Desde el primer momento en que abrió sus pequeños ojos cautivó al mundo que la rodeaba. El esplendor de su mirada solamente era igualado por su belleza, que parecía no ser de este mundo. Si no hubiese sido concebida por madre humana, yo tampoco hubiese creído que la pequeña princesa pudiera pertenecer a nuestra raza. Todos en el reino se alegraban por el nacimiento del retoño de los soberanos, no había persona que no estuviera presente aquel día y no había copa que no brindara en su honor. Sin embargo la expresión del monarca parecía más que de alegría, de preocupación. En la iglesia, había escuchado el rumor de que el destino de esta heredera estaba marcado con sufrimiento y que la pequeña criatura estaba destinada a llevar una carga que no muchos mortales pueden aguantar. Claro estaba, en aquel momento y con mis tempranos 14 años de edad, que esos rumores no tenían mucho sentido para mí, al menos no hasta el día en que miré los ojos de la princesa por última vez.
Conforme pasaron los años la niña se convirtió en una joven, y la joven parecía estar bendecida por los mismos dioses. Una belleza sin par construía su refinado cuerpo, una voz cuyo tono hacía creer que te encontrabas en un sueño cada vez que ella articulaba palabra, y sus ojos, parecía que hipnotizaran a quien la mirara. Gozaba de una inteligencia singular envidiada por muchos de los mejores magos del reino. Podría haber sido la mejor hechicera, pero su madre, la reina, quería que fuera sacerdotisa. A mis 24 años de edad, siendo un joven sacerdote, me fue asignada como aprendiz en la iglesia, fue allí cuando la vi por segunda vez desde su nacimiento, Diámora era ahora una joven de 10 años de edad, inquieta y alegre, demasiado para convertirse en sacerdotisa, sin embargo sus aptitudes la hacían excelsa en lo que fuera que practicara y las artes clericales no fueron la excepción.
Al principio tuve ciertos problemas para controlar sus rebeldías, de cierto modo comprendía que para ella esto había sido impuesto por su madre y que no le había quedado más elección que acatar las órdenes de su reina, pero poco a poco, conforme iba conociendo las estancias y a la gente que allí habitaba, su mundo comenzó a cambiar, se convirtió en una acólita ejemplar. Sus maneras eran tan refinadas que no dejaba espacio para el error, su disciplina y devoción, hacia el conocimiento y la sabiduría, la hacían brillar entre el resto de los acólitos, su poder con la magia divina solo era igualado por su compasión por la gente. No cabía duda que la princesa se estaba convirtiendo en el orgullo de los soberanos, y el mío también como su mentor.
(continuará...)
Conforme pasaron los años la niña se convirtió en una joven, y la joven parecía estar bendecida por los mismos dioses. Una belleza sin par construía su refinado cuerpo, una voz cuyo tono hacía creer que te encontrabas en un sueño cada vez que ella articulaba palabra, y sus ojos, parecía que hipnotizaran a quien la mirara. Gozaba de una inteligencia singular envidiada por muchos de los mejores magos del reino. Podría haber sido la mejor hechicera, pero su madre, la reina, quería que fuera sacerdotisa. A mis 24 años de edad, siendo un joven sacerdote, me fue asignada como aprendiz en la iglesia, fue allí cuando la vi por segunda vez desde su nacimiento, Diámora era ahora una joven de 10 años de edad, inquieta y alegre, demasiado para convertirse en sacerdotisa, sin embargo sus aptitudes la hacían excelsa en lo que fuera que practicara y las artes clericales no fueron la excepción.
Al principio tuve ciertos problemas para controlar sus rebeldías, de cierto modo comprendía que para ella esto había sido impuesto por su madre y que no le había quedado más elección que acatar las órdenes de su reina, pero poco a poco, conforme iba conociendo las estancias y a la gente que allí habitaba, su mundo comenzó a cambiar, se convirtió en una acólita ejemplar. Sus maneras eran tan refinadas que no dejaba espacio para el error, su disciplina y devoción, hacia el conocimiento y la sabiduría, la hacían brillar entre el resto de los acólitos, su poder con la magia divina solo era igualado por su compasión por la gente. No cabía duda que la princesa se estaba convirtiendo en el orgullo de los soberanos, y el mío también como su mentor.
(continuará...)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario