada, ya no era la misma, por primera vez, en el tiempo que llevaba a su lado, me di cuenta de que algo la aquejaba. Por primera vez no era perfecta.
Terminada la jornada del día me acerqué a platicar con ella. Era una tarde preciosa y el sol se ponía en el horizonte. Cuando se disponía a marchar a palacio la detuve y le pregunté qué era lo que sucedía, pero su mirada me evitaba, era la primera vez que Diámora me ocultaba sus ojos. Con un mal presentimiento volví a preguntar qué era lo que le afligía y ella, con su dulce voz respondió, que nada acaecía. Con la vista perdida de preocupación alcé un poco mi mirada y distinguí una lágrima que corría por su mejilla. Sin poder contenerme más, delicadamente, dirigí mi mano hacia su rostro, lo tomé, y lo enfrenté con mi preocupada mirada. Entonces me miró con una tristeza que jamás había visto en ella. Las lágrimas brotaban de sus hermosos ojos esmeralda como si la lluvia los hubiese invadido. No tardé en darme cuenta que aquel brillo característico de su mirada estaba desapareciendo, su mirada parecía opacada y de cierto modo mi vista se cansaba con tan solo mantenerlos en mira. Escuche su voz diciéndome entre sollozos:
“Me cuesta verte maestro. Siento que la luz abandona mi mirada”
Atónito permanecí en silencio por unos segundos. Volviendo a mis sentidos traté de calmarla y seguí preguntando:
“Calma mi niña, ¿Cuándo comenzó todo esto?”
Abrazándome fuertemente respondió entre más llantos:
“Desde el día de mi cumpleaños.”
Continuó exclamando, mientras sus llantos aumentaban:
“Maestro. Siento que los dioses me están castigando. ¡Qué ha sido lo que he hecho!”
Al mismo tiempo en que la muchacha mencionaba a los dioses vino a mí el recuerdo de la mirada preocupada de su padre el día del nacimiento de Diámora. Comenzaba a darle cabida a aquellos rumores que se contaban acerca del destino que esperaba a la princesa. A caso, ¿sería esto a lo que se referían?. No estaba seguro de nada, me sentía perdido, pero algo tenía que hacer para calmarla. Atiné solamente a abrazarla fuertemente y decirle:
“Ya, tranquila mi niña, ya verás como todo saldrá bien. Te acompañaré a casa ahora. Necesitas descansar.”
(continuará...)
Terminada la jornada del día me acerqué a platicar con ella. Era una tarde preciosa y el sol se ponía en el horizonte. Cuando se disponía a marchar a palacio la detuve y le pregunté qué era lo que sucedía, pero su mirada me evitaba, era la primera vez que Diámora me ocultaba sus ojos. Con un mal presentimiento volví a preguntar qué era lo que le afligía y ella, con su dulce voz respondió, que nada acaecía. Con la vista perdida de preocupación alcé un poco mi mirada y distinguí una lágrima que corría por su mejilla. Sin poder contenerme más, delicadamente, dirigí mi mano hacia su rostro, lo tomé, y lo enfrenté con mi preocupada mirada. Entonces me miró con una tristeza que jamás había visto en ella. Las lágrimas brotaban de sus hermosos ojos esmeralda como si la lluvia los hubiese invadido. No tardé en darme cuenta que aquel brillo característico de su mirada estaba desapareciendo, su mirada parecía opacada y de cierto modo mi vista se cansaba con tan solo mantenerlos en mira. Escuche su voz diciéndome entre sollozos:
“Me cuesta verte maestro. Siento que la luz abandona mi mirada”
Atónito permanecí en silencio por unos segundos. Volviendo a mis sentidos traté de calmarla y seguí preguntando:
“Calma mi niña, ¿Cuándo comenzó todo esto?”
Abrazándome fuertemente respondió entre más llantos:
“Desde el día de mi cumpleaños.”
Continuó exclamando, mientras sus llantos aumentaban:
“Maestro. Siento que los dioses me están castigando. ¡Qué ha sido lo que he hecho!”
Al mismo tiempo en que la muchacha mencionaba a los dioses vino a mí el recuerdo de la mirada preocupada de su padre el día del nacimiento de Diámora. Comenzaba a darle cabida a aquellos rumores que se contaban acerca del destino que esperaba a la princesa. A caso, ¿sería esto a lo que se referían?. No estaba seguro de nada, me sentía perdido, pero algo tenía que hacer para calmarla. Atiné solamente a abrazarla fuertemente y decirle:
“Ya, tranquila mi niña, ya verás como todo saldrá bien. Te acompañaré a casa ahora. Necesitas descansar.”
(continuará...)
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