Tras la ventana el mundo parecía ir moviéndose y yo, estático, cabizbajo y con semblante serio pensaba nuevamente acerca del concepto de la voluntad. Me preguntaba por enésima vez cuál es el verdadero camino que debería tomar al manifestar mi voluntad con respecto a una realidad en particular, para con un alma en particular. ¿Debería aspirar por lo absoluto cuando hay otras voluntades involucradas en el hecho? ¿Qué sucede cuando de la contraparte, esencial para la realización, no se produce el acuerdo espiritual necesario para seguir adelante? Tiendo a darme por vencido cada vez que no detecto esa especie de aprobación del libre albedrío del alma con la que estoy tratando. Muchas veces la decepción provocada por las elecciones de la contraparte han servido de ayuda para lidiar con el indescriptible dolor de desgarrar el alma para volver a un estado del cual, con vehemencia, intento escapar. Pero ¿qué sucede si el alma en cuestión se encuentra en vías de una senda que mi percepción de la ascensión no identifica como benigna? ¿Qué sucede cuando esa alma es importante en tal grado, que el amor supera todo lo demás y te es imposible creer que se elija un curso, para los hechos, que no calza con los rasgos que encontraste en aquello que denominas tesoro? ¿No te llevaría a creer que algo anda mal? Sin embargo el mundo terrenal me muestra que las cosas siguen el curso aparentemente errado, opacado por la oscuridad que lo reina y que tiende a reinar en aquellos que lo habitamos. ¿Y si ese fuera el curso? No soy dueño de la verdad y mucho menos un gran conocedor de ese escurridizo concepto. Es en ese punto en donde la voluntad se encuentra en eterna lucha contra el miedo, la ira, el dolor, la decepción y la desesperanza. Es en ese mismo punto en donde el arte supremo es sometido a la prueba más intensa, más difícil y el paradigma se debate de forma incansable entre manifestar una voluntad absoluta o considerar una elección cuya validez está justificada por ese lado tuyo, ese lado que todo lo bueno que existe en ti te dice que no puede estar en lo correcto, que no debe estar en lo correcto. Y ese extraño don del alma actúa y te dice de forma increíblemente confusa que hay algo más. Y te preguntas ¿De dónde vienen los mensajes? ¿Vienen de la oscuridad? ¿Vienen de mi claridad? ¿Vienen de la otra alma? ¿Cómo saberlo sin ayuda? ¿Cómo seguir con los ojos del alma vendados? ¿Cómo continuar cuando la muerte usa sus mejores armas para arrebatar lo que se ha construido con tanto esmero y pureza?. En la carrera para encontrar una verdad dentro del vórtice que generan las corazonadas y los temores, se manifiestan el sufrimiento y la desesperación debido a la incertidumbre que atenta con desmoronar el sublime trabajo que a la voluntad le ha costado tanto sacrificio construir. ¿Cómo no aferrarse con todo lo que eres al único elemento en tu existencia que te acerca a la divinidad? ¿Cómo no temer por su pérdida? Temo, sí, ése es el problema. Temo por esa alma resplandeciente que incluso a la mía ilumina, temo que se oscurezca y el miedo resquebraja mi voluntad y junto con ella al arte supremo. ¿Cómo saber entonces si la voluntad de la otra alma sigue el mismo curso que la mía? ¿Cómo saber si sigue el curso contrario? Puede que no haya respuesta, puede que las cosas se den así, justamente porque no existe una respuesta terrenal para algo que pertenece un dominio superior. ¿Es entonces materia de la elección del alma? ¿Qué elige mi alma? Me pregunto qué lado terminará eligiendo...
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